El pensamiento conservador y las expresiones de autoritarismo estatal han modulado nuestra historia. Algunos acontecimientos recientes destapan esta (incómoda) verdad histórica que sigue vigente aún en tiempos de “transformación”.

Durante la conferencia mañanera del pasado viernes 25 de septiembre, el presidente López Obrador exigió, con un tono tranquilo pero firme, “lealtad a ciegas al proyecto de transformación, porque el pueblo [los] eligió para eso [sic]”.

Lo cierto es que el presidente de México ha construido un discurso único —polarizador y maniqueo— según el cual el mundo es una lucha entre “buenos” [los seguidores de la 4T] y “malos” [todo aquel que la critique]; ha utilizado la investidura presidencial para desprestigiar e intentar silenciar a la crítica; se ha dedicado a gobernar por decreto, a obstaculizar a los organismos autónomos, a militarizar lo civil, a extralimitar sus facultades y a promover consultas públicas extralegales que permitan dar vía libre a su agenda política.

Desde luego que este actuar gubernamental, arbitrario y paternalista, no es un hecho aislado en un país acostumbrado a ello. Un país estructuralmente violento en donde la falta de respuestas políticas contundentes ha empujado a la población a validar el autoritarismo con tal de alcanzar el bienestar. Un país en donde la gente ha comenzado a coquetear inconscientemente con el fascismo como medida desesperada ante la acumulación de “situaciones límites”, por citar el término de Karl Jaspers. Prueba de ello es el mediatizado robo a los pasajeros de una combi que terminó, para sorprendente regocijo de gran parte de la población, en la brutal golpiza a un asaltante.

Los memes, comentarios y bromas no se dejaron esperar. “¿Cómo no alegrarse de que un ratero reciba su merecido?”, argumentaron muchos. Detrás de aquel incidente hay un profundo enojo y desesperación frente a la inseguridad. La población mexicana no encuentra otra opción más que hacer justicia por sus propias manos porque no existe Estado de derecho. Porque las desigualdades van en aumento, empujando progresivamente a la población a delinquir y, al mismo tiempo, a impartir en retribución una justicia primitiva y arbitraria, donde el ciudadano es juez y parte.

En la mayoría de los asaltos violentos de los que tenemos registro audiovisual, es evidente que los criminales son despiadados y no dudan en lastimar o hasta asesinar por llevarse unos cuantos pesos y un par de celulares. Pero esta terrible realidad no puede llevarnos a asumir que somos nosotros los que tenemos que impartir un “castigo”. Asumir eso es volver a lo que Thomas Hobbes llamó el “estado de naturaleza” que es, en otras palabras, la ley de la jungla. Que nos parezca normal y que aplaudamos el casi linchamiento de un individuo por “rata”, es una preocupante señal de lo que llamo el “potencial fascista” de la sociedad mexicana.

Pero ¿qué es el fascismo? Es una ideología nacionalista y populista que surgió en la Europa de los años treinta y que se expresó políticamente en forma de regímenes totalitarios o dictatoriales liderados por un líder “providencial” [Mussolini, Franco, Hitler] cuyo objetivo era recuperar la “grandeza” de la nación. Tarea que debía pasar por el mantenimiento de la seguridad y el orden, sin importar los medios opresivos y tiránicos utilizados.

Un error recurrente es que tendemos a confundir entre la dictadura (fascista) y el régimen totalitario (fascista). A diferencia de una dictadura donde el orden político es impuesto, el totalitarismo es consecuencia de una elección consciente: el totalitarismo llega al poder democráticamente. Una vez ahí, el objetivo es desmantelar—mediante la creación de un marco jurídico ad hoc—las instituciones democráticas para perpetuarse en el poder.

En su imprescindible trabajo Los orígenes del Totalitarismo, Hannah Arendt sostuvo que los regímenes totalitarios—no necesariamente fascistas—son siempre movimientos de masas que se construyen en torno a la apología de la violencia, a la instrumentalización del terror como herramienta de dominación, a la propaganda y a la manipulación de la legalidad. El objetivo es la eliminación de toda barrera al poder del Estado. Para Arendt, el totalitarismo no sólo emerge en la esfera pública y política, se construye también en las esferas más íntimas y privadas de las sociedades, en donde se gesta realmente su legitimidad.

En México vivimos setenta años bajo un régimen autoritario que mucho tiene que ver con lo que Arendt asoció al totalitarismo. Como afirmé antes, históricamente hemos sido un Estado autoritario y conservador. Primero, por nuestra condición de periferia en las dinámicas geoeconómicas y geopolíticas del capitalismo global que ha perpetuado la estratificación social y los mecanismos de opresión organizada, anulando cualquier intento de emancipación nacional. Segundo, por la fuerza del pensamiento católico reaccionario que representa un importante cimiento de la identidad mexicana y un obstáculo estructural al cambio sociocultural. Muestra de ello son las recientes movilizaciones alrededor del derecho al aborto como respuesta a las trabas impuestas por la derecha católica ultraconservadora.

Pero volvamos al penoso incidente de la combi que revela una escalofriante realidad: para garantizar su seguridad, los mexicanos están dispuestos a convertirse en verdugos que deciden quién sí y quién no es “deseable” para la sociedad, borrando cualquier vestigio de empatía social y humanismo. Paradójicamente, las personas están dispuestas a sacrificar las garantías individuales más fundamentales siempre y cuando su seguridad no se comprometa. Eso es fascismo.

El miedo es una de las fuerzas más destructivas en la mente humana. Que un movimiento de masas instrumentalice exitosamente ese miedo, es uno de los mayores riesgos a la democracia. Ya ha sucedido antes. Está sucediendo ahora en muchos Estados donde el fascismo está ganando terreno gracias al uso del pánico social como herramienta de cooptación electoral.

Filipinas es un ejemplo revelador. En 2016, el fascismo llegó a la presidencia del país con 39% de los votos de la mano de Rodrigo Duterte —alias el “descuartizador”— cuyo programa brilló por su sencillez y frialdad: para alcanzar el bienestar social, es preciso acabar, por todos los medios posibles, con los criminales y drogadictos.

Como los filipinos, los mexicanos están cansados de la violencia, de la falta de oportunidades y de las promesas incumplidas del pasado. ¿Podemos realmente descartar que un proyecto fascista y/o totalitario llegue al poder en México? La elección de 2018 mostró el poder seductor del populismo nacionalista basado en explicaciones fáciles de digerir, según las cuales bastaba con acabar con los “malos” para acceder a mejores condiciones de vida. Hemos visto, sin embargo, que la realidad es mucho más compleja que eso.

Mientras la inseguridad y violencia se sigan agravando, anticipo que las ideas fascistas irán ganando terreno en el país. Históricamente violentados y despojados, los ciudadanos tenderán a abrazar propuestas políticas simplistas y mesiánicas que ofrezcan una pronta salida de la crisis sin importar los medios autoritarios y antidemocráticos que se planteen.

Durante su más reciente intervención en la Asamblea General de las Naciones Unidas, López Obrador citó a Mussolini para enaltecer el nombre de Benito Juárez. Referirse en esos términos a un “facha” en un marco multilateral concebido precisamente para luchar contra este tipo de personajes e ideologías, no sólo es una muestra más de ignorancia supina. Es también un ejemplo de cómo en México flirteamos con el fascismo sin siquiera darnos cuenta.

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