| Siniestras navidades
por ROSA BELTRÁN
Las navidades fueron una rara excepción a los días más bien íntimos, solitarios, de mi infancia. Íbamos relamidos y elegantes a casa de mis abuelos paternos junto con los hermanos de mi padre y sus familias, a quienes no veíamos el resto del año. Para mí era una ilusión muy grande encontrarme cada 25 de diciembre con ese grupo de extraños que eran mis parientes. Ellos vivían en el norte de la ciudad y nosotros en el sur, y tal vez eso hacía de ellos los seres más excéntricos de la tierra a mis ojos. Una prima me daba una tarjeta con un paisaje nevado que decía: “Que te apachurre la dicha y te destroce la felicidad”. Otro primo nos llevaba a buscar el cadáver de una hija de mis abuelos que murió adulta y que, según él, yacía enterrada en un cuarto cerrado y clausurado que estaba atrás de la casa. Nunca encontramos el cadáver, pero sí, en cambio, un botín de chocolates para diabéticos que devoramos con asco aventurero que culminó en una memorable diarrea. Una navidad recuerdo haber perdido un broche de oro en forma de pescado, única alhaja para los días de visita, que busqué todo el día bajo amenaza de tortura (pellizcos de mi madre) si no la encontraba. Jamás la encontré aunque nunca sentí mayores pruebas de solidaridad de parte de extraños que, ese día me recordaron, eran de mi propia sangre. Mis primos. Los había altos, chaparros, flacos y nerviosos, de ojos muy grandes, alguna prima de peinado de fuente, otra muy desarrollada, todos parados en el fondo del jardín de una casa antigua y oscura, esperándonos ansiosos: la verja, el jardín, la cochera, una habitación detrás, otra vez el jardín, las escaleras de granito, rojas. A la izquierda el comedor de los grandes, atrás el de los chicos, al fondo a la derecha la sala, arriba varios cuartos. Teníamos prohibido subir. La única vez que lo hicimos con miras a entrar al cuarto de mi abuelo, bajamos despavoridos: desde la puerta logramos ver un crucifijo y un tanque de oxígeno. Pero era en el fondo del jardín, con el único juguete que nos habían traído en la casa de cada uno, a la espera de la apertura de los otros regalos, que tenían lugar las desgracias. Porque por razones que ignoro, las navidades estuvieron marcadas por infortunados percances. Fue en ese jardín donde mi hermana, que había pedido a Cuqui y su Salón de Belleza, quemó el pelo de Cuqui y el artefacto secador con las demostraciones, y donde se quedó, sentada, abrazando a su muñeca con tonsura, como a una franciscana. A un primo le dieron un bazukazo en el ojo con el arma letal que fue sustraída por las mismas manos que la noche anterior la habían puesto debajo del árbol. Y yo perdí el broche, cosa que me recordaría mi madre hasta el día de su divorcio en que decidió enterrar —para mi fortuna y mi desgracia— completo, su pasado. En mi casa, mi hermano jugaba con las figuras del nacimiento como si fueran cochecitos o aviones. El ángel era un proyectil y San José y la Virgen, los blancos. En nuestro Nacimiento, a lo largo de las navidades, hubo varias bajas y varias sustituciones. Para mi décima navidad el ángel carecía de alas y el niño era más grande que sus padres. En casa de mis abuelos tenía prohibido tocar las figuras. Pasaba las horas mirando con ojos acariciadores el vidrio, el papel azul y el foco que, debajo, imitaba de modo sorprendente un lago en el que nadaban patos. Pero aun el árbol, siendo hermoso, estaba rodeado de objetos enigmáticos. En una repisa, un pescador de lladró que, inclinado, ahorcaba a un gallo. Una base de bronce que sostenía una suerte de plato de mármol contenido en una canasta que subía y bajaba, presionado por un asa. Cuando pregunté qué era, mi tía Chayo me contestó: una escupidera. La miré horrorizada.
