Cuando yo estudié Física en la Facultad de Ciencias de la UNAM, éste era el único lugar que ofrecía esta importante licenciatura, nacida en 1937. Hoy, la física se ha extendido por toda la República. La primera física mexicana se graduó de la Universidad Nacional en 1961. Hoy, las físicas somos aproximadamente 25% de la comunidad, pero todavía falta bastante para la igualdad en las carreras llamadas STEM –Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas—. Las primeras mujeres profesionales se recibieron en la UNAM y sobre su esfuerzo hemos seguido construyendo todas las demás.

Decidí estudiar ciencias desde muy joven. Mi madre contaba anécdotas de mi espíritu investigador cuando era apenas una niña, aunque la verdad es que en la infancia estamos llenos de preguntas que no deberíamos nunca dejar de hacer. Fui afortunada al poder seguir el camino de la ciencia en la UNAM y estoy muy orgullosa de haber recibido este año el nombramiento de emérita de la Máxima Casa de Estudios, como investigadora del Instituto de Energías Renovables. En mi participación en la ceremonia tuve la oportunidad de hablar sobre la Universidad y dije:

La UNAM es ejemplo de inclusión y diversidad. Asume esta actitud porque es lo correcto, desde el punto de vista ético. También la asume por interés propio, porque es fundamental para su trabajo docente y académico. Estamos en la Universidad de la Nación. Si todos siguieran este ejemplo, tendríamos un futuro aún más prometedor.

La UNAM es también ejemplo de libertad de investigación, de docencia y de comunicación. Éstas son manifestaciones de la libertad de pensamiento, que no puede ser centralizada ni manejada por una ideología. En el desarrollo de México, la UNAM, con su autonomía, ha jugado un papel fundamental.

Estamos en un momento importante para la humanidad y para nuestro país. La UNAM con su imprescindible autonomía ofrece al país un ejemplo de respeto, tolerancia, igualdad, inclusión y movilidad social. Es un espacio de esperanza —yo diría que, desde hace mucho, el mayor que tenemos—. Sigamos siendo ese espacio de esperanza.

Para poder ser ese espacio de esperanza, la UNAM ha seguido mecanismos para fomentar la igualdad y la inclusión. Así nació la Fundación UNAM, en 1993, como una A. C. autónoma sin fines de lucro, que ha sido fundamental para que la Universidad sea de verdad incluyente. Es admirable el apoyo que da a programas de becas para estudiantes que lo necesitan, lo que permite movilidad social y una comunidad más equitativa. En mi Instituto tenemos el programa Soporte a la Alimentación, que otorga un alimento diario de lunes a viernes, durante el semestre escolar, a alumnos regulares con promedio arriba de 8 que lo requieran, pagado por la comunidad y la Fundación, a mitades. Pero la contribución de la Fundación no es solamente con becas: también promueve muchas actividades de difusión de la cultura y otras varias orientadas hacia la sustentabilidad. Además puede aceptar donativos de tantas y tantos agradecidos a la UNAM, como somos sus exestudiantes.

Termino aquí como lo hice en mi participación el día del maestro: “Como le hemos cantado todos alguna vez a la UNAM —en el Estadio Olímpico, para ser más precisa—, ¡Cómo no te voy a querer!”

Investigadora emérita, Institutode Energías Renovables, UNAM

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