Todos los días el Presidente de la República desarrolla su mismo y conocido guion. Comienza por decirnos lo que los demás hicieron o hacen mal. Las personas identificadas son políticos, empresarios, académicos, comunicadores o todos sus adversarios. Sin excepción, alguien está en la diatriba. Unos, porque robaron. Otros, porque callaron. Algunos más, por lo que hicieron o dejaron de hacer. Lo importante es señalar males ajenos, tantos como se pueda. El ejercicio presidencial de la denuncia tiene una finalidad. Colocar al exponente en una base superior respecto a los mencionados. En algunas ocasiones la plataforma es de orden moral y le permite juzgar a los demás por sus actos. En otras, es de orden intelectual y le sirve para considerar lo que supone la ignorancia de los señalados.

El segundo acto del discurso presidencial se apoya en el primero. Empoderado por sí mismo, comienza la perorata de lo que él sí está haciendo o va a hacer. Precisamente, todo aquello que sus contrincantes presentes o históricos dejaron de hacer o hicieron mal. Va a combatir la corrupción, va a salvar a los mexicanos de la pobreza, va a pacificar al país o lo que en la historia nacional no se ha hecho. Como la fuerza con la que se invistió a sí mismo es moral e intelectual, tiene claro que lo decidido por él es correcto y viable.

El tercer acto de las escenificaciones del presidente López Obrador es la síntesis de los anteriores. La fuerza moral e intelectual de su persona, ya constituida en designios, le permite oponerlos a todos los que de él duden. A quien se oponga se le asigna la carga de la historia narrada y enjuiciada por él mismo.

Las apariciones de López Obrador son completamente predecibles. La diferencia entre la de hoy, de ayer o la de los próximos meses, es solo la materia de la que está compuesta. Pemex-Cárdenas, corrupción-Juárez, democracia-Madero, o alguna combinación igualmente simple. Decididos los elementos binarios de la ocasión, lo demás se despliega en formas consabidas. En el futuro próximo no habrá variaciones, pues no hay espacios en que pueda colocarse ni campos intelectuales a los cuales acudir. El cambio solo vendrá hacia el final de su mandato y cuando sea expresidente de México. La nueva composición será curiosa, pero también predecible. En la nueva primera parte se narrará lo que pudo haber sido y no fue. Lo que debió haberse dado y las razones para que no lo fuera. La segunda, comprenderá la identificación de los elegidos como responsables de ello y de sus seguramente aviesas motivaciones. La tercera, la confirmación de la fuerza moral de López Obrador, la profundidad de sus deseos e ilusiones convertidos ya en testamento político.

Más allá de los evidentes fracasos en mucho de lo que ha querido lograr, el presidente López Obrador no va a considerar nunca que en lo personal fracasó. Pronto veremos cómo va a ajustar su narrativa de vida. Frente a sí mismo dejará de ser quien estuvo en posibilidad de cambiar las conciencias de los mexicanos, sino quien a la mala se vio privado de la posibilidad de hacerlo. La victimización le dará tranquilidad. Lo hará colocarse en la dimensión de la historia de quienes quisieran lo mejor para sus pueblos, y no ya en la de quienes lograron su transformación. Pasará de un trascendentalismo material a uno espiritual y simbólico. Al más puro victimismo del bien conocido “no me dejaron”. Ello le permitirá suponer que todo cuanto quiso e hizo estaba justificado, pues fue la perversidad del mundo sin cambiar la que la impidió cambiarlo.

Ministro en retiro. Miembro de El Colegio Nacional.
@JRCossio