José Cárdenas

PAN, envenenado

En el año 2000, Vicente Fox ganó el poder secuestrando al partido; en 2006, Felipe Calderón mantuvo el poder y perdió al partido; hoy los panistas no tienen poder, ni partido

13/10/2017 |01:02
Redacción El Universal
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“Aferrarse al odio es como tomar veneno y esperar que el otro muera”. Buda

El PAN está envenenado, no por el cianuro de la inquina entre Ricardo Anaya y Margarita Zavala en su pleito a muerte por una candidatura presidencial, sino por un prolongado proceso de desgaste como consecuencias de un pragmatismo salvaje, infectado de obsesiones, codicia y corrupción.

Hace veintiún años, en 1996, el entonces líder nacional blanquiazul, un joven Felipe Calderón, advertía del reto de “ganar el poder sin perder el partido”. El michoacano desoyó su propia advertencia, probó las mieles del triunfo electoral y se empecinó en adueñarse del panismo desde la Presidencia de la República. Calderón se contagió de las viejas prácticas de la cultura política engendrada por el PRI, que acabó por enfermar a quien siempre la había combatido desde la ruda y leal oposición.

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Pero el culpable de la debacle no sólo fue Calderón. Vicente Fox tuvo primero la oportunidad de fumigar a las tepocatas, alimañas y víboras prietas para desmantelar el andamiaje construido por el estado priísta. No se atrevió.

En doce años de gobierno, Acción Nacional adoptó las mismas mañas de corrupción y el corporativismo que siempre aceitaron la maquinaria política nacional. Fox y Calderón decidieron jugar con las reglas preestablecidas en lugar de combatir la podredumbre acumulada durante setenta años por el régimen hegemónico emanado de la Revolución Mexicana.

En dos sexenios el PAN se acomodó en el confort del poder. En el proceso, perdió identidad y sustento que, durante toda su historia presumió como resultado de una doctrina política firme y clara. Los principios, las propuestas y el modelo de país que siempre planteó el PAN desde la barrera, fueron arrasados por las embestidas de la realidad.

Hoy el PAN está extraviado entre sombras.

El enfrentamiento entre Margarita Zavala y Ricardo Anaya tiene como fondo la obsesión de ambos por la Presidencia. A estas horas nadie ha escuchado una propuesta clara, una alternativa de cambio a una realidad insostenible; el debate se concentra en el método se selección de un candidato o candidata, en el juego de los tiempos y en amarrar el control de un partido caracterizado por una toma de decisiones cerrada que hasta hoy había garantizado la férrea disciplina de sus integrantes.

Ahora, el PAN, ni eso mantiene.

Ricardo Anaya ha sometido la soberanía de su partido a un incierto proceso que involucra al resto de los integrantes del llamado “Frente Ciudadano por México”. Se vende como el más alto de los enanos. El procedimiento se mira incierto en sus formas, pero eso sí, otorga al joven maravilla una amplia posibilidad de convertirse en candidato de un bloque opositor, asociado a dos partidos, uno en extinción (PRD) y el otro (MC), en los huesos.

El PAN se ha envenenado poco a poco en lo que parece un suicidio.

En el año 2000, Vicente Fox ganó el poder secuestrando al partido; en 2006, Felipe Calderón mantuvo el poder y perdió al partido; hoy los panistas no tienen poder ni partido.

EL MONJE ENCADENADO: No se quiebre la cabeza; los suspirantes independientes a la Presidencia de México juegan a la “víbora de la mar”. Con 866 mil 563 firmas de apoyo —bueno menos, como un millón, diría Peña Nieto— que habrán de conseguir de aquí al 12 de febrero, por el INE pueden pasar, los de adelante (Margarita, Ferriz, El Bronco, El Jaguar y La Marichuy) corren mucho, y las tres docenas de atrás, seguro no pasarán. Para eso sirven los requisitos mínimos que son máximos. Que nadie se espante por lo titánico, por no decir colosal. Recabar en cuatro meses tantas firmas —en 17 estados del país— como votos consiguió Gabriel Quadri hace un lustro, con todo y campaña, encanto, algo de lana, el apoyo de La Maestra —Elba Esther—, y un lugar en los debates, parece misión imposible, quizá patética. Sumas y restas aparte, la democracia incluyente —soñadora y fervorosa— llegó para quedarse; son tantos los apuntados que la lista parece directorio telefónico; demasiados candidotes y pocos los elegidos para cumplir su ilusión… y perder con certeza. 

@JoseCardenas1
josecardenas@mac.com
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