Por Omar Torres*

Más allá de la majestuosidad del espectáculo natural me impresionó la cantidad de turistas que visitan la zona, la gran mayoría de ellos portando sus cámaras fotográficas, fueran estas en su teléfonos inteligentes o semiprofesionales.

Miles o decenas de miles de ellos caminando por el largo corredor sobre una de las márgenes del rio Niágara, portando, en su mayoría, su “Selfie Stick”.

Imposible, en esa situación, dejar de tomar fotografías de una de las maravillas naturales más visitadas del mundo.

Yo mismo lo hice con la ayuda del fotoperiodista y amigo Peter Power, quien me prestó un filtro especial para estos menesteres.

Pero lo sobresaliente en la muchedumbre, abrazada por el sol del mediodía, fue la cantidad de “selfie sticks” por encima de sus cabezas, para sostener los teléfonos inteligentes, todos de espaldas a la gigantesca caída de agua.

Una cantidad innumerable de fotografías que sin duda fueron a parar a las redes sociales para mostrarnos el camino vacacional recorrido por turistas anónimos.

Mucho antes de la masiva invasión de fotografías turísticas existían la Postales, que uno compraba en los lugares que visitaba para escribir pacientemente a mano un mensaje para algún destinatario íntimo.

Eran mucho más que un “selfie”, servían para seguir conectados con los seres queridos aunque fuera por el lento y cansino servicio postal.

Sirvieron además por muchos años para recordar, atesorar, e inclusive descubrir la importancia de los lazos afectivos escritos a puño y letra.

Con una de ellas, que data de alrededor de 1920, yo pude descubrir la ciudad donde había nacido mi abuela en el norte de Italia.

Las postales nos acercaban, nos unían, la letra manuscrita nos envolvía en el círculo mínimo de los amores visibles o secretos.

Hoy, ante la ubiquidad y accesibilidad de las cámaras fotográficas, vemos infinidad de autorretratos que aparecen casi automáticamente en nuestras bandejas de entrada,  para contarnos, sin nuestro permiso, qué tan bien la está pasando gente que apenas tenemos el gusto de conocer.

Embuídos en el trabajo diario,  son escasas las oportunidades para alegrarnos por quienes pasean cerca de la Torre Eiffel o las calles de Nueva York.

Más bien, estos “selfies” nos hablan de los deseos de desconexión de aquél que con una imagen quiere ya no hablar más con nosotros, de quien, unido umbilicalmente a un microchip de captura de imágenes, pretende resumir sin palabras una cantidad de emociones que nosotros tenemos la obligación de entender.

Y para eso, el “selfie stick” es el mejor invento de autentificación de la lejanía.

No me gustan los “selfies”, no me gusta recibirlos sin haberlos solicitado, a excepción de aquellos enviados por mi círculo más intimo.

Sentado en un restaurante por cerca de dos magníficas horas contemplando la serena e incontenible fuerza de las cataratas del Niágara, me centré en acuñar esa imagen en mi mente para no olvidarla.

Es imposible sobreponerse a tanta belleza

Y al mismo tiempo se interponía ante mis ojos la permanente muchedumbre en movimiento, blandiendo sus “selfie sticks” para sus autorretratos, simulando ser parte del espectáculo.

Desde lejos, daba el triste resumen de una sociedad que continua construyendo un inmenso “selfie”.

Que obstinadamente intenta mostrar la sonriente mueca forzada de una generación solitaria, que en su afán de plasmar sus pretendida felicidad, termina por darle sus espaldas a la belleza.


*Omar Torres, ha trabajado como fotoperiodista en periódicos, revistas, agencias loca- les e internacionales de noticias. Desde 1985 se desempeña como jefe de fotografía de la Agencia France-Presse en sus oficinas en México. Es profesor permanente de Círculo Rojo.

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