El pasado fin de semana, de puente por la llegada de la primavera y por el nacimiento de Benito Juárez, un grupo de personas cerró la autopista México-Cuernavaca. Durante más de seis horas, miles de ciudadanos permanecieron varados sin poderse mover ni para adelante ni para atrás. Niños llorando, abuelitas a las que les urgía ir al baño, la mujer embarazada que se sentía mal, el señor que iba a recuperarse de un infarto y muchísimos hombres, mujeres, niños y mascotas, que pretendían salir de la ciudad para disfrutar el asueto. Todos detenidos por unas cuantas personas que decidieron que esa es la manera de presionar al gobierno para que les cumpla sus demandas.

Desconozco cuáles son esas demandas, pero ese no es el tema. Lo es el hecho de que una vez más, como sucede todos los días en alguna parte del país, los ciudadanos pagaron el precio de la incompetencia de las autoridades para atender lo que les corresponde. Porque tenemos un gobierno federal y gobiernos locales que permiten ese maltrato contra quienes nada tienen que ver con los asuntos que provocan esos cierres. Y esa inacción da pie para que un día sí y otro también, se impida transitar por los caminos, se tomen casetas, se roben autobuses de pasajeros y camiones con mercancías, todo ello en la más absoluta impunidad (y hasta justificándolo, como hizo hace algunas semanas la alcaldesa de Acapulco cuando un grupo de estudiantes armó un zafarrancho).

Sin embargo, la presumen como “aquí no hay represión”, pero eso solo se refiere a quienes cometen los actos delincuenciales, porque para los ciudadanos, sí es una represión contra sus personas y sus derechos.

De hecho, lo que pretenden es hacernos creer que “aquí no pasa nada”. Por eso ni el gobierno federal o los de la CDMX y Morelos hicieron nada para atenderlo, con todo y que la Guardia Nacional estaba unos kilómetros adelante del embrollo y con todo y que varias horas después, otro contingente llegó a la caseta con su disfraz antimotines. Por supuesto, ninguna de esas autoridades abrió su boca para referirse al asunto y explicarle algo a los ciudadanos, pues esos “problemitas” no son tema de las conferencias de prensa.

Y no lo son porque lo que les sucede a los ciudadanos no es importante para nuestros gobernantes. Lo he venido diciendo desde hace años, cuando participé en foros con AMLO en el Congreso, en artículos en este espacio y en libros. Solo somos útiles a la hora del voto, el resto del tiempo no importamos y hasta sobramos.

En cambio, el Presidente sí disfrutó del puente y del espectáculo que se armó a sí mismo ese día. El presumió que hizo 45 minutos para llegar al nuevo aeropuerto de Santa Lucía, algo que cualquiera logra si es de madrugada, día festivo y con guaruras abriéndole paso, y sobre todo, si no toman la caseta o cierran la carretera.

La legitimidad que tanto pregona el Presidente no se gana con consultas ni descalificando a los críticos, sino con buen gobierno, y eso no se le está dando a los ciudadanos. Porque buen gobierno significa que podamos realizar nuestras actividades y tener servidores públicos que escuchen las quejas, contesten el teléfono, atiendan las ventanillas y resuelvan los problemas.

No se puede gobernar sin el apoyo de los ciudadanos, dijo AMLO en Veracruz hace unos días, pero le decimos al revés: no se puede ser ciudadano sin un gobierno que cumpla su cometido.

Escritora e investigadora en la UNAM
sarasef@prodigy.net.mx
www.sarasefchovich.com

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