Al PRI le tomó varios sexenios llegar a un punto de desgaste donde la salida menos costosa fue dejar el poder presidencial en manos del rival menos peligroso, más afín: el PAN. En contraste, con apenas dos sexenios en la presidencia, el PAN ya da señales de estar muy desgastado, casi como el PRI. Y es que con la presidencia el heredero absorbió las debilidades del PRI.

El PRI recibió desde su nacimiento en 1929 el poder total de manos de su creador: el de Plutarco Elías Calles, expresidente y “jefe Máximo de la Revolución Mexicana”. Ese partido sin rivales efectivos fue un partido de cuadros, de políticos profesionales, que el presidente Lázaro Cárdenas lo transformó en un partido de masas gracias al reparto agrario y a su alianza con los sindicatos. De esta manera el partido del gobierno, que en la práctica era un Partido de Estado, quedó estructurado y asentado en sectores conformados por grandes organizaciones de campesinos, obreros y militares. Este último sector desapareció pronto para ser sustituido en 1943 por uno llamado popular, amalgama de clases medias: profesionistas, pequeños empresarios, colonos, etc. Ese fue el momento cumbre del PRI e inicio de un lento desgaste.
Hasta antes de 1968 un presidencialismo autoritario sostenido por ese PRI corporativo y con ayuda ocasional del ejército pudo administrar sin grandes desafíos su monopolio del poder. Sin embargo, a partir de la represión del 68, crisis políticas y económicas recurrentes mostraron los límites de un arreglo que mantenía la concentración del poder pero a costa de la legitimidad. Una sociedad cada vez más plural, informada y demandante exigía una vida política más allá del PRI. Ese déficit de legitimidad llevó a la dirigencia priista a la conclusión que convenía compartir el poder con el panismo pues de lo contrario la izquierda iba a capitalizar la inconformidad.

En la coyuntura electoral del 2000, el PAN no tenía más que a Vicente Fox como candidato que pudiera tener atractivo para el elector que estaba al otro lado de la frontera de la clase media. Fox no era panista de abolengo, pero era dicharachero, desenfadado e irreverente y muy diferente del seco y serio candidato de la izquierda, Cuauhtémoc Cárdenas, y del engolado candidato panista de 1994, Diego Fernández Cevallos. Ya en la presidencia Fox demostró lo atinado del diagnóstico hecho por Daniel Cosío Villegas en su ensayo de 1947 “La crisis de México” en el sentido de que si el PAN accediera al poder, carecería de cuadros capaces de ejercerlo con efectividad en un México donde la clase media era una minoría. Finalmente, el gobierno de Fox fue un fracaso y no significó ninguna superación de los defectos del priismo. Sólo los altos precios del petróleo le salvaron de un desastre mayor. Con Felipe Calderón —un panista auténtico, pero sin carisma ni proyecto— el PAN retuvo en 2006 la presidencia, pero esa elección desde el inicio quedó bajo sospecha. De ahí que el panista optara por legitimarse con una “guerra contra el crimen organizado”.

El juicio y condena en Estados Unidos del secretario de Seguridad de Calderón, Genaro García Luna, mostró que esa “guerra” no fue tal, que el Cártel de Sinaloa mediante sobornos espectaculares cooptó al aparato de seguridad del Estado mexicano, que entre 2006 y 2012 la corrupción alcanzó a las más altas esferas del gobierno panista, que la violencia extrema de la época sirvió muy bien para encubrir una realidad donde la fuerza del gobierno estuvo al servicio de unos cárteles para facilitarles su comercio criminal y combatir rivales.

En 2012 el PAN debió entregar el poder a un PRI igualmente menguado. Y es aquí donde entra el significado del arresto, juicio y declaración de culpabilidad en Estados Unidos del ingeniero Genaro García Luna, ex responsable de la AFI en el gobierno de Fox y cabeza de las estructuras de la seguridad nacional con Felipe Calderón. Fue en el reconocimiento de intereses comunes y afinidades en la lucha contra la izquierda (neocardenista primero y lopezobradorista después), que PAN y PRI se aliaron. El PRI aceptó ceder la silla presidencial al PAN pero con la silla le heredó también su forma, razón y sentido de hacer política y el PAN lo aceptó. Genaro García Luna es un resultado de ese acuerdo.


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