La gravísima cornada sufrida por el banderillero Mauricio Martínez Kingston el jueves pasado en la Plaza México mueve a distintas reflexiones.

Los toros dan cornadas y todo aquel que se viste de luces lo sabe. En cualquier corrida puede suceder una cogida. Pero hay circunstancias muy puntuales alrededor de ciertos percances.

El jueves pasado no había figuras en el cartel. Por consiguiente, salió el toro. Cuando sale el toro, todo cambia. La actitud de matadores y subalternos es otra. Se palpa el nerviosismo, se calculan los movimientos y se evitan al máximo los errores. En carteles de toreros desesperados puede pasar cualquier cosa.

Cuando sale el toro, el auténtico toro, el que tiene la edad adulta, el peligro de una tragedia aumenta. Llamarlo toro-toro, como hacen algunos, es una redundancia. El de San Marcos era, sin más, un toro. Había que ver esos cuernos desarrollados y vueltos para entender por qué se cortaba la respiración.

Dicho y hecho. Salió el quinto de la noche y no perdonó. Fue certero como una flecha. Literalmente sacó del burladero a Mauricio y lo derribó. Cuando lo vio tendido sobre la arena hizo por él y lo prendió por debajo de la axila izquierda. Cornada penetrante de tórax que interesó el pulmón y el pericardio. Contusión del corazón, siete costillas rotas, sangrado profuso, el costado del banderillero convertido en potente grifo. ‘Sangre Nueva’ se llamaba el toro, como si supiera que muchas transfusiones iba a necesitar Martínez Kingston después de tan abundante hemorragia.

El toro no perdona. La edad se refleja en su conducta. Se lidia con frecuencia un animal joven y bajo de raza, pero de pronto sale el toro y nos recuerda que en el toreo los hombres realmente se juegan la vida y que la Fiesta no puede reducirse a una pantomima donde el ruedo monumental parece tentadero y el espectador, aunque no pueda, se sienta capaz de bajar al ruedo a pegarle pases a un animal casi domesticado. Y puede ser que las cuadrillas, acaso desacostumbradas a verle la cara al toro de a de veras, puedan acusar falta de sitio.

El percance me recordó el que le costó la vida a José Cubero ‘Yiyo’ hace 30 años, el 30 de septiembre de 1985 en la plaza española de Colmenar Viejo, donde el toro ‘Burlero’ de Marcos Nuñez le partió el corazón. Existe parecido en la forma en que ‘Burlero’ y ‘Sangre Nueva’ prendieron a matador y subalterno, respectivamente. Por fortuna, Martínez Kingston sí vive para contarlo.

Acompaña esta columna una genial caricatura del maestro Luis Carreño del matador hidrocálido Fabián Barba, quien esta tarde hará el paseíllo en la Plaza México junto con su paisano Víctor Mora y el sevillano Manuel Escribano con toros de la ganadería de La Punta.

heribertomurrieta65@gmail.com

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