Héctor De Mauleón

Crónica de un día terrible

Crónica de un día terrible
08/05/2019 |00:41
Redacción El Universal
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Acabábamos de pedir una copa de vino y un plato de ceviche peruano y entonces mi celular vibró sobre la mesa. Escuché el parlamento más extraño de mi larga vida: “Señor, intentaron robarme el coche y los maté. Acabo de matar a dos ladrones”.

Era el Mayor, un militar retirado que trabaja conmigo desde hace cosa de tres años.

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Le conté a Ricardo lo que acababa de oír. Salimos corriendo del restaurante, sin atender el saludo de dos amigos que comían en mesas vecinas. No sé qué cara llevábamos, pero un hombre que pedía tacos en un puesto ambulante nos dijo: “Es ahí, a la vuelta”.

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Hay veces que uno cree estar soñando y esta fue una de ellas. Al doblar la esquina hallé, en ese orden, a un hombre de chamarra azul tirado en la banqueta junto a una pistola escuadra, la portezuela de mi auto abierta, al Mayor con el teléfono en la mano intentando marcarle a alguien —luego supe que marcaba el número 911— y más allá a un hombre regordete, de pantalón amarillo, que yacía boca abajo en medio de un charco rojo de sangre.

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El Mayor me explicó lo que había pasado. Se estacionó en la calle. Por el calor bajó las dos ventanillas delanteras. Pasaron 20 minutos o media hora. Entonces se acercó por el lado del copiloto el hombre de la chamarra azul y lo encañonó. “Valiste madre, bájate, me voy a llevar el coche”. Al mismo tiempo, el hombre del pantalón amarillo quiso abrir la portezuela trasera. El Mayor traía su 9 mm. debajo de la pierna derecha.

Como todos, me he preguntado a veces cómo voy a reaccionar ante un hecho inesperado. A veces lo hago de una forma y otras veces de otra. Algunas veces soy prudente. Algunas otras me indigno y me dejo llevar. El Mayor pasó 35 años en el Ejército. Pensó que si el hombre de la chamarra azul bajaba la vista por un segundo, y descubría la cacha del arma bajo la pierna, había una alta posibilidad de que le disparara. Así que reaccionó.

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Fui una de las últimas personas que lo vio con vida. “Todavía está respirando”, me dijo uno de los curiosos. Me acerqué a él, y aún no descubro para qué.

Para verlo morir. Porque boqueaba en su propia sangre. Parecía un pez gigantesco intentando respirar mientras la sangre le salía por la nariz y la boca, y se le iba por la banqueta. De repente quedó quieto. Extrañamente quieto. “De nuevo estoy aquí”, pensé, pues todo aquello me hizo recordar otras cosas. Las otras dolorosas cosas.

Marqué al 911 y la llamada no salió: fallaba la señal. Mandé un mensaje a la Secretaría de Seguridad Ciudadana para decir que nos habían tratado de robar y que el Mayor había herido, tal vez matado a dos personas; para pedir que enviaran una patrulla.

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