Luego estaba el asunto de las rebatiñas y las envidias de los adultos por lo mismo que esperábamos nosotros: los regalos. Cada año, mi abuelo rifaba perfumes entre sus nueras. Chanel, Givenchy, Dior, todos excelentes, decían ellas, todos muy buenos, pero siempre salían inconformes porque no les gustaba el perfume que se habían sacado. Invariablemente el perfume favorito de una era el que se había ganado la otra, en una asombrosa infalibilidad matemática. Mi padre y mis tíos las trataban de convencer de que entonces los intercambiaran, pero ellas se negaban, orgullosas, alegando que ese era el que se habían ganado. Entonces llegaba el momento estelar: la apertura de los regalos. Éste iba antecedido por una ceremonia protocolar que a mí me llenaba de entusiasmo: cada papá leía con solemnidad el nombre de la familia y el del destinatario del regalo. Como esto se hacía luego de beber varios aperitivos, vino y comer pavo relleno, bacalao, castañas y peladillas, los tíos se quedaban dormidos hasta que les tocara el turno de anunciar los regalos mientras las tías pestañeaban para mantener el sopor a raya.
La última Navidad, antes de que muriera mi abuelo, en mi casa, Santaclós me trajo una caja de piedras, envuelta para regalo. Lo feo fue que estuviera envuelta, porque me hizo albergar por un instante la esperanza de que dentro hubiera otra cosa. Yo sabía que esto era imposible porque por haber subido a la azotea y asomarme a casa del vecino, Santaclós ya me había hecho saber mi castigo a través de interpósita persona —mi madre—. Y también porque Santaclós no era persona de fiar. Olía mal, tenía un traje luído, y se limpiaba la frente con la manga del traje. Cuando me preguntó qué quería pedirle pude percibir que acababa de comer tacos. ¿Por qué, si nos prohibían acercarnos a extraños tenía que sentarme en las piernas de ese desconocido y encima sonreír hasta que tomaran la foto? Entonces descubrí una posibilidad aterradora. ¿Qué tal si Santaclós no era más que un tipo corriente al servicio de mamá?
El castigo de Santaclós fue un gran estímulo a mi carrera literaria. A partir de entonces me seguí subiendo a la azotea en complicidad con Ninfa,
la sirvienta gorda que trabajaba en mi casa y que igual que yo, se aburría. Convino en detener la escalera a cambio de que le dijera lo que veía en otras casas. La acción hasta donde recuerdo, fue triunfal. Extendí mi radio a los cuatro puntos cardinales, cuidándome de no ser vista, ya no por Santaclós, esa figura que todo lo ve, sino, simplemente, por mi madre.
Beltrán. Su libro más reciente es Alta infidelidad (Alfaguara, 2006).
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Hermana Navidad
por ÁLVARO URIBE
De A.U.M. para A.U.M.
Hay otra fotografía, en blanco y negro, en la que tú y yo, muy niños aún, nos dejamos abrazar por un Santaclós de alquiler: el menor de nosotros, asustado sobre las rodillas del hombre; el mayor, de pie e intentando sonreír; ambos, con la mirada fija en un punto de escorzo en donde verosímilmente se encuentran nuestros padres. En ésta, de colores desleídos, tomada unos 15 años después, ya somos un par de adolescentes greñudos, los dos enfundados en el saco obligatorio en las cenas navideñas, aunque el mayor trae un suéter con cuello de tortuga, por no ser o para no parecer convencional, y el menor, ajeno a esos dilemas, usa corbata. A la izquierda de nosotros, derecha de la fotografía, se ve a nuestra abuela materna, que viene a colación porque en esa foto de hace 35 años debe de tener poco más o menos los cincuenta y pico que ahora nos desfiguran a ti y a mí. Con sus hábiles manos de modista, como ella quería que llamáramos a las costureras, abre el envoltorio de una serpentina que lanzará hacia su lado de la mesa, en donde se sientan los adultos. También nosotros, sentados en el voluntario limbo en que la adolescencia se aísla tanto de la infancia como de la madurez, nos distraemos con una serpentina. El menor de los dos habla mientras libera la espiral de papel de su envoltorio de celofán. El mayor sonríe mientras observa lo que el otro se trae entre manos. Hoy que la rememoro sin nostalgia, o nostálgico sólo a causa de mi extinta juventud, me doy cuenta de que en esa escena baladí ya estamos enteros tú y yo. Los