Imagina que estás solo en casa. Tienes la computadora encendida, en la pantalla está un PDF abierto de la novela que lees actualmente, tienes una taza de café a un lado y los audífonos en los oídos. La noche transcurre con naturalidad.

De pronto escuchas ese “beep” que indica que te enviaron un mensaje nuevo. Miras la otra pestaña y entras a tu mensajería, ahí está, un mensaje de una de tus compañeras del trabajo te indica que algo no anda bien. Ella nunca te envía mensajes, “debe ser un asunto laboral” piensas, le das un sorbo al café y abres el mensaje. Lo que miras es impactante, derramas el sorbo de café sobre tu ropa y te levantas de la silla de un golpe.

Eso que ves en tu buzón de entrada es un video completo en el que tú eres el protagonista. Sería divertido si se tratara de cualquier otra cosa, pero no, ese que ves ahí es nada menos que tu cuerpo desnudo mientras mantienes relaciones sexuales con una de tus exnovias. ¡Cómo ocurrió!

En el mensaje, tu compañera de trabajo se burla sobre la situación. Pero ella no es la única, conforme transcurren los días, los mensajes y etiquetas en tu muro se hacen persistentes. No sólo son compañeros del trabajo, ni ex compañeros de la universidad, ahora lo sabe tu familia y hasta algunos vecinos. El caso es tal que decides cerrar tu cuenta de Facebook, y la de Twitter, y la de Instagram… y apagas tu monitor para no encenderlo jamás.

La situación se agrava. Ya no quieres salir de tu casa, te da miedo que algún transeúnte te ubique en la calle y haga algún comentario respecto a aquél video. Primero pides un par de días para no asistir al trabajo, luego sólo decides no volver a pisar ese lugar. Te encierras en tu habitación, lloras todas las noches, la presión se vuelve insoportable. Algo está mal, eso es seguro.

Luego recuerdas que todo inició con un par de fotografías sin ropa y pequeñas grabaciones de tu cuerpo; era un acuerdo, practicabas sexting con tu novia porque parecía divertido. Ella te mandaba fotografías, tú le respondías. Luego subieron de tono, comenzaron a grabarse mientras mantenían relaciones, ella era la pareja perfecta y eran felices, luego todo terminó. Cortaron. Y unas semanas después, a manera de venganza, los videos recorrían las redes sociales como virus expansibles.

Y ahora estás solo en tu habitación, debatiéndote sobre la vida y la muerte, estás varado sobre la fina línea que pende del suicidio. Lo has pensado en varias ocasiones; quizá te quites la vida, porque ya no tienes un empleo, ni una vida social, ni la seguridad de salir a la calle sin ser visto con ojos de morbo.

Tu vida se terminó. Justo cuando estás a punto de tragarte las pastillas te preguntas, “¿y de verdad, es todo esto mi culpa?”…

En septiembre de este año, las redes sociales y los medios de comunicación hicieron gran alarde sobre Tiziana Cantone, una mujer italiana de 31 años que cometió suicidio después de que un video en el que se le ve manteniendo relaciones sexuales se viralizara –prácticamente por todo el mundo-. Los memes y la opinión pública no dejaron escapar ni un poco del asunto.

Sin embargo, el envío de contenidos sexuales entre parejas –y no parejas- no es cosa tan rara. Sólo en América Latina se estima que el 40% de los internautas han practicado sexting alguna vez en su vida. 28% de los adolescentes estadounidenses han enviado fotografías propias al desnudo.

El problema viene después, porque lo alarmante no es enviar contenidos sexuales en privado a alguien, sino las posibles consecuencias como el ciberbullyng, el grooming o extorsiones de cualquier tipo. El problema podría no ser que alguien más tenga contacto con esas imágenes o videos privados, sino la interpretación, que se le dé, que como en el caso de Tiziana, puede provocar tanta presión hasta hacerla cometer suicidio.


Frida Sánchez, Comunicación y Periodismo FES Aragón,

UNAM

@frida_san24

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