Habrá que esperar hasta 2048 para volver a tener una confluencia tal de comicios en el planeta. Habrá más de 40 elecciones de todo tipo. Eso podría augurar un mundo con más democracia, pero en muchos países ésta será la gran ausente. No es lo mismo tener votaciones que ser democráticos, como bien han aprendido los autócratas contemporáneos, que ya no necesitan golpes de estado para hacerse con todos los poderes, sino llegar con elecciones para colonizar poco a poco las instituciones y eliminar los contrapesos. Muchas de estas “autocracias electorales” estarán en liza.

“Los impactos geopolíticos y económicos de tantas batallas electorales, más o menos a la vez, pueden combinarse para desestabilizar aún más un mundo inestable”, escribe Simón Tisdall en un artículo sobre “el superbowl de la democracia” de este año. En 2023 hubo movimientos telúricos como resultado de elecciones, y el caso paradigmático es el de Argentina, cuya gobernabilidad es de pronóstico reservado. Para este 2024, revisemos las justas más trascendentales.

Taiwán

Hay que empezar por Taiwán, que tiene este sábado una elección determinante. En ese país, la política se define en función de qué partido está en contra o a favor de un acercamiento con China. El Kuomintang (KMT) es el partido que busca mejorar las relaciones con el gigantesco vecino, aunque el recuerdo de la brutal represión en Hong Kong provoca que la gran mayoría de los taiwaneses desconfíen del plan de “un país, dos sistemas”, que Pekín no cumplió en esa ciudad-estado.

Por lo mismo, las encuestas indican que podría repetir en el poder el Partido Democrático Progresista (PDP), que pugna por una identidad propia para la isla. Es el partido de la presidenta Tsai Ing-wen, que no se puede presentar de nuevo, pero su candidato, Lai Ching-te, tiene el 40% de la intención de voto. Si gana, es muy posible que siga la línea de ambigüedad estratégica, sin pensar en declarar la independencia, que provocaría una guerra inmediata. “La paz no tiene precio y en la guerra no hay ganadores”, enfatizó Lai en una rueda de prensa, queriendo alejar el fantasma de una posible invasión.

Algunos argumentan que quizá China quiera aprovechar el momento para lanzar el zarpazo que le tiene prometido a Taiwán, ahora que Estados Unidos está debilitado por sus pugnas internas y su ayuda a Ucrania y a Israel. Para otros analistas, simplemente no está preparada para hacer frente a EEUU, que aún la sobrepasa económica, nuclear y militarmente, y no quiere en absoluto el ingente costo económico que traería una guerra así, que provocaría una profunda depresión global. Aunque Pekín puede seguir armándose hasta equipararse con Washington y, en un momento dado, quizá en esta misma década, podría llegar a tomar ese riesgo militar y económico con tal de controlar a la “isla rebelde”.

Rusia

Justo en febrero serán las elecciones en la Federación de Rusia, perfectamente gestionadas para que Putin no tenga problema en llevarse una aplastante victoria. A pesar de que la sociedad rusa está traumatizada por una guerra que le vendieron como una “operación especial” que terminaría en unos días, pero en la que, según algunos cálculos, ya ha tenido más de 150 mil bajas y el gobierno sigue enrolando jóvenes. Astutamente, han protegido a Moscú y San Petersburgo de esta leva sangrienta, lo que evita en parte el descontento en las ciudades cosmopolitas. El miedo y la represión completan la fórmula.

Los opositores y críticos del régimen han sido inhabilitados, como Yekaterina Duntsova, o silenciados de la manera más salvaje, como les sucedió a Alekséi Navalni y Vladimir Kara-Murza, ambos envenenados con el agente nervioso novichok y ahora encerrados en mazmorras. “El título de la elección más falsa de 2024 debe ser para Rusia –escribe Tisdall–. Putin ha encarcelado, exiliado o eliminado a sus rivales; su candidatura a un quinto mandato será más una coronación imperial que una contienda. La servidumbre fue erradicada por el zar Alejandro II en 1861, pero el zar Putin I está invirtiendo el proceso”, escribe Tisdall en The Guardian.

