Hace algunas semanas, un policía le disparó a un joven que asaltaba a una cuentahabiente en el estacionamiento de un banco, del que acababa de salir luego de retirar dinero. La madre del muchacho, que estaba esperándolo, lloró desconsolada porque mataron a “mi bebé”.

Todos los días hay asaltos en el transporte público en los que le quitan dinero, celulares, chamarras y hasta zapatos a quienes viajan en él.

Hace dos días mujeres encapuchadas, vestidas como las que han salido en la Ciudad de México a manifestarse con violencia por la violencia contra las mujeres, agredieron en una calle del Centro Histórico, a una mujer que iba en su auto y que no les quiso dar dinero.

No estamos hablando de delincuencia organizada, ni siquiera de grupos con “causas”, sino de individuos que quieren tener dinero para obtener “las comidas y ropa, las actividades, objetos, productos, diversiones y servicios que son ampliamente promovidos y aceptados en la sociedad” como dice un estudioso, pero a quienes no les parece que sea necesario trabajar para conseguirlo, sino que se consideran con derecho a arrebatárselos a quienes los tienen.

Esto es un modo de pensar muy característico del momento que estamos viviendo y no sucede solamente en México.

Hace poco la policía guatemalteca mató a un muchacho que asaltaba en el transporte público. La madre lo lloró así: “Mi hijo se levantó temprano a asaltar los buses, como siempre, pero me lo mataron. Él no le hacía daño a nadie, no le disparaba a nadie, sólo los asaltaba”. Y en Italia, un hombre mató a un joven que lo asaltó cuando iba en su auto. La familia lo lloró así: “El muchacho solo quería tener dinero para ir de fiesta, el arma era de juguete”, algo de lo que evidentemente el asaltado no se percató.

La idea del trabajo como la conocíamos, por lo visto ya no funciona para las nuevas generaciones. Eso de sembrar y pescar y fabricar, de estar frente a una máquina, un volante o un escritorio, ya no interesa ni gusta. Los que pueden, prefieren ser influencer, bloguero, dj, fashionista, músico o actor y los que no pueden, se van de asaltantes y ladrones.

Y por lo visto, tampoco interesa ir a la escuela, pues si algo no existe más hoy es la fe en que la educación sirve para mejorar la situación de las personas. Esa idea quedó en el pasado y hasta la usan algunos gobiernos (como el nuestro) que aseguran que no se necesitan ingenieros, arquitectos, economistas, pues el pueblo sabe.

Entonces, como dice un estudioso, la delincuencia (organizada y desorganizada) existen y crecen porque cuentan con un elevado nivel de complicidad social.

Y en efecto, vemos que sus familias están de acuerdo, que la señora a quien le obsequian una bolsa que acaban de obtener asaltando a una automovilista en un semáforo se pone feliz, y por eso los apoyan y acusan a los asaltados que osaron defenderse y defienden a sus hijos que osaron asaltar.

¿Qué va a pasar en el futuro? No lo sé.

Por ahora la pregunta, al menos para nuestro país, es: ¿Va a quedar alguien que quiera tomar un arado, atender en una ventanilla, despachar en una tienda? ¿Alguien que quiera ir a la escuela a enseñar o a aprender?

La pregunta es terrible pero realista, pues aunque algunos no corren con suerte (los detienen o incluso los matan), la mayoría se sale con la suya y sus acciones quedan en la impunidad, lo cual resulta muy atractivo para otros.

Escritora e investigadora en la UNAM
sarasef@prodigy.net.mx