hermanos. Quién sabe cuál de nosotros finge más, finge mejor. Si el mayor de los dos, que simula interesarse en el plan de ataque desplegado ante sus ojos por el otro. O el menor, que se afana aparatosamente en granjearse ese simulado interés. Qué difícil, para el primero de los hermanos, no ser ya nunca más el único. Qué difícil, para el segundo, ser siempre el segundo. Y, pese a todo, ninguno de los dos cambiaría su suerte por la del otro hermano. Atrás de nosotros, un mesero titubea con un plato de sopa en su diestra. Tiene instrucciones de empezar ya a servir la cena, pero no se atreve a entorpecer nuestra hermanable conversación. Si se percatara de ese titubeo, el mayor de los dos no dudaría en interrumpir al hermano en mitad de una frase, con tal de ejercer u ostentar su atención a los predicamentos de un empleado. El menor, en cambio, seguiría hablando, quién sabe si por indiferencia hacia el mesero o por la inercia de su propia simulación. Llegado el momento se hará, por supuesto, lo que decida el mayor de nosotros. Se hará una y otra vez, a pesar de los deseos del menor. Como se ha hecho desde siempre. Por las buenas o por las malas. Porque el mayor suele tener o pensar que tiene la razón. Porque el menor, que en el fondo piensa igual, sabe o alega saber que con su hermano es inútil y fastidioso discutir. Hasta el día, no muy distante de la Nochebuena coagulada en la foto, en que a la fuerza se oponga más fuerza. Más violencia amedrente a la violencia. Más terquedad derrote a la terquedad. Y entonces los papeles se inviertan. Y ya no sea el menor de nosotros quien tema enfrentarse a su hermano. Y el mayor, sin admitir lo mucho que ha cambiado entre ambos, se repliegue en un silencio obstinado o en un cortés laconismo con los que, de ahí en adelante, disimulará a medias su temor. ¿O me equivoco? ¿Y eres tú, contra la costumbre, quien tiene razón, por lo menos su razón? Qué lástima conocernos tanto. Mejor dicho: qué lastima creer que nos conocemos tanto. Porque desde tiempo antes o después de esa Nochebuena, confiados en lo mucho que creemos conocernos, ninguno de los dos hace grandes esfuerzos por conocernos más. Al mayor de nosotros le dio por los libros y creó con su mujer un mundo deliberadamente inexpugnable a donde, hay que reconocerlo, no ha dejado asomarse a su hermano. El menor administra sin gloria una fábrica de ropa y tiene una familia a la que supedita todo lo demás. ¿A cuál de los dos hermanos le tocó la mejor parte? ¿Quién, después de 35 Navidades, se puede proclamar más feliz? El mayor no se plantea a menudo tales preguntas, aunque en no pocos momentos de su vida, sin excluir el presente, ha creído conocer la felicidad. El menor, salvo en lo que concierne a sus hijas, la busca no del todo inconscientemente y en ocasiones la encuentra en el infortunio del prójimo. ¿Cuál de nosotros sale ganando? Ya no recuerdo si te dije alguna vez, cuando aún tenía algo que decirte, que la ventaja de ser escritor, en caso de que este oficio resulte ventajoso, está en que al final te quedas siempre con la última palabra. Supongo que no. Te habrías reído tirándome a loco. O quizá preguntado con sorna que a quién le importan las palabras. ¿Qué piensas de eso ahora que tú, al revés de la foto, eres el que calla? ¿Qué sientes ahora que, al revés de la foto, el que habla en esta página soy yo, el mayor de los dos?
Uribe. Su libro más reciente es Expediente del atentado (Tusquets, 2007).
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Creer en los Reyes Magos
por ANA CLAVEL
Entonces creía en los Reyes Magos. También en Santaclós, en Blanca Nieves, en Santo el Enmascarado de Plata. Tenía seis años y me creía todo lo que me contaba Paula, una muchacha de Jamiltepec que nos cuidaba a mis hermanos y a mí mientras mi madre trabajaba. Mi padre había muerto tres años atrás, pero seguíamos siendo cachorros adoloridos —incluida mi madre—, hambrientos de consuelo y cariño, cuando llegó Paula con sus 19 años y su alegría y sus ocurrencias. No hablaba del todo bien español, pero se las arreglaba para componer el final de una radionovela o para darnos sus versiones de las películas en inglés que, en función de tres por una, veíamos en el cine Lux, casi enfrente del edificio donde vivíamos.
