Mi nombre es María Puga y llevo 12 años buscando justicia para mi esposo, Anastasio Hernández Rojas, un nacional mexicano. Mi familia es una de muchas afectadas por la impunidad de la que goza la Patrulla Fronteriza de los Estados Unidos, el cuerpo policial más grande de ese país, quien comete violaciones de derechos humanos sin consecuencias. En el último siglo, ésta ha asesinado a muchos de nuestros paisanos sin que ningún oficial haya sido condenado por una corte penal.

Conocí a Anastasio a los 18 años, cuando llegué de Nayarit a San Diego con amigos de la familia. Fue amor a primera vista. Me hizo sentir en casa y segura en una ciudad nueva. Tras varios días de estar con él y su familia llegó el momento de despedirnos. Me dijo: “güerita, si te tienes que ir, vete; pero si quieres quedar, siempre tendrás un lugar conmigo”. Me subí a un auto para irme, y justo cuando estaba por arrancar, bajé y corrí a sus brazos. Me quedé con él por el resto de su vida.

Tuvimos cinco hijos juntos: Yeimi, Daisy, Fabián y los cuates Daniela y Daniel. Como muchos de los padres mexicanos, nada le importaba a Anastasio más que la salud y el bienestar de su familia. Uno de sus anhelos era asegurarse de que nuestros hijos estudiaran y tuvieran una mejor vida. Con turnos extras, buscaba ganar suficiente dinero para comprarnos una casa. También planeaba abrir su propio negocio de instalación de piscinas y ya había comprado equipo para lanzarlo en 2011.

Nunca pudo lograr esos sueños, porque el 28 de mayo del 2010, agentes de la Patrulla Fronteriza de los Estados Unidos lo detuvieron en San Diego por no tener papeles y lo llevaron a la frontera para ser deportado. Allí, frente a decenas de testigos, lo golpearon brutalmente, le quitaron sus pantalones y le dispararon con una pistola eléctrica mientras yacía en el suelo esposado boca abajo, gritando por ayuda, hasta que dejó de respirar.

A nosotros, su familia, se nos informó de su estado hasta la tarde del día siguiente. Cuando llegamos al hospital, no nos dejaban verlo. Mientras esperábamos, recibimos la noticia de que Anastasio tenía muerte cerebral. Lloramos a llanto abierto mientras esperábamos en el vestíbulo. Finalmente nos dejaron verlo. Nunca olvidaré la imagen del amor de mi vida tendido en una cama, mantenido vivo solo por tubos y tan severamente golpeado que estaba irreconocible. El personal del hospital nos preguntó si queríamos desconectarlo, lo que en ningún momento aceptamos. La familia esperaba un milagro: que él despertara. Dentro de mí, sabía que no iba a ser así y me despedí de él. Le dije que podía descansar en paz, que seríamos fuertes y le prometí que lucharía para que nuestros hijos tuvieran la vida que siempre quisimos para ellos. Justo después falleció.

Las autoridades nunca nos informaron sobre lo que le pasó realmente a Anastasio. Llegando a casa de su funeral, encendimos la televisión y ahí lo supimos. Un testigo había grabado los momentos en que los agentes torturaban a mi compañero de vida. Lo escuché gritar y rogar que pararan. Sentí mucho dolor e impotencia. Mi pregunta fue y sigue siendo: si los agentes fronterizos hicieron esto frente a decenas de testigos, ¿qué no harán con los migrantes a puertas cerradas?

Como madre soltera, si bien recibí apoyo de sus hermanos, mantener a la familia fue un gran reto, pues él era nuestro principal proveedor. El esfuerzo de trabajar horas extras me provocó vértigo y fuertes dolores de espalda. Pero no solo nos faltó su apoyo económico. A veces pienso que Anastasio fue mejor padre que yo, más paciente, más comprensivo. Su ausencia dejó un vacío irremplazable. Los cuates tenían cuatro años cuando fue asesinado. Fabián tenía 11 años, Daisy 18 y Yeimi 20. Algunos fueron a terapia, pero eso no pudo aliviar el dolor ni remediar la ausencia de su padre. Para mi hijo Fabián fue y ha sido particularmente difícil a la fecha. Pensé que el tiempo le ayudaría a sanar, pero no ha sido así.

En los últimos años, se han descubierto pruebas de que, durante la investigación, los oficiales fronterizos alteraron, ocultaron y destruyeron evidencia para proteger a los agentes implicados. Sus esfuerzos de encubrimiento tuvieron efecto, porque en 2015 los fiscales decidieron cerrar el caso sin presentar cargos contra los oficiales responsables. Esta experiencia me hizo perder la fe en el sistema de justicia de los Estados Unidos.

En marzo de 2016, decidimos llevar el caso ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en búsqueda de justicia. Anastasio no fue el primero ni el último que ha muerto a manos de la Patrulla Fronteriza. He hablado con otras familias que han perdido a sus seres queridos y he visto informes de muchos más niños, mujeres y hombres asesinados en la frontera. La muerte de Anastasio y otras víctimas debe tener consecuencias.

La justicia para mí y mi familia requiere que se reabra el caso y que las autoridades realicen una investigación justa y transparente. El gobierno y los agentes responsables deben aceptar públicamente su culpa y pedir perdón por el asesinato de Anastasio. También, mi familia busca un cambio en las políticas de uso de la fuerza para transformar al sistema que actualmente permite violencia e impunidad. Queremos que ninguna otra familia tenga que pasar por el dolor, el sufrimiento y la angustia que nos ha tocado experimentar.

La Comisión Interamericana convocó a una audiencia para determinar si las fuerzas del orden estadounidenses utilizaron el poder del Estado para asesinar a Anastasio, encubrirlo y negarnos acceso a la justicia. Es el primer caso que la Comisión Interamericana abre contra los Estados Unidos por un asesinato cometido por sus agentes federales. La audiencia se llevará a cabo el próximo 4 de noviembre y podría sentar un precedente para casos similares, en donde autoridades fronterizas y policías han matado con impunidad, especialmente a personas negras y latinas.

El gobierno estadounidense ha solicitado que la audiencia sea a puertas cerradas. Mi familia en cambio, insiste en una audiencia pública. Si mataron a Anastasio en público, también deben responder por sus actos en público. Si tú piensas lo mismo, te invitamos a sumarte a nuestra campaña por la justicia y la verdad, a nombre de Anastasio y de los miles de migrantes víctimas de abuso e impunidad. No descansaremos hasta que el nombre de Anastasio sea sinónimo con justicia.

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