La molestia de López Obrador contra las universidades e instituciones académicas, incluida la UNAM, no debería sorprender. Representan sitios donde prevalece —como debe ser— la diversidad de ideas, la libertad de pensamiento, el rechazo a dogmas y fanatismos en aras de tesis y teorías más apegadas a la realidad. Y así descubrir nuevas relaciones causales y diseñar proyectos más racionales y eficaces. Pero todo ello contraviene el pensamiento único, el adoctrinamiento político, que es parte esencial del proyecto obradorista. Recordemos que AMLO bautizó a su movimiento la Cuarta Transformación para no llamarle “Cuarta Revolución”, por aquello de que ese término se asocia con la violencia. Pero siempre insiste en que se trata de una revolución, no un programa reformista; de un cambio de régimen, no de gobierno.

Y una revolución social, que de verdad intente transformar a la sociedad de raíz, requiere de un poder altamente concentrado. Todos los pensadores lo han reconocido así. La dispersión de poder y los contrapesos democráticos pone trabas a ese poder omnímodo que quiere modificar todo de acuerdo a su proyecto previsto. De ahí que en prácticamente todo proyecto revolucionario se cuestione la democracia, los contrapesos, la división de poder, las autonomías y la diversidad de ideas y la tolerancia a las diferencias. Todo ello estorba el proyecto revolucionario. Podría ser compatible —e históricamente lo ha sido— con un programa reformista. Pero los revolucionarios desprecian el reformismo por sus límites, su tibieza, su matización de los temas. No, una revolución exige todo el poder (a los soviets, al proletariado, al pueblo como unidad homogénea y subordinada al líder supremo). Y dado que las universidades e instituciones científicas en una democracia por definición ejercen y promueven el libre pensamiento, la pluralidad y la tolerancia, estorban a la revolución. De ahí lo de “ciencia neoliberal”, “educación elitista y aspiracionista”, “valores individualistas y egoístas”, “ahí enseñan a robar”, etcétera.

Y eso mismo está en los documentos del Foro de Sao Paulo, inspirado en la revolución cubana y del que Morena forma parte. No es casual la amistad de AMLO con los dictadores bolivarianos, ni la ayuda que les ofrece, ni su apoyo frente al “imperialismo yanqui” como ocurrió con el presidente cubano en septiembre. No, no es casual. Y parte de la estrategia bolivariana es no sólo concentrar tanto poder como sea posible, sino de adoctrinar al país con un pensamiento único a favor de la revolución y en contra del neoliberalismo. Quienes disientan de ese pensamiento estarán contra el pueblo y la Patria (“el que no está conmigo está contra mí”). No hay medias tintas, ha dicho una y otra vez el bolivariano de México.

Veamos algo de lo que dicen los documentos del Foro sobre el pensamiento único (2017): “Alcanzar la hegemonía revolucionaria en lo ideológico-cultural es la meta revolucionaria más importante, ya que de ella depende el predominio en la conciencia social y en la actitud de los individuos, de valores morales y principios éticos respectivamente, indispensables para la efectividad del orden social al que aspiramos los revolucionarios”. Y también: “Aquellos partidos que estén gobernando deben prestar particular interés en los programas y políticas educativas de su gobierno, tanto desde el punto de vista de su contenido, como en cuanto a los métodos y formas de impulsar la educación… La definición desde los gobiernos de izquierda, del contenido curricular en las instituciones educativas, orientado al patriotismo, el antiimperialismo y la ideología revolucionaria”. No habla de reformismo sino de revolución. Queda claro que la libertad y diversidad propia de universidades e instituciones científicas, incluidas las públicas, contradicen este propósito revolucionario de imponer por la vía educativa y propagandística una doctrina única.

@JACrespo1
Profesor afiliado del CIDE.

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