La verdad es que Paula era tan ingeniosa como desinhibida: una vez la vi desnudarse frente a la ventana que daba al cubo de las escaleras del edificio. Sorprendida por sus pechos al aire, le susurré: “Paula, te van a ver…”. Y ella me respondió en medio de una carcajada: “Que miren… de todas formas, no es para ellos”.
Se acercaba la Navidad de ese año: 1967. Mi hermano mayor se había ido con los scouts así que de seguro era un sábado. Fuimos a la Alameda Central a ver las luces y los puestos. No sabíamos si hacernos una foto con Santaclós y sus renos o con los Reyes Magos. Entonces Paula se decidió: “Con los reyecitos porque tienen un negro como los de mi pueblo”. A mi hermano menor le dieron un muñeco de peluche y a mí una caja de regalo. Nos tomaron la foto. Ya Paula se sacaba el dinero del brasier para pagar lo convenido, cuando uno de los reyes intentó quitarme la caja. “Es mía”, le dije consternada. “No, niña, tus regalos te los van a traer los Santos Reyes”, me respondió el hombre barbado. “Entonces, ¿ustedes qué son?”, le pregunté sorprendida. Paula alcanzó a escucharnos y lo amenazó: “Si no le da el regalo a la niña, entonces no le pagamos”. Y como viera que el otro se reía, nos dijo a mi hermano y a mí: “Vamos, niños, mejor nos tomamos la foto con Santaclós que no tiene regalos ahorita pero uno le dice en la oreja lo que quiere, y seguro se lo traen”. A mi hermano, que no le había hecho mucha gracia el muñeco de peluche, le pareció mejor idea cambiar de puesto. Pero entonces el rey negro intervino: “Déjale la caja a la niña… Total, mira que nana tan brava y bonita tiene…”.
Paula les pagó con la ceja levantada y recibió
la foto y yo me quedé
con la caja de regalo. Cuando caminábamos rumbo a casa, me hizo prometerle que no la abriría sino hasta que naciera el Niño Jesús. Fue el tiempo suficiente para que ella llenara la caja. La verdad es que no recuerdo lo que puso finalmente ahí, si eran muñecas de papel recortables de las que yo coleccionaba o alguno de los estuches de belleza Mi Alegría que tanto me gustaban. Sólo recuerdo la caja envuelta con su moño. Y a Paula sonriendo porque creyó que se había salido con la suya: que yo siguiera creyendo en los Reyes Magos. La verdad es que a mí los reyes dejaron de importarme. Yo sólo creía ya en ella, brava y bonita, incuestionable reina y maga. Mi Navidad para las que siguieron sin su compañía.
Clavel. Su más reciente libro es Las violetas son flores del deseo (Alfaguara, 2007).
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La Navidad como escalera
por ALBERTO RUY SÁNCHEZ
No puedo separar la Navidad de la sensación de estar sentado en una escalera sin barandales. En la casa de mis abuelos era nuestro juguete favorito. Se convertía en nave espacial y en cascada, en resbaladilla accidentada y trampolín hacia un lago imaginario que escandalizaba a los adultos en cuanto saltábamos. No faltaba la tía que quería prohibirnos completamente la escalera. Y la abuela paterna, bromista y querendona, que intervenía con toda la autoridad de su matriarcado dándonos permiso, muy seria, de rompernos la cabeza siempre y cuando no dejáramos nuestros pedazos de cráneo tirados en desorden, ni rompiéramos su escalera, que en el fondo era de azúcar, ni dejáramos de limpiar la sangre. Y no cabe duda que la broma macabra nos hacía ser más cuidadosos. Nunca hubo un accidente y siempre muchas carcajadas.
