Los virus al reproducirse tienden a mutar. Es parte de su naturaleza. Si la mutación les beneficia, esta prevalece. Si no les representa alguna ventaja adaptativa es poco probable que subsista. Una ventaja, por ejemplo, sería que la mutación les permitiera reproducirse más rápidamente y aumentar su transmisibilidad. En consecuencia, los hace más contagiosos. Tal parece ser el caso de la mutación identificada recientemente en el Reino Unido (líder indiscutible en la genómica del SARS-CoV-2) conocida como B.1.1.7. Está presente ya en al menos 50 países. Todo indica que tal mutación hace que el virus se propague con mayor facilidad, lo cual no necesariamente significa que cause un cuadro clínico más grave. Al parecer, esta variante del virus propicia que se acumule más en la nariz, pero no así en los pulmones. Eso explicaría, al menos en parte, por qué es más contagiosa pero no más virulenta. Al hablar, toser, o respirar cerca de otros, se transmite con mayor facilidad. Por fortuna, no hay evidencia (hasta ahora) de que sea resistente a las vacunas. No obstante, la información de la que disponemos en relación a las variantes (se han identificado otras en Brasil y Sudáfrica) es preliminar. Hay que tomarla con cautela, pues lo único cierto es que este virus nos ha dado más sorpresas de lo que habíamos imaginado. Mucho me temo que esa historia continuará, mutatis mutandis.

En un año, la pandemia ha matado a dos millones de personas. Está creciendo exponencialmente. Tomó nueve meses llegar al millón de muertos y sólo tres meses para duplicar la cifra. Como era de esperarse, la demanda por las vacunas es mucho mayor que la oferta disponible. Y así será durante algún tiempo. Me resulta imposible pensar que pueda acelerarse más la producción de vacunas seguras y eficaces. Estamos hablando de miles de millones de dosis. Lo que puede y debe mejorar es la logística, la distribución, el acceso. Los esfuerzos de la ONU sin duda han ayudado, y mucho, pero también han sido insuficientes. Los mecanismos dispuestos, tales como COVAX, son buenos y están funcionando, pero los fondos requeridos han llegado a cuentagotas. ¿Dónde quedó la solidaridad prometida por el G-20 y los organismos financieros internacionales?

Es cierto que algunos países han sido más solidarios que otros. También lo es que algunos han sido más eficientes en su logística. Son muchas variables las que deben tomarse en cuenta, además de la disponibilidad de la vacuna: recursos (humanos y materiales), tamaño de la población, extensión territorial, etcétera.  Israel, por ejemplo, ha vacunado ya al 25% de su población que es apenas de alrededor de 9 millones, en tanto que India se apresta a vacunar a mil trecientos millones de personas en un territorio extenso. En los Estados Unidos, el nuevo gobierno intentará aplicar 100 millones de dosis durante sus primeros 100 días. Para ello se propone invertir otros 400 mil millones de dólares, tan sólo para acelerar la vacunación y combatir la pandemia.

México ha desplegado una diplomacia activa y efectiva en la materia, encabezada por la Cancillería. Se promovieron diversas iniciativas que abrieron puertas para establecer alianzas estratégicas a nivel internacional, lo mismo con empresas que con fundaciones, con distintos países y con organismos multilaterales. Todo ello permitió adquirir con oportunidad lotes de aquellas vacunas que tenían buenas probabilidades de cumplir con los criterios internacionales de seguridad y eficacia, sin prejuicios. Pero tiempos son tiempos. Más allá de la adquisición hay que considerar la producción, la distribución, la aplicación, etc. Y ocurre, además, que los tiempos siempre se hacen más largos cuando la espera se acompaña de ansiedad, incertidumbre o temores. Por si fuera poco, la fatiga, el hartazgo y el aislamiento social también nos han pasado factura (física y emocional).

Pero la inevitable espera para ser vacunados también nos da la oportunidad de aprovechar el tiempo en lugar de perderlo, de llevar a la práctica lo que ya sabemos que funciona: esas medidas que hemos aprendido en la inmediatez de la emergencia misma, las únicas que pueden impedir que te contagies y que, si te enfermas, no contagies a otros y te recuperes pronto. Hace un par de semanas hice, en este mismo espacio, un recuento de todo ello (2020, el año que fuimos pandemia. EL UNIVERSAL, 31/12/2020). Las nuevas variantes del virus refuerzan la validez de lo que ahí se dijo.

La agencia de salud de la ONU para el continente americano, la OPS, anunció que tiene ya dos mil millones de dosis de vacunas garantizadas para este año, lo cual es una gran noticia. Pero también fue categórica al señalar que, si se baja la guardia y se relajan las medidas, este año será peor que el anterior. Hay que hacerle caso. Los mecanismos impulsados por la ONU son los únicos que contemplan que a los países más pobres se les otorguen vacunas sin costo alguno, y que se les ayude a implementar sus programas de vacunación. A pesar de sus limitaciones, los esfuerzos impulsados por las Naciones Unidas a través de sus diversas agencias, frente a las nuevas variantes identificadas del virus y su gran velocidad de propagación, me cuesta trabajo imaginar dónde estaríamos si dichos esfuerzos no se hubieran dado. No es fácil compararse con lo no ocurrido. Por eso mismo, no siempre se valora con objetividad el impacto de las acciones emprendidas.

Por ejemplo, si no fuera por la influencia que ejerce la Organización Mundial de la Salud (OMS) entre los países miembros, en un esquema de nacionalismo científico, es probable que los resultados de la secuenciación genómica del virus no se hubieran compartido. ¿Qué significado tendría esto? Que posiblemente ni siquiera sabríamos que hay nuevas variantes del virus circulando por el mundo. También habrá que darle crédito a la OMS por oponerse con firmeza a la idea de los certificados de vacunación para los viajes internacionales. Nada más eso nos falta: estigmatizar, castigar una vez más a los países pobres. Favorecer dicha política sólo significa seguir sin entender el tema y menos aún sus variaciones recientes. De esta pandemia, nadie estará a salvo hasta que todos estén a salvo.

Embajador de México ante la ONU.

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