Por el bien de México, en el combate a la corrupción no debe señalarse sólo a un partido. Los casos más notorios se han cargado efectivamente hacia una agrupación, incluso a ello atribuyeron la pérdida de votos en la pasada elección de junio, pero así como nadie tiene la exclusividad de la honestidad, tampoco nadie la tiene en materia de corrupción.

Las sospechas y acusaciones de malos manejos han recaído en gobiernos y elementos del más variado color partidista. Más bien, la sombra de la corrupción se proyecta desde una sola figura: la clase política. Todos los partidos y los funcionarios de gobierno son quienes tienen que asumir una realidad innegable: la sociedad presenta un desencanto con el mismo discurso, ese de promesas que nunca se cumplen y de palabras casi siempre repetitivas. ¿Le suenan frases como: “daremos resultados a la gente”, “ganaremos la confianza de la ciudadanía” o “los demás son corruptos menos nosotros”?

La expectativa de la sociedad está puesta en que la clase política cumpla los cambios que se han impulsado desde la misma sociedad. La transparencia de su patrimonio es apenas uno de ellos, pero se exige que esos bienes sean congruentes con los ingresos que han recibido a lo largo de su carrera en la administración pública. Ante la llamada ley 3de3 los políticos negaron la publicación de su declaración patrimonial con un argumento que se dijo en corto, pero que rayó en lo absurdo: si declaran sus bienes podrían quedar al descubierto sus casas chicas; si esa fue la causa verdadera ya hay una incongruencia de origen. ¿Cuáles son los valores de una persona que incurre en el engaño?

Aún está pendiente la puesta en marcha formal del Sistema Nacional Anticorrupción. Con el próximo inicio del periodo ordinario de sesiones en el Congreso de la Unión se hará público si hay interés verdadero de todos los partidos por transformar un ambiente en el que las prebendas y el cohecho han sido frecuentes; erradicar para siempre frases tan lamentables que han pintado a la clase política: “un político pobre es un pobre político” o “el año de Hidalgo”.

Sería gratificante escuchar de cada uno de los dirigentes de partidos el compromiso a dignificar la carrera política, a adoptar férreos controles de transparencia para sus militantes y aquellos gobernantes emanados de sus filas. ¿Es mucho pedir un encuentro partidista en el que todos asuman su compromiso de evitar y castigar la corrupción? Los hechos son los que valen, no las palabras.

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