Cada vez la escalera era distinta. Inventábamos que en vez de subir bajaba y nos llevaba a los sótanos que la casa no tenía. Y ahí, por una puerta secreta entrábamos a infiernos donde estábamos todos los primos continuando felices nuestras travesuras. La culpabilidad no estaba invitada a la fiesta. Inventábamos que la escalera nos llevaba a una luna de queso que devorábamos entrando a escondidas en la cocina con la misión secreta de asaltar el refrigerador sin ser sorprendidos. Y donde la abuela fingía no vernos y nos guiñaba un ojo. O decidíamos que la escalera conducía a un Timbuctú que habíamos visto en los cómics donde todos eran mellizos pegados y de dos en dos teníamos que permanecer abrazados y con el mismo abrigo, sin separarnos en toda la noche. Tres escalones y estábamos de pronto en lo alto de una fortaleza medieval y debíamos permanecer agachados para que no nos volara la cabeza el barón de la Castaña viajando en su redonda bala de cañón por los aires. Imagen fascinante que era la portada del cuento infantil que acababa de ilustrar mi padre y que compartí con mis primos una Navidad en aquellos escalones.
Por su lado más alto, la escalera daba hacia el comedor y la cocina. Los olores de la cena nos llegaban primero y condimentaban nuestros delirios infantiles en esa noche de excesos y desvelos. Inventábamos que detrás de la puerta había un paisaje mágico con montañas de chocolate y cabañas con paredes de pavo y de mole y pierna y de todo lo que olíamos y nos abría violentamente el apetito. Esa noche se hacían las inmensas tortillas de harina que llamaban “sobaqueras” y los frijoles “maneados”, con tanto queso que parecía fondue de frijoles. Las coyotas sonorenses eran el tesoro de los tesoros y su olor a piloncillo me hacía sonreír al recordarlo todo el invierno.
Por su lado más bajo, la escalera daba hacia la sala y era la tribuna desde donde presenciábamos el teatro de los adultos. Casi todos tan divertidos conversadores como tenaces fumadores. No había palabras sin nube ni historias que no bailaran caprichosamente ante nuestros ojos. Las dos cosas se mezclaban como en un sueño. Conforme avanzaba la noche una densa nube iba llenando la sala y subía por la escalera como un fantasma. Era tan visible que jugábamos a que esa densidad en el aire era el espíritu travieso y malhablado de la bisabuela Paulina, “la grande”, que acababa de morir “de haber fumado tanto”, como nos decía en broma uno de los tíos, burlándose cigarro en mano de alguien que eso había diagnosticado. Ningún vaticinio enfisemático, ninguna tragedia certera podría haber nublado la enorme alegría de estar juntos. Sólo la sonrisa era verosímil.
Era evidente que el exceso de la celebración, los parientes que venían de todas partes, la comida nada austera, el proceso barroco de los mil regalos por encima de la economía de la familia, formaban un ritual donde todas las pequeñas o grandes diferencias se limaban y el vínculo intenso de la pertenencia se reactivaba. La repartición de los regalos era un regalo en sí misma, una verdadera representación de contadores de historias metiéndose con cada uno de la familia, burlándose de todos y demostrando a todos un inmenso cariño. Con mucha frecuencia era más esperada la repartición que las cosas repartidas. Y así todas las cosas adquirían valores suplementarios.
Llegaba un momento en que podíamos pedir que tíos y abuelos nos contaran las historias que una y otra vez nos hipnotizaban: la de la lluvia tupida que sólo caía cada quince años en la ciudad donde nació mi abuelo, en Álamos, donde habían hecho banquetas altas de metro y medio que parecían absurdas siempre, menos ese único día. La de los bailes sonorenses donde interrumpían la música cuando mi abuela entraba y la orquesta comenzaba a tocarle la canción que supuestamente hizo para ella un enamorado: “Tiene los ojos tan zarcos, la norteña de mis amores...”. La historia del accidente con cohetes donde, cuando era niño, el abuelo perdió varios dedos de la mano. La del largo viaje con su padre y hermano, de Sonora a Saltillo, para internarlo en la escuela de jesuitas. La de la sesión espiritista donde mi abuela recibió una señal rápida y secreta para convertirse en medium de su templo teosófico al levantarse de su silla antes que las otras aspirantes. La historia del cocinero chino que tenía la mayor capacidad de asombro que nadie había visto y no le creían. La del cementerio sonorense en ruinas que mi padre y su hermano cruzaban al anochecer en bicicleta rodeados de resplandores fosforescente en el aire, que literalmente eran de los huesos de los muertos que escapaban en polvo de las tumbas viejas; y cómo al final los dos se tiraban con todo y ropa y bicicletas al río “para lavarse a los muertos”. Ahí oíamos historias de la guerra cristera y de la guerra contra los yaquis. Historias de los parientes que se habían quedado en Sonora y no conocíamos. Pero también de los que se habían muerto pero que no extrañábamos porque, afortunadamente, venían cada noche en sueños a conversar con mi abuela materna.
