El formato de los montajes mañaneros incluye una “cápsula cultural” cuando el Presidente quiere dárselas de guapo o de “muy, muy”. A veces dice la verdad, sobre todo cuando se refiere a sus fuentes de inspiración. Después de todo, aunque a varios autores se les atribuya haber dicho que el lenguaje le fue dado al hombre para ocultar su pensamiento, nadie puede hablar dos horas seguidas sin decir alguna verdad.

En uno de esos espectáculos mañaneros, reciente, dijo que nadie podía entender el Estado si no había leído “El Estado y la Revolución”, de Lenin, publicado hace 103 años. El título es muy conocido por su generación pues formaba parte de las lecturas obligadas de cualquier estudiante de los 70, junto con Los Conceptos Elementales del Materialismo Histórico, de Martha Harnecker; De Espartaco al Che y de Nerón a Nixon, cuyo autor no recuerdo; el Libro Rojo de Mao, y desde luego, El Manifiesto Comunista, de Marx y Engels.

El texto está tan empolvado que ya ni Vladimir Putin lo cita. Él prefiere, con 20 años en el poder, a Iván Ilyin, un filósofo contemporáneo de Lenin. Pero si uno le da una sacudida y regresa al mundo que se imaginaban los bolcheviques, antes de obtener el poder e instaurar una sangrienta dictadura que terminó con la caída del Muro de Berlín en 1989, encontrará en el texto de Lenin las raíces del programa estratégico del gobierno de López Obrador: reducir los salarios de la burocracia, prohibir su paso a la iniciativa privada, dividir a la sociedad, destruir la burocracia heredada incorporando a los leales, entre otros.

De Putin, el presidente López Obrador ha tomado el recurso de culpar al neoliberalismo de todos los males del país, como hace Erdogan en Turquía e hizo Chávez en Venezuela, y del Manifiesto Comunista ha retomado las ideas de la “revolución de las conciencias” y del Estado como una minoría al servicio de los poderosos, incorporadas en sus libros y monólogos, sin darle crédito a Marx, pero en Lenin hay un aspecto que llama la atención: Lenin proponía la destrucción del Estado.

“El Estado, escribió, es producto y manifestación del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase… y viceversa: la existencia del Estado demuestra que las contradicciones de clases son irreconciliables”. Pero antes de desaparecerlo, explicó, debe ser utilizado por el proletariado, “no en el interés de la libertad, sino para someter a sus adversarios”.

¿Le suena? ¿Se podría inferir que el presidente se adueña de los Poderes Legislativo y Judicial, de los organismos reguladores, para que no haya nadie que se oponga a sus designios? Ello explicaría la embestida contra el INE, el Tribunal Electoral y los partidos políticos.

Sobre la base de ese pensamiento, resulta lógico que el Presidente polarice al país pues se considera a sí mismo el líder de una élite que tiene derecho a manejar al país como se le antoje, ya que conoce el sentido de las leyes de la historia. Nadie más puede jugar su papel y nadie tiene su conocimiento sobre los problemas que deben resolverse. No puede gobernar para todos porque, según Lenin, pensar que el Estado puede “conciliar” a las distintas clases sociales es una “teoría mezquina y filistea”.

La influencia leninista explicaría también el afán de López Obrador por destruirlo todo, desde las estancias infantiles, los comedores, el abasto eficiente de medicinas y el Seguro Popular hasta la Policía Federal, el CISEN y el Estado Mayor Presidencial, entre muchos otros, pues tiene que “derrumbarlo y crear un nuevo Estado o, mas correctamente, un semi-Estado que no es otra cosa que el pueblo armado y organizado para llevar a cabo la transformación de la sociedad”.

Cuando López Obrador dice que gobernar no tiene ninguna ciencia, lo hace con convicción. “Para destruir el Estado, recomienda Lenin, es necesario convertir las funciones de la administración pública en operaciones de control y registro tan sencillas que sean accesibles a la inmensa mayoría de la población, primero, y a toda ella, después”.

De ahí que en Pemex, la principal empresa del país; en seguridad, el principal problema; en Derechos Humanos, el más importante contrapeso al Ejecutivo, se haya designado a personas sin el perfil adecuado para esos temas especializados. Total, se trata de destruir.



Integrante del CEN del PAN

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