Estoy planeando mi agenda de la semana que viene y, así nada más, de repente, caigo en la cuenta de que es ya el mes de octubre. ¿A dónde se fue el año? Después de un largo verano con altas, bajas y, muchísimas sorpresas de todo tipo, retomo la vida diaria prácticamente al final del año. Ciertamente unos meses muy ocupados que cerré mudándome a la que espero será mi residencia oficial por varios años. Es el quinto cambio de dirección desde que me mudé a Valencia y, como el 25 desde que nací.

Divorcio, muerte, pérdida o cambio de trabajo, mudanza son algunos de los estresantes más comunes de nuestros días. Con tan solo el último debiera yo estar en uniforme, metida en uno de esos cuartitos acolchonados que tienen los hospitales psiquiátricos, pero estoy bien. Lo peor ya pasó y ahora viene lo divertido que es el desempacar. Tantas y tantas cajas con objetos, memorias, recuerdos de todo tipo, una muy buena oportunidad para practicar las enseñanzas y filosofía de Marie Kondo. Pero no puedo. Además de las cosas verdaderas o medianamente útiles, poseo una gran cantidad de cajas clasificadas como “decoraciones” que no son más que porquerías acumuladas a través del tiempo sin mucho significado ni razón de ser, objetos efímeros cuyo origen rara vez recuerdo. Tengo, por ejemplo, una muñequita de plástico tipo Barbie, retrato fiel de Victoria Beckham, otrora conocida como Posh Spice. ¿Por qué? Nunca fui fan de las Spice Girls. O un pollo desplumado de plástico de aproximadamente 10 cms. que cuelga de la patas y que ha vivido en varias de mis cocinas. Alguna vez, estando en Tailandia, decidí comprar un gallo de la buena suerte, tamaño real, de concreto. ¿Quién creen que acaba de aparecer?

La cosa con las posesiones materiales es que son solo eso. He tenido la suerte de rentar propiedades con electrodomésticos básicos incluidos, de otra manera tendría o bien varios aparatos de dónde escoger, o como me ha sucedido con otro tipo de pertenencias, un caminito bien marcado con muebles escogidos con cariño heredados y regalados a mis más cercanos familiares y amigos. Y aquí no sé quién le ha hecho el favor a quién, porque he dejado atrás lo más querido, aunque no necesariamente lo más práctico. Tampoco ayuda lo del voltaje. Pero ¿y todo lo demás? El sweater que alguna vez me prestó mi abuelo (quien lleva en el cementerio 30 años), la blusita que volverá a estar de moda (todo vuelve, tarde o temprano), el molde de gelatina en forma de cerebro. A final de cuentas todo se resume a cajas y más cajas que viven en bodegas y closets sin poder ver la luz del sol.

Así que por primera vez en más de treinta años tengo en mi posesión todas mis cajas. Todas. Lo que aparezca por allí… Ya veremos. Hoy me siento firme, fría y de esos días en que nadie me llega al corazón. ¿Debería aprovecharlo? Tengo cama, mesa y sillón. Lo demás está por demás. Y así, mientras observo a mi alrededor, veo dibujos y fotos enmarcadas que no se pueden ir, libros de papel que también se quedan, mi costurero… ¿Entienden mi problema? Todas esas mugres tienen razón y motivo de ser y me es imposible siquiera pensar en deshacerme de ellas.

Alguna vez, en Hong Kong, una mujer que conocía se acababa de separar de su novio y, buscaba departamento. “Quisiera decorarlo a la Bo Concept”, me dijo, a lo que yo contesté que el mío era más bien ecléctico. “¿Es una tienda? No la conozco”. A material girl in a material world.

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