Escritoras de cuatro generaciones: Elena Poniatowska, Carmen Boullosa, Mónica Lavín, Cristina Rivera Garza y Brenda Lozano, han andado caminos distintos a lo largo de su carrera literaria. A unas les ha tocado abrir brecha, a otras andar por senderos más despejados porque llegaron cuando había un supuesto “boom de la literatura escrita por mujeres”; unas más arribaron topándose con la realidad de que sigue habiendo una desigualdad entre escritores varones y escritoras mujeres; sin embargo hay otras que hallan una vereda con menores obstáculos.

Las cinco escritoras hablan de las luchas que tuvieron o han tenido que sortear para comenzar a publicar. Para algunas fue más sencillo dar el paso hacia la publicación de sus libros sin mayores descalabros como Mónica Lavín  y Carmen Boullosa que llegaron cuando el “boom”; pero también Cristina Rivera Garza cuenta cómo su primera novela debió ganar tres premios para que el editor de Tusquets decidiera publicarla. Fue más difícil para Elena Poniatowska, quien asegura que a ellas las tiraban de a locas o las miraban como diciendo “¿qué estás haciendo fuera de tu casa?”. Quizás la que menos ha sorteado dificultades es Brenda Lozano, tal vez porque nació en 1981 y publicó su primera novela en 2009.

En el marco del Día Internacional de la Mujer estas escritoras, entrevistadas por EL UNIVERSAL, dan testimonio de su vocación por la literatura en un mundo primordialmente masculino.

Cristina Rivera Garza asegura que habría que empezar por decir que “ser mujer” o “ser mujer escritora“” no es algo que ocurra fuera de contexto. “Se es mujer, en todo caso, dentro de cierta clase, con una cierta procedencia rural o urbana, de ciertas familias de abolengo o no. Así que, a la mujer que yo era cuando empecé a escribir y a publicar, a la joven de provincia que vivía, además, en los Estados Unidos, sin otro contacto con el mundo literario que no fueran los libros mismos, le costó un montón de trabajo publicar y convencer a editores de los méritos de mis libros”, afirma la autora nacida en 1964, cuya primera novela Nadie me verá llorar, se publicó en 1999.

Poniatowska (1932) dice que el mundo literario y el mundo editorial “es un mundo más de hombres”. La escritora cuenta que publicó su primera novela, Lilus Kikus, en 1954, en la colección Los Presentes con solo 500 ejemplares, y recuerda que en esa época no eran bien vistas las escritoras. “Unos las miraban como diciéndoles ‘pero qué estás haciendo fuera de tu casa?’. Te miraban con una enorme desconfianza, como si quisieras entrar tú a un prostíbulo, te miraban horrible; en esa época todas las mujeres que querían hacer algo las consideraban locas.Les decían ‘¡tú estás loca! ¿por qué no sigues el patrón?’”, dice Poniatowska.

Evoca también sus primeros años en el periodismo, donde estaban Ana María Salado Álvarez, Ana Cecilia Treviño Bambi; la actriz María Dalia,  esposa de Lorenzo de Rodas, y también estaba Guadalupe Apendini.

“Aunque Bambi ya tenía dos hijos y estaba casada, la miraban mal de todos modos, y en mi casa no te creas que mis papás estaban enloquecidos, para ellos salir en el periódico era porque querías vender algo, no es que me dijeran ‘hay qué profesión tan maravillosa’. No”.

Carmen Boullosa, la poeta y novelista nacida en 1954 que comenzó a publicar en la década de los 70, relata: “Me tocó un momento de oro para las jóvenes escritoras que empezaban. No el medio en bloque, sin duda misógino. Tuvo que ver que fuera una generación privilegiada de mujeres. Comenzamos a publicar Coral Bracho, Verónica Volkow, Bárbara Jacobs, Gloria Gervitz, quien esto escribe, entre muchas otras, y estaba también la generación aliada de artistas mujeres. Por el otro lado, Octavio Paz (que reinaba en la mitad del mundo literario mexicano) tenía simpatía por el movimiento feminista y las poetas”, recuerda.

La misma situación vivió Mónica Lavín (1955), que al relatar sus primeros años dice: “Creo que mi historia es muy aburrida” porque nunca sintió que ser mujer le impidiera llevar el manuscrito de su primer libro de cuentos en 1986 para que se lo publicaran. “Es más, pasaba que yo ni me lo cuestionaba, en realidad quizás mi educación fue de tal manera liberal, quizás fui a escuelas donde jamás sentí que ser mujer era algo que tenías que abrirte paso, que era un impedimento, jamás me dijeron ‘tú  como eres mujer te quedas en tu casa’, jamás, lo que pensaba es si mis cuentos le iban a gustar a un editor”.

Las libertades de la palabra.

