La disputa por la nación tiene a las masas como soldados o testigos. Ya sea Morena o una oposición que se corre cada vez más a la derecha, sus propuestas giran en torno al voto nacional, pero olvidan el voto que decide asuntos de interés para los estados o los municipios. Así, la consulta popular, contemplada en el artículo 35 de nuestra Constitución, es hoy inexistente o está para resolver algunos temas planteados desde el Ejecutivo federal, y tiene como actores exclusivos de la discusión a los representantes de los partidos políticos o a los representantes electos surgidos de estos mismos.

De ahí la pobreza del debate. Debemos recordar que los ciudadanos están para proponer y no sólo para votar. Lo local es un tema nacional. La incapacidad de reconocerlo empobrece las capacidades en los municipios y se reflejan en las instancias estatales y federales. La principal preocupación a nivel municipal es la disposición, calidad y continuidad de los servicios. Su cumplimiento depende del presupuesto, exiguo como es en relación con sus necesidades, las cuales van más allá de la sobrevivencia sólo por la intervención “superior” y no a la decisión o la organización municipal o la voluntad de sus habitantes.

Es importante discutir los temas de la organización nacional de las elecciones, pero si se tuviera que elegir, es más importante discutir cómo otorgar poder a los municipios. Eso tendría más impacto en la vida democrática del país.

Se señalan los personalismos, las decisiones cupulares, el síndrome de la taenia que se reproduce a sí misma e impide la renovación de la “clase política”, pero no se atiende a las causas objetivas que originan esta situación. Si la gente no tiene poder, y este es expropiado por las “instancias superiores”, entonces ¿cómo quieren que el país se organice de otra forma?

En el municipio, desde hace mucho deciden las dirigencias nacionales menos informadas y más alejadas de él, inmediatamente después vienen las estatales y sólo al final las municipales convirtiendo en una práctica lo que debería ser excepción. La destrucción de la base de la pirámide de la decisión electoral es un mal de todos los partidos. Lamentablemente desde el PRD de los noventa se reproduce también en toda la izquierda electoral. Esta izquierda tiene miedo de las decisiones de sus militantes o de los ciudadanos.

Si uno toma la Comisión de Puntos Constitucionales, que debería aterrizar estos temas, notará por su composición que su incapacidad se debe a la forma en que han sido electos. Al final, la mayor parte parece responder a otras voluntades, y no la de las mujeres y hombres que habitan los municipios de sus distritos. A ellos no les deben su posición.

La depreciación del trabajo político se explica por la larga expropiación de las capacidades de sus ciudadanos. Escuché, en una conversación a bote pronto, hace muchos años en una visita suya al estado de Hidalgo, la crítica lúcida de Carolina Verduzco, que ilustró la frivolidad y rapacidad de esta tendencia: Cuando alguien intentaba explicar por qué no discutir ciertos temas por falta de preparación de los militantes, quienes deberían de depositar su decisión en los cuadros “más claros”, ella dijo: “Primero deciden los claros, luego los preclaros y finalmente los incoloros”.

Profesor universitario y activista cultural

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