Jair Bolsonaro es el primer presidente brasileño que critica a China desde 1974, cuando Brasil y la República Popular establecieron relaciones diplomáticas. La visión hostil hacia Pekín hace tambalear una asociación que es fundamental en la política exterior de Brasil. China es el mayor socio comercial de Brasil, el destino de un tercio de las exportaciones nacionales y un importante inversor, especialmente en electricidad. ¿De dónde vienen y cuáles son los impactos internacionales de las manifestaciones de Bolsonaro?

Por Mauricio Santoro

Las relaciones chino-brasileñas siguen siendo fuertes en términos económicos. A pesar de las críticas del presidente de Brasil, el comercio ha crecido y las perspectivas de inversión siguen siendo prometedoras. Sin embargo, el ascenso político de una nueva derecha nacionalista que busca distanciarse de Pekín ha introducido tensiones en la asociación, complicando la elaboración de la política exterior y causando problemas, especialmente en el contexto de la nueva pandemia de coronavirus, que ha reforzado la dependencia de Brasil de la ayuda médica china.

Las críticas de Bolsonaro y sus aliados a China se pueden resumir en tres grandes corrientes. Una económica, en la que se acusa a las empresas chinas de competencia desleal con sus rivales brasileños. La segunda vinculada a la seguridad nacional, en la que preocupa el control chino de infraestructuras clave para el desarrollo del país, especialmente en las áreas de energía y telecomunicaciones. Y una cultural, que ve en el acercamiento a China una amenaza a la identidad nacional de Brasil respecto al vínculo con Estados Unidos y Europa, entendido como parte de una herencia occidental común, basada en el cristianismo. En los tres casos hay un fuerte rechazo al sistema político de la República Popular.

Muchos actores políticos destacados expresan estas posturas contra China. Además del propio presidente, están sus hijos, militares de alto rango, empresarios y algunos ministros y ex titulares de las carteras de Educación y Asuntos Exteriores. Dichas críticas han ganado una importante difusión entre la base de seguidores de Bolsonaro, constituyendo las redes sociales un campo clave para la difusión de esta narrativa.

Bases sociales de la retórica antichina

Brasil ya tenía un fuerte discurso antichino en las primeras décadas de la Guerra Fría, cuando el país no reconocía a la República Popular y prefería mantener relaciones diplomáticas con Taiwán. Estos puntos de vista parecían haber desaparecido hacia los márgenes de la vida pública brasileña después de que las reformas económicas chinas transformaran al país en un voraz consumidor de productos básicos exportados por Brasil, como la soja, el mineral de hierro y el petróleo.

Sin embargo, el escenario internacional y brasileño cambió a lo largo de la década de 2010, dando cabida a movimientos políticos refractarios a China. El boom mundial de las materias primas que había beneficiado a Brasil entró en declive en medio de la recesión de 2014-16, de la que el país no se ha recuperado hasta la fecha. La mayor dependencia económica del comercio y la inversión china provocó reacciones negativas de los grupos de interés que se habían visto perjudicados por esta influencia, como los sectores de la industria nacional (calzado, juguetes, textiles).

El resurgimiento de las críticas más duras contra China en Occidente, especialmente en Estados Unidos, también tuvo consecuencias en Brasil, debido a los fuertes lazos culturales que unen a ambos países. La nueva derecha nacionalista brasileña se inspira en los movimientos conservadores y populistas estadounidenses y ha reproducido gran parte del discurso antichino que estuvo en el centro de la presidencia de Donald Trump y que también está presente, en diferentes grados y matices, en otros segmentos de la sociedad estadounidense.

Por último, el regreso de los militares brasileños a una posición central en la política brasileña, desde la elección de Bolsonaro como presidente, también ha tenido un fuerte impacto. Las Fuerzas Armadas siempre han sido más cautelosas a la hora de acercarse a China, reconociendo la importancia diplomática del país, pero tratando de mantener las reservas.

El capitán retirado Bolsonaro es un caso extremo de estas posiciones. Sin embargo, incluso los militares moderados ven con preocupación la presencia china en el sector eléctrico de Brasil, controlando distribuidoras clave como la “Companhia Paulista de Força e Luz” y la línea de transmisión que conecta la hidroeléctrica de Belo Monte, en la Amazonia, con el sureste. También les disgusta la posibilidad de que la empresa china Huawei gane la subasta para implementar el estándar 5G en Brasil.

La pandemia como catalizador de las tensiones entre Brasil y China

La pandemia del nuevo coronavirus ha actuado como catalizador de las relaciones chino-brasileñas. La dependencia económica de Brasil con respecto a China se ha acentuado, ya que las exportaciones aumentaron un 7% en 2020, cuando el PIB de China fue uno de los pocos que consiguió crecer. En comparación, las ventas de Brasil a Estados Unidos, su segundo socio comercial, cayeron un 27,7% en el mismo periodo.

La urgencia por obtener suministros médicos —vacunas, respiradores, mascarillas— también puso de manifiesto lo mucho que Brasil depende de los chinos para satisfacer las necesidades de su sistema sanitario. Esto se ha convertido en una controversia política partidista en el país, con líderes locales de la oposición, como los gobernadores de São Paulo y Maranhão, que buscan alianzas con Pekín. Las autoridades de São Paulo han firmado un acuerdo para producir una vacuna conjuntamente entre el Instituto Butantan y la empresa china Sinovac.

Como contrapunto, el presidente y muchos de sus aliados profundizaron el discurso crítico hacia China, culpando al país de la pandemia, cuestionando la eficacia de su vacuna e incluso alegando que el Partido Comunista Chino produjo el coronavirus en un laboratorio. Fue una retórica similar a la que adoptó Trump en Estados Unidos, pero Brasil es mucho más vulnerable a las presiones chinas.

Se hicieron sentir y, en gran medida, el gobierno brasileño dio marcha atrás en los actos contrarios a China. Autorizó a Huawei a participar en la subasta de 5G, poniendo fin a un impasse que había durado dos años. El ministro de Asuntos Exteriores fue sustituido por un diplomático que abandonó su discurso crítico hacia Pekín (aunque también influyeron otras razones para el cambio, como sus malas relaciones con Estados Unidos y Europa).

Sin embargo, estos cambios, por supuesto, no han resuelto el problema del acceso a los recursos médicos en Brasil. En el mejor de los casos, el gobierno brasileño no se ha convertido en una prioridad para la diplomacia china. En el peor de los casos, sus acciones expusieron al país a represalias en forma de retrasos de vacunas y otros insumos clave para combatir la pandemia.

Mauricio Santoro es Doctor en Ciencias Políticas por el Iuperj y profesor del Departamento de Relaciones Internacionales de la Universidad Estatal de Río de Janeiro. Fue investigador visitante en la New School (Nueva York) y en la Universidad Torcuato di Tella (Buenos Aires).
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