El discurso de toma de posesión tiene tres elementos fundamentales.

El primero (y más positivo) es que el jefe del Estado interpreta a la perfección un estado de ánimo nacional que él consiguió en gran medida moldear. Es una proeza del nuevo inquilino del Palacio Nacional haber cambiado el estado de ánimo del país. Se dice fácil, pero el pesimismo se había enseñoreado del alma nacional y con este relevo de gobierno se trocó en un luminoso optimismo. Una buena disposición popular hace las veces de vitamina para emprender grandes transformaciones. El eje central del mensaje es poderoso y esperanzador para las mayorías. Un gobierno popular atenderá primero a los más desfavorecidos.

La crítica al gobierno anterior (que hizo bajo formas de juicio sumario al neoliberalismo) es el segundo elemento importante del discurso presidencial. El eje de reconstrucción intelectual, político e ideológico del nuevo presidente es básicamente la historia nacional. Sus referentes no son otros líderes planetarios ni tampoco referencias ideológicas precisas. Su espacio de reflexión, arcón de citas y modelos de conducta están en la historia de México y por supuesto cosecha, con tino, aquello que resulte apropiado en el momento del discurso. Su alusión a Madero fue oportuna y por conducto del prócer planteó la no reelección, que es un elemento valioso en el contexto de euforia futbolística (sí se pudo) de una bancada que está dispuesta a practicar sin cortapisas el culto a la personalidad. Sigue sin parecerme buena idea la idea de revocación de mandato, López Obrador fue electo para seis años y no veo por qué deba gobernar más, pero tampoco menos. Ahora bien, usar la historia nacional como único referente puede sesgar la lectura del presente ya que se tiende a explicar que lo ocurrido fue por decisión propia de generaciones virtuosas o perversas (la típica dicotomía de la historia oficial) y no por efectos de un cambio en el entorno internacional. La lectura de la historia económica de México es mecánica y rígida. México no entró a crisis en los 70 solamente porque tuviéramos gobiernos particularmente ineptos, como tampoco mantuvo una estabilidad económica por la virtud casi enciclopédica el presidente parece atribuirle Ortiz Mena, sino porque la economía mundial fue estable hasta el 73 cuando arranca la crisis del petróleo. El problema de querer leer todo en clave de historia patria es que se deja fuera del ángulo de lectura el elemento fundamental que explica el cambio positivo o negativo que vive un país. El futuro nunca podrá ser como el pasado. Las utopías regresivas expresadas en el sueño de volver a un desarrollo estabilizador es un error histórico y nos habla de un presidente que no pondera tanto lo que ocurre en el mundo y atención él mismo experimentará pronto que los alcances de su administración dependerán en gran medida de factores que no dependen de él. La cuarta revolución industrial está allí y no creo que se le pueda enfrentar con una contrarreforma educativa y una política de castigo a la excelencia o despreocupada de la innovación.

El tercer elemento es que en su discurso no se reflejó una crítica a los nacionalismos rampantes y a los populismos de derecha que prosperan en el mundo desde Brasil a los Estados Unidos; tampoco hubo un señalamiento crítico a un Trump que insiste en edificar muros y mantiene un lenguaje agresivo y amenaza ahora con terminar el TLCAN. Probablemente no era el momento de hacerlo, lo que sí es claro es que el ejercicio de gobierno no puede prescindir de un entorno externo adverso y de una ecuación fundamental que consiste en que la potencia económica hegemónica declina y además repudia un orden internacional que hemos defendido. No me pareció acertado que tratara de diluir la invitación a Maduro (y a Ivanka) en una lectura poco afortunada de los visitantes extranjeros a los que incluyó de manera arbitraria a mi admirado Silvio Rodríguez, pero bueno son privilegios del presidente, lo que creo es que un proyecto exitoso de nación pasa hoy por entender la forma en que nos insertamos en la globalización. Como diría Ortega y Gasset un pueblo que no tiene propósitos externos convierte toda su política en disputas internas que impiden proyectar lo mejor de nosotros al exterior y al mismo tiempo por paradójico que parezca sobre nosotros mismos.

Analista político. @leonardocurzio

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