La ebullición de la larga crisis venezolana ha dado pie a un interesante debate diplomático sobre la disyuntiva de respaldar la presidencia interina de Juan Guaidó o el gobierno de Nicolás Maduro. Creo que la decisión correcta es reconocer a Guaidó para promover un proceso de negociación que necesariamente tendrá que comenzar con la salida de Nicolás Maduro, presidente gracias a una farsa que haría ruborizar al delincuente electoral más descarado, y culmine con una nueva elección en condiciones de libertad, igualdad y limpieza. Pero esa discusión es secundaria. En el fondo, lo apremiante es la situación por la que atraviesa el pueblo venezolano que es mucho más importante que su gobierno.

En los últimos días he leído a voces respetables defender la supervivencia política del régimen venezolano. Están en su derecho, ya sea por afinidad ideológica o mera terquedad. Lo que es injustificable es defender con el mismo ahínco los resultados de ese mismo régimen venezolano. Cualquiera que decida abogar por Maduro tendría que hacerlo mirando de frente las atroces consecuencias del proyecto chavista. Quizá vale la pena resumir lo que ocurre en Venezuela.

Nicolás Maduro ha gobernado Venezuela, el país con las reservas petroleras más grandes del mundo, por poco más de un lustro. Su inmensa corrupción, testarudez e impericia ha hundido al país en una espiral de hiperinflación, escasez crónica y pobreza. La inflación enloquecida que se vive en Venezuela solo puede compararse con la de Zimbabue en la época más abyecta del dictador Robert Mugabe. La otrora notable producción de crudo en Venezuela ha caído a su punto más bajo en más de tres décadas. Entre el 2013 y el 2017, la economía del país se redujo en 30%. El déficit venezolano es de casi 20% del PIB. Desde el 2014, más de dos millones y medio de venezolanos han huido de su país, el éxodo más significativo de la historia moderna de la región. Dentro de las fronteras venezolanas, la tragedia es dantesca. Los apagones y la escasez de alimentos y medicinas son males cotidianos. Han vuelto enfermedades que se creían erradicadas. Números aberrantes de niños han muerto de hambre. Caracas, que alguna vez fue una capital pujante, es una de las ciudad más peligrosas del mundo. Venezuela misma se ha vuelto un narco-estado. Incluso los grandes centros turísticos del país, célebres por su belleza, están disminuidos. En la costa venezolana han vuelto a aparecer… piratas. Mientras tanto, el régimen de Maduro se enriquece gracias a la protección de las fuerzas armadas, a las que ha entregado el control de buena parte de la operación del país para asegurar su propia supervivencia. Maduro y los suyos han secuestrado el poder Judicial y minado el Legislativo hasta el hartazgo.

Habrá quien diga que el gobierno venezolano ha sido víctima de un bloqueo, como ocurrió con Cuba. Es falso. Habrá quien diga que el gobierno venezolano tiene logros que lo redimen, como algunos insisten que ocurre con Cuba y, por ejemplo, su sistema de salud o educación. Es falso. El gobierno de Nicolás Maduro ha respondido a esta crisis sin precedentes atacando las libertades esenciales de los venezolanos, persiguiendo y apresando a sus adversarios políticos, devastando las instituciones autónomas del país y corrompiendo las cortes y las autoridades electorales. La oposición ha insistido una y otra vez en negociar una salida que devuelva al país a la normalidad democrática. El gobierno encabezado por Maduro ha respondido con dilaciones y pretextos que son, en el fondo, una estrategia para perpetuarse en el poder a costa de la libertad y, ostensiblemente, del bienestar del pueblo venezolano. El intelectual venezolano Moisés Naim describe lo que le ha ocurrido a su país como “la peor crisis humanitaria en el hemisferio occidental en el siglo XXI y una de las peores de la historia latinoamericana”.

En los próximos días leeremos muchas opiniones sobre Venezuela. Supongo que no faltarán voces que tengan la osadía de defender a Nicolás Maduro. Estarán en su derecho: cada quien elige sus demonios y se pone en los ojos la venda que mejor le ciegue. Haríamos bien, sin embargo, en tomar en cuenta la realidad incontrovertible de los venezolanos. Su gobierno, que alguna vez les prometió liberarlos del yugo de políticos corruptos y abusivos, se ha convertido justo en lo que repudiaba: un depredador perfecto de su patria.

Basta remitirse a los hechos.

Google News

TEMAS RELACIONADOS

Noticias según tus intereses