En su Tercer Informe de Gobierno, el Presidente alzó fuerte la voz contra el populismo. Lo describió como un camino tentador pero, a la vez, como trampa para los pueblos que lo eligen para salir de situaciones críticas.

Las formas de populismo, en efecto, emergen cuando la insatisfacción, el dolor, la desigualdad y la opresión se imponen en los sentimientos de una sociedad. El rencor se traduce en encono y las expectativas de liberación se fijan en el carisma de dirigentes que conminan a hacerse del poder político. Si lo consiguen, lo privatizan en nombre del pueblo en actos expropiatorios que son la forma inversa y equivalente a la impotencia previa. El populismo es el espejo invertido del despotismo y, por lo mismo, una de sus formas. Cuando despega en países democráticos, en sus formas extremas arremete contra las reglas constitucionales existentes previamente. Dos ejemplos categóricos son el golpe parlamentario del nazismo contra la República de Weimar y el “constituyente” impuesto a Venezuela por Hugo Chávez. Las dos historias se construyeron en nombre del socialismo. La primera condujo a la Segunda Guerra Mundial, el más grande horror que ha conocido la humanidad. La segunda, a la destrucción de Venezuela, la imposición del autoritarismo y, probablemente (esperemos que no llegue a tanto) a una confrontación fratricida que se arraiga en la supresión de la crítica y el encarcelamiento de opositores.

En América Latina, los populismos se han nutrido del caudillismo y su fórmula moderna: el presidencialismo. También en EU en el siglo XIX, aunque con trayectorias y resultados distintos. La institución presidencial ha facilitado la precipitación de los populismos. Cuando la estructura socioeconómica se muestra impermeable a las expectativas de mejoría y el descontento prevalece, la conquista de la presidencia ensombrece la representación política en todo su espectro e impone un programa “mayoritario” que interrumpe el proceso democrático.

A partir de las experiencias históricas, lo esencial del populismo es la supresión de la política y de la deliberación democrática. La primera es invocada como “política” para el pueblo (ojo, no del pueblo, sino sólo para el “pueblo” reconocido por el líder). Y la segunda es admitida siempre y cuando no interfieran la oposición y la crítica del proyecto hegemónico que se impone. Hegemonía y democracia son mutuamente excluyentes. Por más que se insista en lo contrario, no se puede tapar el sol con un dedo. El populismo es resultado de condiciones de atraso que llaman a los ofendidos a movilizarse en contra del orden existente. La aspiración legítima de cambio es conducida, y por eso es propiamente populista, en contra de los equilibrios representativos de la democracia, suprimiendo la política como “gobierno por discusión” (Mill). El pueblo pierde la posibilidad de discutir libremente su destino amenazado por las hordas del “conductor”.

Pero tras los populismos hay fracasos democráticos; falla de los actores, de los ciudadanos a los gobernantes, para moldear las estructuras sociales de modo que sirvan a los términos de igualdad concomitantes de la democracia. Está probado que no hay relación lógica entre un orden social anacrónico y la democracia, sino que ésta es el mejor camino para remontar al primero. Y contra los dictados de la ortodoxia inspirada en Hayek, la historia prueba que las sociedades humanas siempre intervienen para modificar sus formas de ser a partir de la experiencia. Evidentemente, el camino es más difícil, pero es el único que responde a las exigencias del mundo contemporáneo y a los signos del verdadero desarrollo político de las sociedades. Por eso la crítica del populismo implica, en América, a la del presidencialismo. La peor amenaza está a la vista con Donald Trump, populista si los hay.

Director de Flacso en México.

@pacovaldesu

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