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Un demiurgo, un ogro, Oliviero se deleita en representar el papel del personaje desmedido que he escrito para sí a lo largo de cinco décadas. Vociferante, insolente, burlón se aferra a su título de Gran Provocador. Se le adore o se le deteste, se le adule o increpe, Oliviero Toscani a nadie deja indiferente. Tras la sonrisa de suficiencia, los lentes coloridos, el paliacate, acecha un espíritu independiente dispuesto a desafiar al mundo.
Trabajar con Oliviero exige ser tan arrojado como él —si no te arrollará como un bulldozer—. Hace como que no escucha. Y, no obstante, lo hace. En una sesión de fotos nos enzarzamos en el siguiente intercambio:
—Pero Oliverio, ¡la realidad es complicada!
—¡Justamente por eso debemos hacerla legible!
Oliviero puede ser —la mezcla es por demás desconcertante— a un tiempo irónico y naíf. Cuando habla es siempre definitivo, con una pizca de bravuconería. No obstante, mientras trabaja —no es alguien que muestre sus cartas—, lo engloba todo bajo el término ricerca: investigación, búsqueda.
Oliviero necesita tener razón. Y, por enfadoso que resulte, una vez terminada la ricerca, la tiene siempre.
Tras colaborar con él en muy diversas ocasiones, diría que el sello distintivo de Toscani es una rara habilidad para reducir la vaguedad a oposiciones binarias y pronunciamientos tajantes. Cada imagen suya es un manifiesto visual cuidadosamente elaborado. Para Oliviero, el mensaje es el mensaje.

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