
Berlín.— La tercera jornada de la Berlinale estuvo dominada por la sensación de que el cine de autor regresó a un festival internacional que aparentemente ha dejado de luchar por el estrellato para concentrarse en la búsqueda de sus directores.
First cow, dirigida por la estadounidense Kelly Reichardt, y Le sel des larmes, del veterano francés Philippe Garrel, fueron los dos títulos de la jornada a competición, ambos representantes del cine alejado de los grandes circuitos y más cercanos a lo que la crítica espera de un festival.
El primero se centra en dos pioneros deambulando por el estado de Oregon, sobre 1820. En lugar de buscar oro o traficar con pieles, tratan de ganar dinero con buñuelos amasados con leche robada a la única vaca de toda la región.
El segundo incide en la tradición francesa de dejar pasear a sus personajes entre amores en paralelo. En esta ocasión, los de un ebanista del extrarradio que sólo venera a su padre.
“Es la historia de dos pacifistas entre seres embrutecidos”, explicó sobre First cow el actor Orion Lee, en el papel de un chino semidesnudo al que encuentra oculto en el bosque un cocinero (John Magaro).
El emigrante chino se convertirá en el emprendedor que impulsa al otro a ordeñar, en la noche, una vaca ajena.
Reichardt describió su filme como un “reflejo de muchas cuestiones actuales”. Desde la avaricia a la creatividad, de la amistad a la confrontación con un entorno semisalvaje, incluido el de aquellos teóricamente más cultivados.
Sabor francés
“Quise hacer un filme moderno, aunque de corte clásico”, explicó el director francés, respecto a Le sel des larmes, una película rodada en blanco y negro, entre buscadores del amor jóvenes, dispuestos a aceptar toda invitación procedente del sexo opuesto.
Garrel, veterano del cine francés y asiduo a festivales europeos, acudió a Berlín con su equipo casi al completo: desde el ebanista Luc —Logann Antoufermo— a las chicas a las que va seduciendo, Oulaya Amamra, Louise Chevillotte y Souheila Yacoud.
La combinación entre la juventud de los personajes y la veteranía del director dejó a la Berlinale ante la sensación de estar frente a una reedición de productos de la escuela Eric Rohmer o François Truffaut, incluida la voz en off que avanza al espectador.
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