Si retomamos la figura del barco, mencionada en otros artículos, nos encontramos con que el capitán, como responsable del barco, debe marcar dirección y velocidad de la nave, pero corresponde a tripulación y pasajeros hacer lo que les corresponde para que el barco llegue en tiempo y forma a su destino.

El capitán afirmó que sabía hacia dónde dirigirse y al principio 70%, entre tripulantes y pasajeros, estuvieron de acuerdo con él. Sin embargo, el barco ha hecho distintas paradas que han causado desconcierto. En la primera el capitán decidió prescindir de parte de la tripulación, lo que causó preocupación en el cuarto de máquinas y en mantenimiento. También redujo la compra de insumos y herramientas. Esto se notó de inmediato en la limpieza del barco y en la calidad de la comida.

La tormenta arreció y todos esperaban que en la siguiente parada se harían nuevas contrataciones para fortalecer a la tripulación, compras extraordinarias de víveres y mantas y recarga de combustible. El capitán decidió que eso no era una buena idea y que seguirían adelante con lo que tenían. La marcha del barco fue aminorando, pero la tormenta persistió.

Tripulación y pasajeros veían con envidia barcos que pasaban por babor y estribor, mejor pertrechados y a mayor velocidad, lo que les hacía pensar que los otros saldrían antes que ellos de la tormenta. Algunos sugirieron al capitán imitar a los otros barcos. El capitán se negó. Más aún, los acusó de saboteadores y arengó al resto de tripulación y pasajeros en su contra. La credibilidad del capitán empezó a caer. Ya sólo la mitad pensaba que sabía lo que hacía.

Los más audaces decidieron brincar por la borda y nadar hacía algunas de las naves que transitaban en el horizonte. Ciertamente los menos. Para la mayoría su único destino posible estaba en la nave. Dado que el capitán no escuchaba, ni a sus propios subalternos, tripulación y pasajeros se empezaron a organizar y a buscar la mejor manera de sobrellevar la situación. Los tripulantes para intentar llevar el barco a su destino a sabiendas de que el capitán haría oídos sordos si requerían más sogas, velas o combustible. Los responsables de los botes salvavidas nos sabían que responder a los pasajeros, que conforme arreciaba la tormenta se acercaban y constataban que los botes eran insuficientes y estaban en malas condiciones. Los responsables del comedor redujeron los horarios a dos comidas al día, cuya frugalidad iba en aumento.

Los pasajeros se empezaron a organizar por secciones. Los de primera clase resentían la falta de calefacción, pero contaban con suficientes cobijas. En segunda y tercera clases no había calefacción y las cobijas eran escasas. El capitán les había prometido que en poco tiempo todos tendrían calefacción y cobijas suficientes, pero la realidad mostraba otra cosa. Conforme los días pasaban y la situación emporaba, la credibilidad del capitán se derrumbaba.

No tenemos noticias sobre lo que sucedió después, salvo algunas hipótesis de los historiadores. Como el barco era lo suficientemente grande para irse a pique, descartaron el naufragio. La

segunda apuntó al motín a bordo. La organización de pasajeros y tripulantes se sofisticó conforme aumentaba el deterioro, quitaron al capitán y, aunque hubo un periodo de confusión y caos, finalmente se reorganizaron, la nave retomó el rumbo y el ritmo de navegación. La tercera hipótesis esgrimía un cuadro menos alentador. El capitán mantuvo el rumbo a su entender. De la nave, tripulación y pasajeros, quedó muy poco. Ya no había a quien gobernar. Por supuesto todo esto es ficción.

lherrera@coppan.com

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