Lejos de los reflectores que apuntan al tema del uso indebido de ideas, argumentos, datos e, incluso, copias casi completas de trabajos académicos ajenos como propios, está dándose un proceso muy importante en más de 200 mil escuelas de educación básica en el país: los talleres intensivos para la comprensión de las modificaciones a los planes y programas de estudios en los Consejos Técnicos Escolares. Ha surgido, ahí, un debate interesante y enriquecedor en el magisterio.

Cualquier proposición que intente dar cuenta de lo que piensa sobre un tema “el magisterio”, concebido como un sujeto homogéneo del que se puede afirmar algo, es una generalización inválida, pues lo que lo caracteriza es la diversidad, tanto de experiencias, años de servicio, tipo de escuelas, y la ubicación de sus planteles en zonas del país incomparables por sus niveles de marginación o referentes culturales específicos, por señalar algunas líneas que hacen diferente, y en no pocas veces contrastante, la tarea de propiciar ambientes de aprendizaje.

Por lo que han escrito algunos colegas que analizan, desde el terreno de la práctica concreta, lo que sucede en estos espacios, y el acceso a conversar con algunas maestras y maestros en distintos estados de la república, hay tres líneas de discusión generalizadas.

Por una parte, la opacidad que proviene de la Secretaría de Educación Pública en torno a cuestiones que este grupo de profesionales considera relevantes: por ejemplo, la distinción entre el Programa Sintético —los contenidos generales que son necesarios cubrir en toda la nación— y los Programas Analíticos que, en el marco de los anteriores, los contextualizan, de acuerdo a las condiciones del entorno, y por ende tienen la posibilidad de llevarlos a cabo tomando en cuenta las circunstancias específicas de los planteles o conjuntos de escuelas. Para decirlo de manera más clara, la relación entre lo que se ha de enseñar (contenidos), y la manera en que se ha de hacer (didáctica).

Otra cuestión que se presenta es mucho entusiasmo en lo que se ha llamado el “codiseño” de los libros de texto, pues la sensación de un conjunto de formadores es que son partícipes en la elaboración de estos instrumentos tan apreciados en el nivel de la educación básica, mientras que, en otros espacios, se considera inadecuada esta iniciativa pues se corre el riesgo de, en efecto, estar incluidos en la elaboración de los textos, pero sin la capacidad de tener pisos comunes o la destreza para la conformación de un libro, dado que implica no solo un saber del contenido y sus posibilidades pedagógicas, sino un conocimiento especializado, editorial, de estos elementos de apoyo.

También está siendo difícil ubicar “el común” de referencia. Hay que recordar que uno de los ejes de la iniciativa actual, es fincar el proceso en la relación de la escuela con la comunidad. No es lo mismo delimitar a la comunidad en un ambiente urbano que en uno rural, y tampoco en los diversos contextos de identidad: Oaxaca, por ejemplo, vive una condición en este tema muy distinta a la de las zonas metropolitanas.

Hay, pues, procesos que no son noticia espectacular, pero cuyas consecuencias serán, de lejos, muy importantes. Sirva este escrito para echar un poco de luz a esta actividad trascendental que de manera cotidiana se vive en la que es, por su amplia cobertura, la escuela de todas y todos los mexicanos. Es la base cognitiva y ética del resto del sistema educativo. Nada más ni menos: de ahí su honda relevancia.

Profesor del Centro de Estudios Sociológicos de El Colegio de México
@ManuelGilAnton

 

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