Siempre hay un tiempo para abandonar los malos hábitos, a las costumbres inútiles y perniciosas que nos desorientan y asfixian.

Hace tiempo que dejé de leer los manuales de los expertos, de los maestros y maestras en Ciencia Política, los análisis sesudos de los líderes de “su opinión” que suelen celebrarse en las cafeterías o condenarse en los recintos del poder, y los infaltables y espesos discursos del poder sin autoridad.

Hace mucho, más bien poco, que descreo de tanta insensible analítica que descansa en la numérica pluscuamperfecta que predice el crecimiento raquítico de una economía ajena a la vida. En una justicia supuesta que genera más y más pobres de los que había. En una palabra, oficial, oficiosa y partidista cada vez más ajena a todo, a la realidad real.

¿En quién creer, a quién depositarle nuestra fe, quién y qué habrá de hacernos renacer nuestras ya casi perdidas esperanzas?

En pleno vuelo, cruzando el atlántico, en un itinerario nuevo y desafiante, amoroso, de vida, que me llevará hasta Stuttgart, Alemania, me aproximo, como felino en la niebla, un poco desconcertado, pero decidido y cierto, a un terrible poema en prosa (Feux/Fuego), publicado en Gallimard, en 1974, por Marguerite Yourcenar. Y leo: “Amar con los ojos cerrados es amar como un ciego. Amar con los ojos abiertos tal vez sea amar como un loco: es aceptarlo todo apasionadamente. Yo te amo como una loca (…) No hay amor desgraciado: no se posee lo que no se posee. No hay amor feliz: lo que se posee, ya no se posee (…) En el avión, cerca de ti, ya no le tengo miedo al peligro. Uno sólo muere cuando está solo.”

Marguerite, la pasión, la vida, el amor loco frente a las nuevas teorías desquiciadas y moridoras del amor tóxico con la enseñanza un poco gratuita, muy de moda, del “dejar que todo fluya” ¿para qué? ¿para que lo que muera sea la pasión? Si la falta de pasión es lo que está matando al mundo y a la vida. ¿No creen?

Vivimos rodeado de peces que fluyen, como aconsejan los fallidos gurús, porque nadan con la corriente y por lo tanto van más que muertos, sin sentimiento ni pasión alguna por la vida.

Vivimos descobijados porque la política y el poder perdieron su sentido. Por eso decidí abandonar en serio a sus publicistas, a quienes día tras día, cuartilla tras cuartilla, mienten con plena conciencia o ayunos de su ignorancia son de una temeridad digna de Palacio.

Vivimos en la muy mexicana y mediocre espera de siempre. A que todo se construya y perfile sin nosotros, sin el amor pleno por las cosas del país y de la gente, que ahora llaman muy “pueblo noble y sabio”.

A medio mar, de eso que llaman “el charco”, la vida me da un vuelco y pienso en lo triste y confundido que está mi país porque le falta el calor y el aliento de todo, de la vida y la poesía, que es el camino que nos queda.

Y sigo, necio, apartando los resúmenes infaustos de noticias y chismorrerías. Y necio persigo a Marguerite que me persigue, que me alcanza y me dobla hasta el espinazo. Obsesivo, muy convencido del futuro sin futuro que podría aguardarnos si México y el mundo naufragan como parecen estarlo intentando, creo en la poesía, en el amor amoroso que concita. Creo en la vida.

Poeta e historiador

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