No hay ni una sola señal luminosa en el horizonte: el dólar sigue al alza, el petróleo a la baja; cada vez peor la estimación del crecimiento; una inflación que ya llegó y ahora, un recorte brutal al presupuesto que anticipa despidos, suspensión de obras, cientos de miles nuevos desempleados y a ver cómo se las arreglan en la calle.

Y frente a este panorama desolador para la inmensa mayoría de los mexicanos, tenemos a los gobiernos más gastalones del planeta. ¿Quién da cuentas de lo que cuestan los aparatos de seguridad de cada uno de los que nos gobiernan? ¿Cuánto representan en dinero sus 20 o 30 guaruras, los escoltas permanentes en sus casas habituales o en las de “descanso”; los convoyes que los siguen a donde quiera que van; las suburbans para llevar a sus esposas al súper aquí en el país, o los aviones que las llevan al súper y el shopping en McAllen y San Antonio?

El colmo es que acaba de saberse que hasta los enviados de chisguete de la Función Pública, se atragantaron con caviar y champagne en sus estúpidas misiones al extranjero. Por eso, su glostorizado jefe los ha castigado severamente con un exhorto tibiecito para que sean más discretos la próxima vez. Como se ve, la mediocridad también puede ser congruente.

A ver: ¿alguien en este país tiene idea de los miles de millones de pesos que gastamos y derrochamos cada año en dos de nuestros grandes males: actitis e informitis? Y es que no hay acto en que no se recurra a grandes plataformas y apantallantes escenografías en los que se destaca —a veces con faltas de ortografía— el motivo de la convocatoria, como si los asistentes fueran retrasados mentales que no saben a qué van. ¿Alguien ha visto alguna vez que mandatarios de países un poquito más desarrollados que el nuestro como Obama, Merkel o Cameron requieran de estos templetes faraónicos para emitir un discurso?

La otra gravísima enfermedad derivada del abuso en el ejercicio del poder es la informitis: ya no diga usted el Presidente, sino que cualquier senador o diputado federal o local dispone de cuantiosos recursos públicos para su promoción personal y política con el pretexto de sus “informes anuales de actividades”, que sólo son un recuento de autoelogios. Aunque lo más vergonzante ocurre con los gobernadores, que cada año hacen de su “Informe” un evento multitudinario, dispendioso y ridículo que incluye pantallas gigantes, gastos brutales de logística y una movilización escandalosa de la clase política en aviones y helicópteros. Cada gobernador está invitado a 31 informes anuales de sus pares; si multiplicamos por seis años, la proporción del dispendio de gastos es geométrica.

Añádanse los sueldos ofensivos y las canonjías desproporcionadas de los hombres del poder, que incluyen la cauda de carísimos lambiscones a quienes llaman “asesores”, choferes, guardaespaldas, asistentes y coordinadores, y el resultado son gobiernos que representan un insulto en un país con 60 millones de pobres y 30 millones de hambrientos. Así que no es sólo un asunto de números, sino de moral pública.

¿Qué es lo primero que se necesita para ser torero?, le preguntaron al ilustre matador. “Parecerlo”, fue su respuesta. Y eso urge a nuestros tres niveles de gobierno: que no sólo digan que serán austeros, sino que lo parezcan. Pero ya.

Periodista

ddn_rocha@hotmail.com

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