Los migrantes aportan beneficios incalculables. Nutren los valores humanos, la diversidad, la sociedad, la ciencia, la cultura y la economía. Ellos enriquecen a las naciones a las que llegan, aunque no hayan sido invitados

Por: Omar Vidal y Richard C. Brusca

La migración es tan antigua como nuestra especie. La necesidad de migrar trasciende los límites políticos que reflejan sólo las secuelas de la última invasión. Trasciende a las guerras y a otros conflictos. Y trasciende las fronteras que no hacen eco del intrincado entramado de la vida de familias, comunidades y poblaciones humanas.

La mayoría de la gente migra por instinto de conservación, porque sus vidas están en riesgo. Migran por cualquier medio, aunque sea caminando. La migración es legal o ilegal, dependiendo del cristal con que se mire. Los migrantes están tan desesperados que están dispuestos a morir en el intento. Los jóvenes migran primero, buscando un futuro mejor para ellos y sus hijos. Muchos se quedan en el camino, generalmente los muy jóvenes y los más viejos.

Los migrantes no vienen solos; traen beneficios incalculables con ellos. Traen alimentos que nutren los valores humanos, la diversidad, la sociedad, la ciencia, la cultura, la economía. Enriquecen a las naciones a las que llegan, aunque no hayan sido invitados. Hemos investigado y escrito sobre los migrantes y pueblos indígenas de México y Centroamérica; y uno de nosotros ha sido voluntario en albergues y clínicas legales para migrantes en Arizona. Queremos compartir nuestro punto de vista sobre los migrantes latinoamericanos que llegan y permanecen indocumentados en Estados Unidos.

Lo hacemos con la esperanza de contribuir a un debate migratorio renovado, más humano, más compasivo e informado. Un debate que adquiere aún mayor relevancia ahora que el presidente y la vicepresidenta de Estados Unidos son, esencialmente, migrantes. Joe Biden tiene ancestros franceses y su trastatarabuelo emigró de Inglaterra a Maryland en 1822. Kamala Harris es hija de madre india y padre jamaiquino.

Estados Unidos es una nación de migrantes. Siempre lo ha sido y siempre lo será. Los primeros migrantes llegaron del Reino Unido y dieron lugar al nacimiento del país. Desde ese día los migrantes han llegado de muchos países. Y todos han contribuido al gran Sueño Americano, y ahora son parte de él. En 1850 había 2.2 millones de inmigrantes en Estados Unidos; en 2018 eran ya casi 45 millones y uno de cada siete residentes había nacido en el extranjero. Para 2065, uno de cada tres estadounidenses será un inmigrante o tendrá padres inmigrantes–los hispanos constituirán 24% de esa población.

La inmensa mayoría de los migrantes que cruzan la frontera norte de México se van a Estados Unidos huyendo de penurias económicas y sociales en sus países de origen; agravadas aún más por el cambio climático y la destrucción ambiental. Van en búsqueda de seguridad, trabajo y dignidad. Algunas naciones centroamericanas—Honduras, Guatemala y El Salvador en particular—sufren condiciones económicas trágicas y el crimen, la violencia y la desesperanza que la pobreza engendra (en no poca medida causadas por una larga historia de intromisiones de Estados Unidos, empezando con las infames Guerras bananeras de 1899, hasta nuestros tiempos).

La mayoría de los migrantes que cruzan la frontera entre México y Estados Unidos son familias rotas por el crimen organizado o la represión gubernamental. Son niños, jóvenes y viejos, que cargan los traumas desgarradores de la migración forzada. Son los desplazados del siglo 21 que llegan a Estados Unidos sin nada, excepto la esperanza de una vida mejor. Son refugiados, aunque no les confieran esa categoría formalmente. Trabajan como obreros y labriegos, jardineros y electricistas, trabajadoras del hogar, cocineros y meseros.

Hace mucho tiempo que el Congreso y los tribunales de Estados Unidos determinaron que todos los residentes tienen derecho a los servicios sociales esenciales, como servicio médico de emergencia y educación para sus hijos. Esto aplica a todos, sin distinción de raza, nacionalidad, preferencia sexual, creencia religiosa o condición migratoria. Es uno de los derechos humanos fundamentales que forjaron a esa nación.

Es un mito que los migrantes indocumentados perjudican a la economía estadounidense. La verdad es que aportan enormemente al crecimiento económico del país. Benefician a los consumidores disminuyendo los precios de bienes y servicios, y generalmente contribuyen mucho más en impuestos de lo que reciben en servicios gubernamentales. La legalización de los migrantes indocumentados aumentaría sus ingresos, promovería un mayor consumo y haría crecer el producto interno bruto de Estados Unidos.

Los migrantes indocumentados pagan impuestos sobre la renta, las ventas y la propiedad, tal y como lo hacen los residentes legales. Entre 50% y 75% de ellos pagan impuestos de seguridad social y Medicare (un programa del gobierno que provee atención médica a los ancianos y a otros que la necesiten). El Servicio de Impuestos Internos (IRS) calcula que seis millones de migrantes indocumentados presentan cada año su declaración de impuestos.

También es un mito que los migrantes indocumentados son una carga para el sistema educativo de Estados Unidos. Dos millones de ellos son niños en edad escolar, menos de 4% de los 54 millones de niños en edad escolar en todo el país. Su educación se costea con los impuestos locales y estatales que sus padres pagan. La mayoría de los estados recaudan más “impuestos escolares” de los migrantes indocumentados de lo que gastan en educar a sus hijos. Por ejemplo, Texas recauda 424 millones de dólares más en impuestos de estos migrantes de lo que paga en proporcionarles educación y asistencia médica.

La migración mundial es un reto enorme que trasciende barreras geopolíticas, económicas, étnicas y culturales. Si bien las acciones individuales son responsabilidad de cada nación, estamos convencidos de que la compasión, la solidaridad y la cooperación internacional son esenciales en la búsqueda de soluciones justas y perdurables para este cada vez más apremiante desafío global.

Los esfuerzos para proteger e integrar a los migrantes han sido a todas luces insuficientes. Tal vez debemos hacer un alto en el camino y revalorar nuestro enfoque sobre las políticas migratorias. Al final, no importa si la migración es en las Américas, Asia, África, Europa o Australia. Todos somos migrantes, todos venimos de algún lado y todos estamos conectados. Entenderlo y aceptarlo es quizás el paso más difícil; pero tal vez el más importante para poder avanzar.

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