Las potencias nucleares

Este año también renuevan liderazgos dos potencias nucleares enfrentadas, y una que podría llegar a serlo pronto. Pakistán, un país que se sume cada vez más en el caos económico y que no logra sacudirse la influencia de los militares, tendrá elecciones parlamentarias, lo mismo que su rival, India, que es ahora el país más poblado del mundo. El nacionalpopulista Narendra Modi se aproxima a un tercer mandato, utilizando sus tácticas autoritarias de reprimir a la prensa, así como lo hace con la minoría musulmana. Las preferencias están de su lado, pero aún podría darse una sorpresa con la unión de 28 partidos que se ha hecho llamar INDIA, siglas en hindi de “Alianza Nacional Inclusiva para el Desarrollo de la India”. Veremos si le supone un descalabro electoral que, por otra parte, podría cambiar el importante papel de esta potencia media no alineada, cerca lo mismo de Rusia que de Estados Unidos y que tiene un futuro como rival económico de China.

Irán es el otro país que convoca a las urnas este año, otra potencia media que podría formar parte del selecto club de países nucleares. Y lo podría hacer en el peor momento, cuando su red de milicias desperdigadas en distintos países se enfrentan a Israel y Estados Unidos en una guerra de (no tan) baja intensidad. La teocracia de los ayatolas y el gobierno de Ibrahim Raisi experimentaron desde 2022 meses de manifestaciones por la muerte bajo custodia de la policía moral de la estudiante Mahsa Amini, por no llevar bien puesto el velo obligatorio. Al final, el régimen ahogó en la represión las protestas.

Este año se elegirá el parlamento y, lo más importante, la Asamblea de Expertos, que será la que nombre al nuevo líder supremo de la revolución en el muy probable caso de que fallezca en los ocho años siguientes Ali Jamenei, de 84 años. El ayatola quiere imponer a su hijo Mojtaba, pero hay otros ultraconservadores que le pueden cerrar el paso. Lo que es un hecho es que las asfixiantes leyes islámicas no se van a distender a menos que sean los ciudadanos los que se levanten, una vez más, arriesgando sus vidas, su libertad y su integridad.

En cuanto a Israel, no se sabe cómo va a terminar la terrible guerra de Gaza y qué sucederá al día siguiente, pero es muy posible que en el corto plazo Benjamín Netanyahu tenga que enfrentar una comisión que determine en dónde estuvieron las fallas de seguridad aquel 7 de octubre, y no se descarta que caiga su gobierno de facciones ultraderechistas (Estados Unidos ya le ha pedido que se deshaga de los fanáticos), o que en este otro país con armas nucleares se convoque a elecciones en algún momento de este año.

América Latina

En nuestra región sobresalen las elecciones en El Salvador y las de Venezuela, si es que se llegan a efectuar. Ante la presión internacional, Maduro ha relajado ciertas medidas contra los presos políticos y prometió comicios a fines de este año, pero aún falta que derogue la inhabilitación a María Corina Machado, la candidata de la oposición, para tener un mínimo de legitimidad. Es posible que haga algún amago de elecciones democráticas, para mejorar su imagen internacional, aunque ya inició una maniobra distractora al celebrar un “referéndum” para que su país integre el Esequibo, un territorio de la vecina Guyana, alimentando el consabido y redituable patrioterismo, fuente de popularidad de los autoritarios.

En San Salvador se entronará el neo-autócrata Nayib Bukele (el “dictador guay”, dice de sí mismo de manera supuestamente divertida en sus redes sociales), quien ciertamente ha detenido la violencia rampante en su país, pero con evidentes violaciones a los derechos humanos. Su polémica reelección cobra interés por el “efecto copycat” que puede tener entre otros políticos que ya anuncian que desean copiar su modelo, ante el desastre que ha sido hasta la fecha la gestión de la seguridad en prácticamente toda América Latina.

Sudáfrica, Europa, Reino Unido

En donde podría haber una alternancia interesante es en Sudáfrica, pues el legendario partido de Mandela, el Congreso Nacional Africano, está en peligro de perder, ante la opositora Alianza Democrática. Los sudafricanos están hartos de años de desempleo, violencia y corrupción.

