“Captan al hombre más solitario del mundo”, leyó un encabezado que dio la vuelta al mundo el pasado 20 de julio. Se trataba de un video en el que se veía al último sobreviviente de una tribu amazónica abrirse paso entre la selva. Hasta el momento no ha habido contacto directo con él y los raros intentos de interacción han sido respondidos con flechazos; nada más heroico que un hombre defendiendo su soledad en un mundo que exige la socialización y la homogeneización. Pero hay algo que quizás nunca podremos saber. ¿Sabe que está siendo vigilado? ¿le tranquiliza la idea de que alguien lo está viendo?

La pregunta es pertinente en el marco del boom de las redes sociales. Las redes no transforman por sí mismas nuestras necesidades y conductas, pero sí acentúan algunas de ellas. Durante el siglo XVIII muchos filósofos entraron en un debate; si un árbol se cae en medio del bosque y nadie lo ve, ¿existió? La respuesta del mundo de las redes sociales es muy sencilla: No. Existes en la medida en que eres visto. El individualismo no ha reemplazado la necesidad gregaria del ser humano solo ha alterado su significado: no hay nada que exalte más al individuo que el hecho de ser reconocido como tal por el conjunto.

Esta es la consigna que ha vuelto a Instagram una de las redes sociales más populares del mundo. Con más de 800 millones de usuarios y 40 billones de fotos, Instagram ha entendido que la idea que lo sostiene es la de la creación de la marca-individuo; cada ser humano se reinterpreta desde una visión de mercadotecnia donde él o ella es el producto y la moneda de cambio es la interacción digital con la comunidad. En Instagram curamos nuestra marca: escogemos las fotos en las que mejor salimos, recortamos fragmentos de nuestro mundo para dar una narrativa a nuestra vida y agregamos los filtros que hagan que todo sea envidiable. No es real pero es vendible.

Pero la genialidad más grande de esta red social es su sistema de “historias”. Se trata de pequeños videos que pueden subirse y compartirse por 24 horas; el éxito no yace en el video sino en una funcionalidad complementaria: las historias te permiten ver quién ha visto tu video. Esa es la clave del frenesí por Instagram; la posibilidad de saber quién te está vigilando. ¿Me está viendo la que me gusta? ¿Le gusto yo también? He aquí el giro que Orwell nunca imaginó; una sociedad que le excita el saberse vigilada.

Todo esto tiene su costo. Un estudio de la Sociedad Real de Salud Pública en Inglaterra demostró que Instagram es la red que causa más ansiedad y depresión en los jóvenes. Esto tiene varias explicaciones; por una parte Instagram crea la ilusión de que la vida del otro es mejor que la tuya, y por otra parte muestra el valor que dan otros a la narrativa de tu marca-vida. Cuando el éxito se mide por los observadores, no hay nada más angustiante que saber que la gente que te importa no te está mirando.

El hombre más solitario del mundo puede no estar en el amazonas sino detrás de un celular usando Instagram. El sentido de la soledad es una construcción de las civilizaciones y sus modas y fobias, pero el sentirse solo tiene que ver con la correlación entre presiones externas y aptitudes internas. Ni los seguidores ni las redes sociales nos vuelven menos solitarios, más bien en muchas ocasiones amplifican nuestro sentido de soledad de forma injustificada. Al darle un sentido de espectáculo a nuestras vida, las redes crean una presión por la socialización de nuestras experiencias. Para miles de usuarios de Instagram lo que importan no son sus experiencias de vida, sino si estas son vistas por las comunidades digitales. No es difícil deducir que esta presión por compartir y no por vivir crea soledad y ansiedad.

Al final de cuentas el individualismo digital tiene una trampa; como para poder ser individuos necesitamos que los otros lo avalen, nuestras experiencias individuales solo son validadas por la experiencia colectiva de ellas. El individualismo se justifica a partir de un gregarismo digital que carece de lazos emocionales o físicos. No dejamos de ser gregarios pero el nuevo gregarismo es sumamente frío y solitario. Nunca sabremos si el hombre del amazonas se sabe vigilado y si eso le causa confort, pero sabemos que es sumamente celoso de su aislamiento. ¿Será el hombre más solitario del mundo o simplemente será el último superviviente de una cultura que no necesitaba del aval del otro para asumir su propia existencia?

Analista político

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