La masacre de El Paso le vale al presidente Trump, una vez más, la acusación de racismo. Lluis Bassets, en El País del 4 de agosto, nos recuerda que no hay nada nuevo en eso, pero que “la novedad está en la forma en que Trump exhibe su racismo y a continuación lo niega… primero lanza la piedra y luego esconde la mano… A su repugnante descalificación de la ciudad de Baltimore, de mayoría afroamericana, le siguió un impecable discurso”, con motivo del aniversario 400 de la llegada de los primeros esclavos americanos. Con su racismo acompañado de la negación del mismo, Trump levanta una cortina de humo que no deja ver los problemas esenciales de su país. Y, por desgracia, ciega a los demócratas que se encierran en la furibunda denuncia del racismo presidencial y persisten en jugar la equivocada baraja identitaria —defensa de las minorías— adoptando así una línea defensiva en lugar de presentar un buen programa. El resultado es una deriva demócrata hacia el radicalismo que hace el juego de Trump.

De aquí en adelante se va a presentar como la barrera contra unos peligrosos extremistas. En ese sentido, su ataque insultante contra las cuatro diputadas de color (“que regresen al país de donde vinieron”) tuvo el resultado que deseaba: obligó a los demócratas a solidarizarse con ellas, aunque la mayoría lo hizo a regañadientes. Según un sondeo publicado en la prensa estadounidense, la popularidad de Alexandra Ocasio Cortez y de sus tres aliadas es muy baja, pero, para no ser acusados de racismo, los demócratas parecen adoptar sus propuestas radicales, que son las de la izquierda, por ejemplo, sobre el financiamiento del seguro médico para los ilegales o la desaparición de los servicios de inmigración. Esa deriva nada controlada bien podría darle a Trump la victoria decisiva en el Midwest.

Desde la derrota de Hillary Clinton, los demócratas se encerraron en una ofensiva permanente con la esperanza de tumbar a Trump; no lo han logrado pero su empecinamiento bien podría volverse contra productivo. Muchos republicanos están hartos y exasperados por su Presidente, pero tanto para ellos como para la base republicana, esos ataques demuestran que Trump es el hombre necesario. ¿Cuál apocalipsis económico y político? Lo anunciaron y lo siguen anunciando los demócratas y los grandes periódicos, cuando la economía está mejor que nunca. Trump es Trump y no va a cambiar; bien lo dice Harvey Mansfield, politólogo de Harvard: es un discípulo de Maquiavelo, todos los medios valen y él representa “el lado vulgar de la democracia”, en el sentido literal de la palabra; da una voz al Vulgus, al pueblo. Encontró sus temas para 2020: “Mantener la grandeza de América” (en 2016, decía “Devolver”), lo que significa que la devolvió; y presentarse como el Muro contra el extremismo cultural de la izquierda.

La ofensiva de Trump contra China —que, a corto plazo, nos afecta, y nos puede beneficiar a mediano plazo— está bien vista por los americanos; incluso, noto en Europa un cambio en el tono de los comentarios; no llegan a la admiración, pero poco falta, pues es que son del estilo: “Todo le sale bien a este c…”. ¿Serán las amenazas y la intimidación el mejor lenguaje en las relaciones internacionales? Eso funcionó con nosotros, cuando la amenaza de los aranceles nos obligó a cambiar totalmente de política migratoria. Eso gusta al elector estadounidense y lo que aprecia el trumpiano de base es que el hombre no quita el dedo del renglón. Su famoso muro, “El Muro”, en nuestra frontera Norte es el mejor ejemplo. Lo prometió en su campaña de 2016 y acaba de vencer el último obstáculo jurídico que le impedía usar dinero del Pentágono para construir una muralla que no será más eficiente que la Muralla de China frente a los mongoles, pero que será muy redituable en cuestión de votos.

¿Qué tenemos enfrente? Un partido demócrata dividido, atomizado, con radicales capaces de acusar a Joe Biden de sexismo y racismo. El colmo. Mala señal.


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