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“Ya vine. ¿Cómo andan vales?”, es lo primero que dice Israel Cansino cuando llega a su lugar de trabajo. No le sorprende no escuchar una respuesta. Frente a él sólo hay un llano que cubre los restos de miles de personas sin nombre ni apellido.

Desde hace 15 años, Israel es el encargado de la fosa común en el Panteón Civil de Dolores. Cada sábado recibe a los nuevos cadáveres que se quedaron en el olvido. Con pala en mano espera que los camiones bajen los cuerpos y él pueda ordenarlos de acuerdo con el número de expediente que llevan grabado en una pulsera en la muñeca. Una por una, Israel abre todas las bolsas para revisar las manos de cada muerto.

A pesar de ser un trabajo temido por muchos, él asegura que en el panteón se siente seguro, “afuera quien sabe quién está”, dice entre risas.

Las canas en su cabello y bigote reflejan su edad, pero lo importante para él son las ganas que tiene de trabajar. Su día comienza mucho antes de que salgan los primeros rayos del sol.

A las cuatro de la mañana, Israel ya está listo para tomar el primer camión que sale desde su casa en el municipio de Chalco, Estado de México. Después de tomar dos camiones y trasladarse por 17 estaciones de la Línea 1 del Metro, a las seis de la mañana ya está en la avenida Constituyentes frente a la reja verde que enmarca la entrada al Panteón Civil de Dolores.

Aunque su horario es de 7:00 a 15:00 horas, cuando se trata de la muerte nada es programable. “Si nos toca una prematura —que quiere decir que un familiar retira un cadáver que está en la fosa— no nos podemos ir hasta acomodar todos los cuerpos que hayamos sacado. No es tan fácil”, dice.

Emanando una sonrisa en cada una de sus palabras, este hombre de alrededor de 60 años cuenta que cuando era apenas un adolescente un amigo lo convenció de buscar trabajo en el camposanto: “Vámonos al panteón, ahí siempre hay algo”, le dijo.

Sus primeras labores eran las de un sepulturero común y aunque al inicio reconoció que le daba miedo trabajar en las tumbas, con el paso del tiempo se acostumbró a vivir entre los muertos. Además, su familia estaba creciendo. Con cuatro hijos y una casa que mantener era imposible sentir temor.

Con más de una década recorriendo los caminos de la muerte, un día su antecesor como vigilante de la fosa le dijo: “Vente, tenemos una fiestecita”. Israel no sabía a qué se refería y aceptó acompañarlo sin hacer preguntas. Bajaron varios metros y se encontraron frente a los “muertos sin nombre”. La fiesta era una prematura.

Desde esa fecha, Israel se convirtió en ayudante de la fosa común. El 20 de octubre de 2001, Chagoya, como lo llamaban entre los sepultureros, decidió que era tiempo de jubilarse. El nombre de su sucesor era sabido por todos los del panteón.

Enfundado en un overol color caqui con líneas verdes y sus botas negras de trabajo, Israel camina cerca de 25 minutos por los pasillos del cementerio para llegar a saludar a sus “vales”, como él les llama a los “muertos no reconocidos”. Diariamente baja entre dos o tres veces para vigilar “que ninguno se le haya escapado”, bromea.

Cuando describe algunos detalles de la fosa común, Israel asegura que el olor es penetrante, tanto que ni siquiera el mismo personal encargado de llevar los cuerpos lo soporta, pero eso a él ya no le molesta, “a todo se acostumbra uno, menos a no comer”, afirma con una sonrisa en el rostro.

El trabajo de Israel es poco conocido por la mayoría de la gente, pero él se encarga de aquellos muertos que no tienen quien les lleve flores cada fin de semana. Su responsabilidad es tenerlos en orden. Nunca se sabe cuándo podrían llegar a buscarlos.

Primero como sepulturero y después como encargado de los “difuntos sin nombre”, Israel ha aprendido que la muerte siempre está presente ya que “así como naces, algún día te tienes que morir”, dice.

Aunque no le teme a los cadáveres, recuerda que en sus primeros años en la fosa común, un día llegó un cuerpo que al bajarlo de la camioneta y revisarlo parecía que lo estaba mirando fijamente. Por la noche, cuando llegó a su casa, Israel está seguro de que el hombre “veracruzano, moreno y fornido” estaba parado frente a él.

Esa imagen se le repitió por tres días consecutivos. Los demás sepultureros le aconsejaron “maldecir al espíritu para que se alejara”, pero él sabe que eso no funciona y eran puras mentiras de sus compañeros. Decidió acudir con un sacerdote que le dijo que ofreciera una misa en su nombre y así permitir que su alma descansara.

Esta profesión se pasa de generación en generación. Así como él comenzó de ayudante, ahora su hijo también baja a la fosa y lo auxilia en algunas tareas. “No tengo una herencia que dejarles, sólo el oficio y las ganas de trabajar”, dice el hombre del gran bigote.

Cuando Israel se quita la gorra se hace más evidente su labor, una línea en su frente advierte las quemaduras del sol provocadas por los años que ha vivido sepultando gente. No importa si llueve o hace calor, si un cadáver tiene que entrar o salir de la fosa común, él es la única persona que puede estar ahí.

En punto de las dos de la tarde, Israel baja a dar la última vuelta a la fosa. Le gusta lo que hace y, a pesar de hablar de la muerte, lo describe con mucha gracia. “Paso lista y les digo: Ahí nos vemos muchachos”.

Católico por convicción, este vigilante se encomienda todos los días a tres santos: la Virgen de Guadalupe, la de Juquila y a San Judas Tadeo. “Pero —hace una pausa— quien mejor me cuida son mis muertitos”, dice.

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