En esa escalera mis primas se hicieron mis mejores amigas y luego hasta me fui enamorando, lógicamente, de cada una. Siguen siendo muy bellas. No hay muchas fotografías de la escalera. En una que me prestó mi prima Patricia Ruy Sánchez, y que debe haber tomado mi tío Luis Ruy Sánchez, aparecen algunos de mis primos: sus hijas Tany, con la lengua de fuera, Paty cargando a su hermanito Raúl, Al lado Elsa Borja Ruy Sánchez y a su derecha su hermano Eduardo y su hermana Ana Lilia. Hasta arriba mi hermano Joaquín. Estoy a su izquierda, en cuclillas y con la boca abierta. Soy el único que mira a la cámara. Alguien, a la derecha del fotógrafo, atrae la atención de todos, tal vez les cuenta un cuento.
En esa familia sonorense por casi todos los costados, emigrada a la ciudad de México unos diez años antes, las reuniones eran muy frecuentes. Algunas temporadas nos veíamos cada semana, sobre todo en mi casa que estaba en un suburbio rodeado de lotes baldíos, casi en el campo. Hacíamos también campamentos y excursiones. Pero la cena navideña en casa de los abuelos era la reunión de reuniones. Convergencia y solución de todos los sueños y de todos los problemas. Amanecía y nadie se había ido, la escalera estaba cargada de sueños, la piedra de granito de los escalones estaba caliente, y nos despegábamos poco a poco de la escalera como si nos arrebataran nuestros juguetes, el juguete de tenernos y contarnos unos a los otros esos mil cuentos y juegos compartidos. La escalera mágica nos sacaba de viaje pero al final su poder consistía en llevarnos hacia nosotros. ¿Te parece extraño ahora que, de regalo de Navidad, un día haya deseado tener una escalera?
Ruy Sánchez. Su novela más reciente es La mano del fuego (Alfaguara, 2007).
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Una fotografía navideña
por BEATRIZ ESPEJO
Para mi madre, muerta el lunes 3 a las seis de la mañana.
Y encuentro la foto y a primera instancia qué me dice. Mi marido y mi hijo posando para la cámara que desde el otro lado del cuarto dispara mi nuera en diciembre de 2000. Se ven contentos, abrigados aunque la calefacción sobre la que dejaron una libreta de apuntes está puesta a todo trapo. Hay entre ellos una amorosa cordialidad de siempre. La noche invernal ha llegado pronto, nos refugiamos bajo techo luego de un día agitado, y el pequeño arbolito descubre sus luces con timidez pero acoge entre sus ramas un sobre conteniendo la carta de los deseos. Veo esa escena y ahora la reconstruyo rascando en mis recuerdos, montada en un ave del pasado incapaz de interesarse por saber a dónde va, quiere saber de dónde vino. Es el departamento 314 del edificio Bancroft en la calle 121 de Manhattan, entre Broadway y Amsterdan, que Columbia University renta a sus estudiantes de posgrado. Adela lo consiguió por estar inscrita en Antropología. Francisco fue a buscarla con su licenciatura en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM como amoroso trofeo. Está haciendo una maestría en la New School. Tiene veintidós años. Y yo puse punto final a Todo lo hacemos en familia, de un tirón y casi sin respirar, por aquello del nido vacío y de que siempre alivio mis pequeños y grandes dolores trabajando como me recomendaría el doctor Gachet. Esa novela me gusta. Me simpatizan sus enloquecidos protagonistas que compran ángeles y demonios, se enamoran de imposibles y preparan suculentos banquetes antropofágicos para el arzobispo primado de México, Luis María Martínez, quien por cierto, con su cara de changuito y sus ropas talares, como lo retrató José Clemente Orozco, me dio la Primera Comunión.
