Entre la oferta no vista en cines disponible en línea, que se necesitarían varias cuarentenas para verla, hay títulos basura. Pero también rarezas, a veces extraordinarias.

Los admiradores del cine-cómic pusieron en boga Death note, épica novela gráfica estilo manga de Tsugumi Ôba & Takeshi Obata, por la fétida y repudiada versión estadounidense, Death note (2017, Adam Wingard). Esto llevó a buscar la trilogía original de Japón.

La saga, objeto de culto, con notable adaptación de Tetsuya Oishi, quien comprendió a la perfección la obra, la conforman Death note (2006), vigésimo séptimo filme de Shûsuke Kaneko, experto en erotismo y monstruos; Death note 2, el último nombre (2006), que Kaneko convirtió en su obra 29; y Death Note, iluminando un nuevo mundo (2016), largometraje 15 de Shinsuke Sato, que refresca la historia.

Trata de cómo un estudiante de leyes, Light Yagami (Tatsuya Fujiwara), frustrado ante las injusticias del mundo, se topa un día con un cuaderno diabólico. Al anotar el nombre de alguien, éste muere en breve. En principio le ajusta las cuentas a criminales.

Conforme aprende a usar el cuaderno, ya que hay un protector que lo acompaña, Ryuk (Shidô Nakamura), sin revelarle del todo las claves para manejarlo, Yagami se cree un dios infalible pero la riega, y la policía investiga las pistas que deja.

El estilo de estas cintas exige que los giros sorprendan, empezando por el misterioso perseguidor, L (Ken’ichi Matsuyama), que sabe más de lo que aparenta y aparece por ensalmo entre los detectives.

Este desconcertante fresco, que inspiró varias series de televisión en Japón, dura casi siete horas; nunca decae ni aburre gracias a sus giros, convertidos en dramaturgia de lo inesperado, donde lo real se confunde con la fantasía.

La epopeya Death note visualmente no impacta como el manga en que se basa, y los defectos de animación digital se perciben, descuido imperdonable en producción japonesa de este nivel. Pero esto queda subsanado ante la convicción con que plantea la brutal crítica al poder absoluto y la locura que genera. Impresiona por los matices políticos y morales.

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