En todas las épocas, la mezcla de perspectivas religiosas en la vida pública ha sido desastrosa. Por religión en este caso no hay que entender únicamente el culto a un Dios, sino cualquier convicción que intenta explicar y organizar el mundo a partir de valores o principios absolutos y dogmáticos, que son precisamente los que hacen posible una visión del mundo donde los matices son inexistentes.

Todo ahí es blanco o negro, pecadores o buenos cristianos, ladrones o probos. El político demagogo siempre se vale de estos paisajes sin claroscuros para introducir sus incendiarias consignas o sus delirantes proyectos de gobierno, colocándose obviamente en un extremo positivo. Podría pensarse que a estos líderes populistas –cuya intervención diaria se nutre de un elevado número de mentiras– poco les importan las palabras, pero en realidad es todo lo contrario: definir e identificar enemigos, crear bestias negras responsables de todos los males de la sociedad, requiere de la articulación de un discurso muy claro, con palabras clave que se repiten una y otra vez (mejor si es citando a Joseph Goebbels).

La simbiosis de la religión y la política tiene el propósito explícito de traer, nombrándolo de un modo u otro, el reino de los cielos a la tierra. Puritanos, jacobinos, bolcheviques y mil iniciados más que buscaban traer la felicidad absoluta, la igualdad o incluso crear al “hombre nuevo”, lo intentaron y han dejado un inmenso legado para los populistas del siglo XXI que recogen, como se puede ver, montones de despojos discursivos –ya “progresistas”, ya ultraderechistas– y los ordenan según su elemental saber, pero sobre todo según sus necesidades políticas.

Siempre me he preguntado qué pudo haber quedado de Marx o cualquiera de sus epígonos teóricos más ilustres a la hora del Gulag y la dictadura “del proletariado” más brutal. Y después de más de 30 años de la caída del Muro de Berlín, me pregunto qué puede tener de socialista la miseria repartida en Cuba o Venezuela, o de progresista la dictadura en Nicaragua. Más aún: ¿Qué tienen de democráticos gobiernos como el argentino o el mexicano que se declaran hermanados con estos países sin libertades y en la ruina?

Desde luego, hay que admitir que no son lo mismo. Hoy por hoy, los gobiernos “bolivarianos” se dividen en dos campos: los abiertamente dictatoriales y aquellos que, manteniéndose a su pesar en un marco democrático, minan a diario la división de poderes, las instituciones independientes, las reglas que favorecen la libre competencia y, en cuanto les es posible, los derechos y libertades de los ciudadanos. No han podido ir a más lejos porque en México, según los dirigentes de la 4T, necesitan unos 20 años más en el poder para que los cambios “se consoliden” (la inercia “neoliberal” es muy fuerte); mientras que en Argentina los kirchneristas se han topado, luego de muchos años de persistir en ello, con una oposición partidista claramente más fuerte y definida que la mexicana y que, por si fuera poco, les acaba de meter un gran susto electoral.

Pero alarma saber que sus modelos de gobierno tienen mucho que ver con Venezuela o Cuba, o que están dispuestos a alinearse con China, ese gigante que combina tan eficazmente lo peor del capitalismo con lo peor del comunismo para poder alcanzar sus objetivos de potencia mundial.

En México, particularmente, alarma que la “purificación de la vida pública”, como la denomina con todas sus letras el Presidente López Obrador, pase por la persecución de científicos valiéndose de una Fiscalía que no puede acreditar independencia alguna del Ejecutivo y que, cuando lo hace, es porque está respondiendo a los intereses personales de su titular.

No estamos viviendo obviamente los escenarios que han hecho posibles los señores Maduro o Díaz-Canel en sus países, pero el solo hecho de que se los trate como “estadistas” y no como los dictadores que son es o debiera ser motivo de preocupación.

Esta semana, en un foro organizado por la Universidad de Guadalajara, diversos intelectuales y periodistas discutieron el tema de la libertad de expresión en México. Un comunicador, Julio Astillero, que simpatiza con el gobierno de Morena, comentó que no hay un solo caso de censura o de limitación de la libertad de expresión. Si lo vemos en esos términos es posible que directamente en las redacciones no lo haya, pero si hablamos de los muchos periodistas asesinados (en este gobierno, no por el gobierno) tenemos que convenir en que en México sus autoridades no aseguras la defensa de esta libertad de expresión, y a sabiendas de este clima adverso el Presidente López Obrador estigmatiza, difama y agrede a los periodistas que buscan ejercer crítica y libremente su oficio.

Los entusiastas de la 4T entablan una defensa de esta poco menos que ridícula en todos los ámbitos: el gobierno no es cómplice del crimen organizado, simplemente busca la paz; no se deja a los niños con cáncer y a otros muchos enfermos sin medicamentos, sino que se combate a los monopolios de las farmacéuticas; no se persigue a los científicos, tampoco a la UNAM ni a las otras universidades, es sólo que “el que nada debe nada teme” (como Ovidio, en Sinaloa, por ejemplo), y así un largo etcétera que nos va aplastando día a día.

Entiéndase: es el costo de no ser “como antes”. Es el penoso camino de la “purificación” que puede acabar con este país, todo para que el Presidente y Morena construyan uno a su medida.

@ArielGonzlez
FB: Ariel González Jiménez

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