Jean Meyer

Muerte y resurrección

21/04/2019 |01:35
Redacción El Universal
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Pienso en la resurrección, después de la muerte, de la Iglesia católica. No recuerdo quién dijo que el clero santo hace al pueblo cristiano, el clero normal hace al pueblo mediocre, el clero mediocre hace al pueblo ateo. ¿León Bloy? ¿Bernanos? Puedo imaginar las imprecaciones, los gritos de dolor de aquellos dos valientes. La pedofilia abrió un boquete debajo de la línea de flotación de la nave de San Pedro. De dos maneras: la pedofilia misma, criminalmente practicada por no sabemos cuantos sacerdotes y prelados, incluso a nivel de obispos y cardenales, inclusive en la Curia romana; y el encubrimiento de ésta, acompañada de la protección de los culpables y desprotección total de sus víctimas. ¿Qué pasó con las palabras de Jesús contra los que escandalizan a uno de esos pequeños?

¿Cómo es que, en un vil plomo, el oro puro se cambió? pregunta Jean Racine en su obra de teatro Atalía? Y es lo que me pregunto al descubrir la dimensión, las metástasis del cáncer que roe al clero. Tampoco recuerdo quién dijo: “No le preguntes nunca a nadie en qué cree. Fíjate en lo que hace. Creer es una palabra muerta y trae la muerte consigo”. ¿Qué es el cristianismo? Si uno pregunta, consigue contestaciones precisas o vagas, sorprendentes o negativas. Quien contesta puede ser cristiano o no, es lo de menos, pero los escándalos sexuales de los sacerdotes han provocado una crisis mayúscula cuando el pontificado de Francisco entra en su séptimo año.

Acaba de terminar el tiempo de Cuaresma, los cuarenta días durante los cuales hubiera sido bueno para muchos rasgarse las vestiduras, ayunar y cubrirse la cabeza de ceniza, como los habitantes de Nínive cuando escucharon la advertencia de Jonás. No meto a todos los sacerdotes en el mismo cajón, la Iglesia mexicana no está compuesta en totalidad de réplicas del inimaginable Marcial Maciel, pero recuerdo que el cristianismo es la única religión que ha previsto su fracaso, una profecía que se llama Apocalipsis y que ve el Anticristo sentado en la silla de Pedro, “la abominación de la desolación en el Templo”. Jesucristo en persona preguntó: “¿Encontrará el Hijo del hombre fe, cuando regrese entre los hombres?”.

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“La protección de los menores en la Iglesia”, así se definió la meta de la reunión de los presidentes de todas las conferencias episcopales del mundo. Ya era tiempo. Es tiempo ya, que se acabe el secretismo cómplice y que la justicia civil, sin intervención de fuero eclesiástico o preocupaciones electoralistas, castigue a los culpables, defienda a las víctimas. El problema existe en todas las instituciones, pero las pretensiones morales de la Iglesia, de las Iglesias, de los religiosos de todas las religiones, hacen que el escándalo sea mayor aún. La hipocresía de la doble vida nos remite al episodio de los dos ancianos y de la casta Susana. Fue necesaria la intervención divina, por conducto del joven Daniel, para salvar a Susana, la víctima, del linchamiento, y dar muerte a los dos jueces, sí, jueces, criminales y calumniadores.

El Papa multiplicó las condenas contra “un crimen vil y una de las plagas de nuestro tiempo que, por desgracia, ha visto implicados también a varios miembros del clero”. El “también” sobra. La justicia australiana ha condenado por tan vil crimen a un cardenal que tenía toda la confianza del Papa; la justicia francesa acaba de condenar al cardenal Barbarin, arzobispo de Lyon, un hombre en muchos aspectos admirable, querido de judíos y musulmanes, por haber protegido a un sacerdote pedófilo. El cardenal se defendió, dijo que no encubrió nada, que pudo cometer un error de apreciación al querer “evitar todo escándalo público”. Le está saliendo caro a la Iglesia esa obsesión del “escándalo público”.

A la hora de la gran fiesta cristiana de la Resurrección, es de desear que la Iglesia católica, las Iglesias cristianas todas, mueran al pecado para renacer. Que no olviden, clero y pueblo cristianos la tremenda humillación presente, cincuenta años de silencio cómplice y las otras formas de pecado social. Quizá, algún día, podremos llamarnos cristianos sin blasfemar al decir: “¡Cristo ha resucitado!”

Historiador e investigador del CIDE.
jean.meyer@ cide.edu