Cuando el secretario de Estado, Rex Tillerson, y el secretario de Seguridad Interna, John Kelly, de Estados Unidos lleguen a México la semana entrante, debería ser una oportunidad para replantear una relación entre dos administraciones que empezó con el pie izquierdo, pero en realidad será mas un esfuerzo de control de daños que una ocasión para relanzar una agenda bilateral renovada.

Desde luego, es notable que Tillerson haya hablado con su contraparte mexicana, el secretario de Relaciones Exteriores Luis Videgaray, en su primer día en el cargo, y que esta visita es su primera a un gobierno extranjero (aunque estuvo en la reunión del G-20, en Alemana, hace un par de días), y es la primera visita de Kelly al extranjero. Después de los ataques del presidente estadounidense Donald Trump a México hay poco que pueda hacerse para restablecer una buena relación a ojos del público mexicano, pero mucho para salvar la cooperación operativa en múltiples temas en que los dos países dependen uno del otro.

Hay un problema de fondo en la relación bilateral en este momento, que es la debilidad de los dos mandatarios. Por capaces que pueden ser algunos de sus secretarios de gabinete, en ambos lados, ninguno de los dos mandatarios tiene mucho margen de maniobra por su debilidad. En México ya está de más repetir los bajos niveles de aprobación que enfrenta el presidente Enrique Peña Nieto, y sin esfuerzos para recuperar la confianza ciudadana atacando el tema de la corrupción, no se ve por dónde resurja.

Pero Trump tampoco es mucho mas popular en su país, y hay indicios de que su administración está en caída libre, con una desorganización nunca antes vista en la Casa Blanca y una disyuntiva entre el gabinete y el mandatario. Todo parece indicar que Trump sigue siendo muy influenciado por su ex coordinador de campaña, Steve Bannon, quien funge como asesor político en la presidencia y quien es el autor de la ideología de America first.

Tillerson y Kelly, junto con el secretario de Defensa, James Mattis, y el asesor económico, Gary Cohn, son mucho mas proclives a la globalización y la cooperación con otros países, y han abogado por bajar el tono en la relación con México y se han puesto a reconstruir lo que pueden del tejido de cooperación entre vecinos.

Pero en el mundo de Trump casi todo depende de los vaivenes y virajes del mandatario, muchas veces alimentados por Bannon y su deseo de construir una base política nacionalista que sostenga al gobierno de Trump. La Blanca es una casa dividida entre estos dos grupos, los internacionalistas, que son republicanos tradicionales, y los ultranacionalistas, que ayudaron a que ganara Trump y quienes alimentan sus instintos naturales de bravucón e iconoclasta.

Toda la aparente actividad de las primeras cuatro semanas de gestión de Trump ha provocado que pierda credibilidad entre los líderes de su partido en el Congreso y con el pueblo estadounidense. Casi todas las ordenes ejecutivas que firmó, incluyendo la del muro en la frontera, requieren de decisiones por parte del Congreso, y no queda muy claro que accederán a sus deseos.

Mientras tanto, las prioridades de los republicanos en el Congreso, sobre todo de cambiar el sistema de seguro médico y las leyes fiscales, están empantanadas en debates internos y diferencias con la Casa Blanca, que van minando sus posibilidades de éxito. Y para colación, las revelaciones sobre los contactos entre asesores de Trump y agentes de inteligencia rusa, sin indicar un crimen, por lo menos están debilitando la credibilidad de Trump a los ojos de la sociedad y de sus correligionarios.

Si los dos presidentes, de México y Estados Unidos, tuvieran mas solidez en sus posiciones frente a la sociedad, podría imaginarse un replanteamiento de la relación bilateral, pero Trump no puede abandonar sus compromisos públicos de renegociar el Tratado de Libre Comercio, construir un muro en la frontera y deportar a los indocumentados, sin perder su base dura, la minoría que sigue creyendo en él a ciegas, mientras Peña Nieto no tiene fuerza para confrontarlo de frente.

Lo mas que podemos esperar —y no es poco— es que, en su implementación, las promesas de Trump se hagan mucho más chiquitas y restringidas en la teoría. Tillerson y Kelly vienen para tratar de salvar lo que puedan de la cooperación, y mostrar un respeto a México que ha faltado en las expresiones públicas de La Casa Blanca. No lograrán restablecer el buen ánimo entre vecinos ahora distanciados, pero quizás puedan reparar un poco el tejido de cooperación mutua.

Vicepresidente ejecutivo del Centro Woodrow Wilson

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