En 1993, Colombia y Estados Unidos se sorprendieron con la historia de Guillermo Rosales, un joven de trece años que sobrevivió a viajar como polizón en el tren de aterrizaje de un avión de carga.
Llegó en los primeros días de junio de ese año a Estados Unidos, logrando resistir temperaturas de hasta -28 grados a una altura de 10 mil 675 metros sobre el nivel del mar.
El caso fue documentado por EL TIEMPO y más medios de comunicación en todo el mundo. Era insólito.
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En sus páginas, este diario contó que Rosales llegó a Miami a bordo de un avión carguero de la aerolínea colombiana Arca, que llevaba flores desde Bogotá.
Al llegar a su destino, a las dos de la madrugada, el joven se desplomó y estaba frío como una bola de nieve. "Debía haber muerto definitivamente. Las ruedas al subir podrían haberlo aplastado; hay poco oxígeno en esa altitud y la temperatura debe haber estado en menos 28 a menos 24 grados", comentó el mecánico Richard Ungerer.
Rosales fue enviado al Hospital Panamericano y, al poco tiempo, salió, pues se encontraba bastante bien.
Recién se conoció la historia, expertos no salían del asombro; incluso, algunos se mostraban escépticos. "Allí donde él venía no hay espacio ni oxígeno, las temperaturas son de hasta 20 grados bajo cero y no hay presurización. Él está vivo de milagro", dijeron varios ingenieros de vuelo y empleados de la empresa Arca en que viajó el muchacho, según recogió EL TIEMPO en su momento.
La increíble hazaña del joven Guillermo hizo que las personas lo empezaran a reconocer como un héroe. Se llevó la admiración y se convirtió en inspiración de quienes no podían salir del país.
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¿Por qué el joven viajó en el tren de aterrizaje de un avión?
La primera versión que dio el joven al ser interrogado sobre su procedencia fue que se llamaba Guillermo y estudiaba en el colegio ICET de Cali, donde comenzaba segundo de bachillerato. Asimismo, afirmó que no tenía padres, pues ellos habían muerto y por eso había quedado en la calle. Dijo que, deambulando, se hizo amigo de los mecánicos y comerciantes de los alrededores del terminal de carga de Cali.
También contó que decidió irse en un avión desesperado por huir de Colombia. Primero viajó en uno de Avianca y luego 'se lanzó' al siguiente que pasara, sin saber este a dónde iba.
El caso del polizón se volvió tan popular que, incluso, unos residentes de Washington -Ruth Withney y su esposo- se ofrecieron a adoptarlo.
Joven fue tratado como héroe
EL TIEMPO, hace ya treinta años, contaba que el joven era aplaudido y tratado como un héroe por los niños, las mujeres y los hombres que lo reconocían en algún sitio en Miami.
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Por ejemplo, pocos días después de llegar a Estados Unidos, cuando ingresó a McDonald's de Coral Way, una chiquilla corrió hacia él para regalarle un llavero. Como si fuera poco, una caleña que llevaba más de una década en el país lo abrazó conmovida y varios hombres lo saludaron como a un auténtico héroe que acababa de protagonizar una hazaña.
La gran atención que recibió la increíble historia de supervivencia del joven Rosales también desencadenó otro hecho que nadie más esperaba: una presunta familiar del joven en Colombia, quien se identificó como la tía, se comunicó con una emisora y reveló que varias de las cosas dichas por el joven eran mentira.
La mujer empezó contando que él no se llamaba Guillermo Rosales, sino Juan Carlos Guzmán, y que no tenía la edad que mencionó, sino 16 años.
Mientras se investigaba sobre la verdadera identidad del joven, el servicio de Inmigración y Naturalización de Estados Unidos le buscó un lugar donde quedarse y extendieron su permiso.
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Al final, se confirmó que no se llamaba Guillermo, sino Juan Carlos. Además, que no tenía ni trece ni catorce, sino diecisiete años, y que no era huérfano de padre y madre.Por esta razón, el joven fue deportado y enviado nuevamente al país.
El rostro del polizón colombiano, conocido como ‘Guillermo Rosales’, cambió su expresión de felicidad inicial por una visible cara de tristeza cuando se enfrentó a la prensa de Miami, molesta por haber sido engañada por un adolescente.
Al verse rodeado de reporteros que lo interrogaban sobre los verdaderos motivos de su viaje, Juan Carlos Guzmán Betancourt se echó a llorar ante las cámaras.
"Yo reconozco que mentí cuando dije que era huérfano y que además oculté mi nombre auténtico y mi verdadera edad, pero todo eso lo hice para evitar que me deportaran el mismo día en que llegué a Estados Unidos", dijo el joven polizón, que llegó con vestido de paño nuevo.
La noche del miércoles 14 de julio de 1993, un grupo de periodistas recibió en el Aeropuerto El Dorado de Bogotá al colombiano que venía de Miami. Era el mismo mitómano que hacía un mes había viajado desde Cali, agazapado en el tren de aterrizaje de un avión, frío como un pollo a más de 10 mil pies de altura. Ahora volvía a su patria, deportado por el Servicio de Inmigración, uno de cuyos oficiales le había quitado las esposas, hacía pocos minutos, en pleno vuelo.
Juan Carlos Guzmán Betancourt bajó la escalerilla encerrado en los audífonos de su walkman y en la sobriedad de su vestido de paño nuevo. Y soltó la lengua. Dijo que se sentía aburrido, triste y amargado de regresar a Colombia.
Como quien cuenta un sueño, explicó que allá había vivido como un rico, con dos casas y carros, y un yate. Y sin mirar a los ojos de sus interrogadores, le desbarató el eslogan al entonces presidente Gaviria: "Aquí no hay futuro".
En Colombia, tal y como lo documentó EL TIEMPO, Guzmán fue recibido por autoridades de migración del extinto Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), que explicaron que el muchacho quedaba en libertad porque solo era un deportado y no una persona reclamada por las autoridades.
En su momento, Guzmán también dijo que intentaría volver a Estados Unidos, pero ahora sí por la vía legal.
También contó que había regresado a Colombia solamente con 200 dólares, pero que en Norteamérica tenía más de 5.000 dólares que le habían regalado "unas señoras de Texas".
"Yo sueño con volver allá, porque aquí no tengo nada bueno", dijo el joven polizón, quien insistió en que al menos una cosa de su historia fue cierta: "Yo sí viajé en el tren de aterrizaje".
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