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Luego de una distancia larga en Ciudad Universitaria, el sábado pasado corría de regreso a mi casa y, aunque me correspondía el paso, me detuve en el cruce de dos avenidas para asegurarme de que ningún microbusero le pusiera fin de manera anticipada a mi existencia. Quería vivir mucho más, como anhelo cada que voy a correr.
Al lado mío, otro corredor más intrépido cruzó casi sin voltear y por poco lo lamenta para siempre. “¡Infeliz, hijo de p…, ojalá un buen día te arrepientas!”, le espetó al desquiciado chofer, quien simplemente respondió con otra mentada de madre con su claxon.
No se trata de arrepentirse, pensé en aquel instante inmediato al esfuerzo donde la consciencia suele estar más abierta que de costumbre. Para hacer las cosas de la mejor manera, más bien es cuestión de, un buen día, proponértelo. Porque, por simplón que suene, finalmente todo ocurre un buen día, un día cualquiera.
Un buen día, así nada más, despiertas. Un buen día descubres con asombro que lo habitual es extraordinario. Un buen día te enamoras. Un buen día cambias y entiendes lo incomprensible sin una razón de por medio. Un buen día decides ser el mejor y, quien persiste, un buen día consigue serlo.
Un buen día dejas de pasarte el alto; un buen día, así sin más, dejas pasar a las personas; un buen día, por fin, dejas pasar lo que no te hace bien. Un buen día dejas de tirar basura en la calle y un buen día dejas de tirar mierda a la gente. Un buen día por la noche sale la luna roja.
Un buen día el mar que estaba agitado amanece en completa calma, y es cuando yo me digo, mirando al horizonte, si un interminable océano es capaz de ponerse de acuerdo, un país como el nuestro también puede.
Cualquier cosa, incluso lo más maravilloso y sorprendente, sucede un día cualquiera, un buen día como hoy o mañana. No necesitamos ni siquiera ponernos de acuerdo, si un buen día cada uno se lo propone por su cuenta, la realidad que nos habita cambiaría enseguida.
El gran secreto es una verdad sabida, tan simple que parece tremendamente compleja.
Un buen día que sales a correr, de repente en la esquina menos esperada imaginas un sinfín de escenas inspiradoras, como que te apoderas del micrófono de los altavoces de la Ciudad de México y antes de poner a todo volumen One Of These Days; de Pink Floyd, gritas con todas tus fuerzas: ¡Hoy es un buen día!
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