Cuando Elena Poniatowska comenzó a publicar en el periodismo, a las mujeres que lo ejercían les decían que estaban allí porque eran guapas o porque se querían casar con un periodista “lo cual es lo peor que puede sucederle a una mujer”, dice divertida. Luego, más seria, dice que en el mundo de la industria editorial, el primero que le pidió un libro fue el artista Vicente Rojo, él fue a su casa y le dijo que le preparara todas sus entrevistas y escogió él mismo las que le gustaban y así se publicó Palabras cruzadas. Crónicas en 1961.

Elena acepta que a ella y a otras escritoras anteriores y de su generación les tocó ir abriendo camino.

“Ahora creo que a las jóvenes les va mucho mejor, por ejemplo a Guadalupe Nettel, a las que están escribiendo ahora sí tienen muchísima más suerte, están mucho más protegidas. Lo que la historia nos da ejemplo es de que los intelectuales hombres tienen una capacidad crítica y de destrucción tremenda; recuerdo que cuando triunfó en grande Laura Esquivel en Estados Unidos, que estuvo en la lista del libro más vendido con Como agua para chocolate, durante varias semanas, aquí, todos los intelectuales estaban enfurecidos, creo que incluso organizaron mesas redondas para denostar al libro, para criticarlo y decir que era un best seller”, recuerda Poniatowska.

Luego afirma “Las mujeres escritoras primero tuvimos que luchar contra eso que se llama la literatura femenina, que decían que las mujeres escriben solo de cositas, de pastelitos, de dulcecitos, de compostitas; después dijeron que las mujeres se sentían súper eróticas, entonces siempre ha habido cierto ninguneo; además siempre alaban a las que ya murieron hace como 500 años como Sor Juana Inés de la Cruz, siempre morirse es una garantía de finalmente de sobrevivencia entre los críticos”, señala Poniatowska.

Cristina Rivera Garza señala que existe una diferencia entre los pagos que dan a mujeres escritoras frente a sus colegas hombres. “Si no lo sabes es que vives en una burbuja o nunca has preguntado, pero es el caso, sí: los adelantos y los sueldos y los honorarios y los pagos suelen ser abrumadoramente menores para las mujeres que para los hombres. Sigue siendo así.”

La escritora y académica evoca sus primeros pasos en la literatura: “A la muchacha esa que tomó con una paciencia que ahora me asombra y con una perseverancia que sigue siendo la misma cada rechazo, cada ninguneo, le costó, sí, mucho trabajo. Te lo digo todo con un dato: Mi primera novela tuvo que ganar tres premios importantes —-dos de ellos internacionales— para que el editor de Tusquets accediera a incluirla en su colección de Andanzas. Se necesita más que confianza en uno mismo para salir adelante de todo esto. Se necesita una comunidad o varias. Y, de la misma manera en que se fueron presentando los obstáculos estructurales del machismo y la misoginia, ahí estuvieron también los lazos solidarios y fraternales de lectores, editoras, cómplices, desadaptados, marginales, familiares y extraños, igualmente provincianas que van conmigo.”

Carmen Boullosa dice que como poeta, en la mayoría de las ocasiones no había pago ninguno. “Empecé a publicar en un momento que era totalmente distinto al de hoy. Incluso una entrevista como ésta hubiera sido impensable. No estaba la transacción comercial en la balanza. Vivíamos a la sombra del 68 aún.” Dice que por eso sus primeros libros los publicaron editoriales hechas a mano. “Juan Pascoe con su (mítico) Taller Martín Pescador. Federico Campbell con su (mítica) La máquina de escribir. Ni pago, ni industria, pero sí editoriales. No me fue difícil en ninguno de los dos casos. Y empecé a escribir novelas cuando la industria editorial quería autoras mujeres, porque el lector quería autoras. Ahí yo funcionaba menos, pero ése es otro tema. No cumplía yo con las expectativas comerciales de una autora femenina. Me gustan más el “canto de guerra de las cosas” que los romances.”

Boullosa considera que ahora ha cambiado la percepción de las jóvenes escritoras de lo que es ser un escritor, igual que la percepción del lector.

Brenda Lozano es un ejemplo de escritora muy joven; ella intenta separar la escritura, la publicación y ser mujer. “A la hora de publicar, he corrido con mucha suerte, he trabajado con editores que admiro, de quienes he aprendido. Los tres, cuatro incidentes que me han ocurrido tienen que ver más con el hecho de ser mujer, no con la escritura. Es muy probable que en cualquier otro ámbito esos incidentes habrían cambiado de escenario y personajes, pero las anécdotas habrían sido las mismas”.

Concluye que “estamos en un país en donde es evidente la desigualdad de género, tantas expresiones, frases en la vida diaria (por ejemplo, la clásica pregunta a una pareja gay sobre quién juega el rol de la mujer es terriblemente misógino, ¿cuál es la idea de mujer? ¿Quién lava los platos y riega las plantas?). Estamos en un lugar en donde persisten los estereotipos que llevan a la desigualdad y esa división de los roles, como los letreros en las puertas de los baños públicos. Sin embargo, esto no creo que determine una obra. O al menos no con letreros.”

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