Y ahora Adela ajusta su cámara. Una leve distorsión y todo se habrá perdido. Hay que darle vuelta al complejísimo aparato óptico, permitirle al lente controlar los ritmos artificiales del tiempo y fijar el orden preciso del instante que fue reconstruido. Después del click los retratados cambiarán postura, se levantarán del sillón y se abrazarán como si el esfuerzo de posar hubiera sido una hazaña; Francisco distendido, Emmanuel esforzándose por captar algo secreto. Se dan cuenta de ser mirados; pero eso no los transforma demasiado. Hurgo en la foto intentando encontrar todos sus misterios.
Entonces vivimos una Navidad feliz porque Nueva York se llena de focos y de patinadores. Los neoyorquinos que siempre andan a la carrera cobran aún más prisa y recorren las calles con gorros y bufandas. Llenos de animación se suben al subte, se bajan del subte cargando bolsas. En las vitrinas de las librerías aparecen en ediciones de pasta dura clásicos como Truman Capote, autor de un cuento memorable en el que maneja la nostalgia y la ternura con increíble habilidad. Me sirvió durante años para establecer una costumbre que he perdido. Lo leí con tanto cuidado que de sus páginas rescaté aquel pastel de frutas que Capote hacía con una tía medio tontita. Alguien poco prejuicioso diría que conservó su alma de niña y que por eso se llevaba bien con su sobrino. Eran dos criaturas gastando sus ahorros y esfuerzos para mandar pasteles a personas que habían visto una sola vez. Como digo, reconstruí la receta, bastante difícil por cierto. Lleva una taza de harina a cambio de inmensas porciones de pasas, nueces, cerezas en almíbar y acitrón. Tarda mucho en cocerse pero llegué a hornear veintisiete. Los enviaba a mis amigos con una copia del cuento y una cartita de felicitación; pero este diciembre me limité a recibir los saludos que como viejo conocido el libro me mandó desde varios escaparates. Sin embargo, esto no quiere decir que nos hayamos privado de postre alguno. Encontramos un Tiramisú excelente en un restaurante brasileño donde quizás empleaban chefs italianos y los meseros cariocas no se reían con sus grandes dientes blancos. Apresuraban a los comensales creyendo que eso les daba la elegancia propia de una ciudad considerada el corazón del universo. Y además apareció en nuestras vidas el pastel de chocolate que venden en Balducci's a un precio estrafalario. Vale la pena. Es tan linda su presentación y tan delicioso cada bocado que al saborearlo uno sospecha haber ido hasta las puertas de Dios e imagina el paraíso lleno de tales delicias en sus rincones.
Yo, compradora compulsiva, no tuve fuerzas ni siquiera para salir en la foto porque había andado tardes antes a la caza de gangas en Loehnan's y Century XXI, a la vera de las Torres Gemelas, motivo nueve meses más tarde de verdadero escándalo y titulares periodísticos porque durante el derrumbe de septiembre once algunos patrulleros aprovecharon el rebumbio para saquearla. Rompieron la imagen de solidaridad que ante el mundo los gringos quisieron dar. No todos los policías fueron honrados; sin embargo, aquella Navidad sólo se necesitaba aguzar la mirada y arrancarle a otra avariciosa un vestido de marca con etiqueta roja, señal de precio castigado, lo cual necesitó ejercicios descomunales que me dejaron exhausta, con mis compras sobre el suelo y el aliento cortado.