Habrá también elecciones en Europa (Croacia, Bélgica, Austria, Finlandia), donde ya es tradición que se celebren bajo la amenaza de los partidos ultraderechistas. De hecho, para el Parlamento Europeo, en algunos países como Francia, las listas de la ultra son las que lideran. Eso explica el cambio de primer ministro que acaba de llevar a cabo Emmanuel Macron, en la figura de Gabriel Attal, de 34 años y abiertamente homosexual, un revulsivo generacional y miembro de una diversidad que le puede atraer simpatías y votos a su causa. Con todo, se espera que en el parlamento europeo queden como mayoría los partidos centristas.

En el Reino Unido no es seguro que haya elecciones en 2024, pero lo que sí se sabe es el resultado de las mismas, cuando se verifiquen. Es casi un hecho que los laboristas de Keir Starmer vencerán a los conservadores tories, que no ven la suya desde los desmanes del populista Johnson, el thatcherismo radical de Liz Truss y los numerosos yerros de Rishi Sunak. Bueno, digamos que no ven la suya desde el Brexit. Starmer representa a una rama progresista de la política, pero mucho más racional que la de su predecesor en el partido, Jeremy Corbyn, el antisistema amigo de todos los ultras del mundo.

Starmer es un candidato centrado que propone medidas que favorezcan a las mayorías, pero sin dejar de negociar con las empresas. Encarna a una clase de político que no suele ganar elecciones en este mundo en el que vencen quienes gritan antes que argumentar e insultan antes que debatir, y que en la actualidad encandilan a los votantes. Es de maneras sobrias y propuestas económicas responsables, en un país harto de 12 años de gobiernos neoliberales que han llevado al reino a tener el peor desempeño económico del G7. Afirma que su filosofía es perseguir un cambio que esté dictada “menos por la ideología y más por el sentido práctico”. Su triunfo sería un regreso no sólo de la izquierda moderada y racional, sino un triunfo de la gobernanza civilizada.

EEUU: donde todo está en juego

Quien representa todas las formas extravagantes es precisamente el candidato que podría subvertir toda la geopolítica, quien quiere estar en la boleta en noviembre para la presidencia de Estados Unidos a pesar de las 91 causas judiciales en se contra: Donald Trump. Robert Kagan, un escritor neoconservador que estuvo muy activo en los tiempos de Bush (en 2016 abandonó el partido republicano criticando a Trump como “fascista”), publicó hace unas semanas un amplio artículo en el Washington Post, que alcanzó celebridad inmediata. Lo tituló: “Una dictadura de Trump es cada vez más inevitable: deberíamos dejar de negarlo”. Hace un recuento de todos los riesgos para la democracia que supondría su segundo mandato, que no es necesario enumerarlos aquí, al ser ya de todos conocidos. Quizá sólo haría falta recordar que ya anunció que desatará toda su furia vengativa contra los demócratas y los progresistas, y que pondrá en cada puesto posible a un trumpista declarado, es decir, un negacionista de la democracia, y alguien dispuesto a hacer cualquier cosa para agradar al que será “dictador por un día”, como ha amenazado.

¿Joe Biden puede vencerlo? Se argumenta que, efectivamente, sólo él lo podría lograr, dado que ya lo hizo una vez y que es muy difícil que un presidente en funciones pierda una segunda elección. Pero la elevada edad del demócrata (81 años) no le favorece, lo mismo que su baja popularidad y la de su vicepresidenta, puesto que Kamala Harris no levanta en las encuestas. El tema del aborto le va a favorecer, como ya sucedió en 2022, y todo depende de que los jóvenes y las minorías salgan a votar.

Mientras tanto, Trump promete desatar el Armagedón. Apoyaría al agresor en lugar de la víctima, así que dejaría a Ucrania a su suerte, para que su admirado Putin se alce con la victoria. Los impuestos a las grandes fortunas volverían a bajar, pero esta vez el resultado económico sería desastroso, y no sólo para Estados Unidos. Echaría para atrás todos los avances contra el cambio climático de Biden. Cerraría la frontera con nuestro país desde el día uno. Nuestro país que, por cierto, también celebrará unas elecciones absolutamente determinantes este año, pero que aquí no tocamos por tratarse de un tema nacional.

Este es apenas un mínimo recuento de todo lo que se puede mover electoralmente en este incipiente 2024. Como vemos, los resultados de esas urnas pueden cambiar el mundo como lo conocemos.

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