Somos trotamuseos y de seguro visitamos cuantos solemos visitar, pero la ida al Metropolitano fue el día de la foto. Estoy casi segura. Esa vez nos tocó una peculiar exposición de Vincent Van Gogh. Las últimas semanas de su vida en el mediodía de Francia, en Auvers-sur Oise, junto al doctor Gachet que curaba la melancolía crónica de sus pacientes recomendándoles trabajar. Y Van Gogh trabajó. Trabajó tanto que algunos de sus cuadros sirvieron de puertas para tapar cercas de los vecinos. Aunque afuera había luz clara, se escogió una sala pequeña, iluminada tenuemente. Muy concurrida. Y nos tropezamos con la historia del náufrago que no quiere ahogarse aunque esté condenado a naufragar esperando que alguien lo tome del codo con delicadeza y lo conduzca por la senda de la cordura. Braceaba a diestra y siniestra, agotaba sus yutes, deshojaba sus pinceles, exprimía los tubos de pintura para dejar las últimas muestras de ese talento suyo plasmado con gruesas pincelados, dedazos, texturas rugosas y allí estaban nada más ni nada menos que el famoso retrato de Gachet, sus apuntes previos, y Margarita al piano o en el jardín de su casa y la iglesia del pueblo y Adelaida Ravoux y algunas vacas y los girasoles sacrosantos y ramas y espigas y autorretratos, varias de sus obras maestras hechas como un grito, el grito de un suicida que sólo alarga su martirio, así, a gritos de batalla desoídos por todos los sordos que conoció. Ese loco capaz de mutilarse porque pagaba a precios muy altos sus dones. Y fue también, como los personajes de mi novela, un insensato que compraba ángeles y demonios al por mayor. Sentí un golpecito en el hombro. Era Emmanuel. Me decía que no aguantaba ni un minuto tanto sufrimiento y esperaba afuera porque se ahogaba. Apenas respondí con la cabeza para continuar hasta el final, cuando volteé hacia Francisco que se hallaba junto a mí con los ojos llenos de lágrimas igual que los míos. Pobre Van Gogh, pobre poseído Van Gogh que se cayó a un pozo oscuro sin darse cuenta que él mismo estaba rodeado de luz como sus flores y se fue del mundo dejándolo más hermoso que antes de haber llegado. Esa noche, probablemente la noche de la foto, escribí un cuento titulado “El visitante”, unas cuartillas conmovidas, pequeño homenaje para alguien que ha recibido tantos homenajes a destiempo.
A la mañana siguiente alquilamos un coche para viajar a Filadelfia, donde en el museo encontramos otros girasoles donados por una millonaria, y donde había una exposición de Jean Louis David que Francisco necesitaba ver porque debía entregar un trabajo sobre la Revolución Francesa. Vimos también el lugar donde se firmó la independencia de Estados Unidos y tomamos sopa de almejas añorando los hot dogs y los pretzels que venden los carritos cerca de la 5a. o a lo largo de la 6ª avenida. En seguida vino la Navidad y su cauda de pavo, dulces y ensaladas. Y recuerdo, eso sí lo recuerdo bien, que a las doce en punto, desde el departamento le hablé a mi mamá y que, quizá por la líneas congestionadas, a pesar de que le decía, mamá, mamá, soy yo, no podía oírme, igual que ahora.
Espejo. Autora de Marilyn en la cama y otros cuentos (Nueva Imagen, 2004).
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El milagrito
por FABRIZIO MEJÍA MADRID
Esta fotografía fue tomada por mi hermano Hugo en la noche del 24 de diciembre de 1995. No me reconozco porque no tengo lentes y estoy pálido, tratando de entender lo que ha sucedido apenas unas horas antes. Lo peor sucede en un instante y así fue. Lo único que recuerdo es haber visto el reflejo del atardecer sobre un edificio en Insurgentes y lo siguiente que supe fue una fuerza desmedida que me levantaba para dejarme flotando en el aire. Recuerdo que yo trataba de bajar a tierra, manoteaba como nadando, pero sin alcanzar a aterrizar. Muy lentamente la gravedad volvió a bajarme y caí a la calle. Pero todavía no terminaba: tuve que rodarme en el piso para evitar ser aplastado por las ruedas del automóvil que seguía andando. Me erguí como pude y, sin aire, pero mucha indignación, le reclamé al hombre que me había atropellado:
—Es tu culpa —alcancé a decirle con un graznido—. Vas hablando por un celular.
—Y tú, vas viendo para el otro lado —se atrevió a reclamarme.
Me doblé sobre el cofre para respirar. Me temblaba la mandíbula del susto.
Había un círculo de espectadores discutiendo por qué no estaba yo muerto. Un policía se acercó y pronunció las palabras de la autoridad:
—Es mandatorio llevar al joven a un nosocomio para que se le practiquen estudios de rigor.
El hombre cerró su celular por primera vez en todo el incidente. Me tomó de un hombro y preguntó si estaba yo bien.
—Mis lentes —le dije, y los dos los buscamos durante un rato lo suficientemente grande como para que la multitud de mirones se dispersara con sus bolsas llenas de compras de última hora. El policía fue a su crucero a seguir practicando su español.
Mi atropellador buscó entre los árboles y trajo una especie de gorro ruso, negro:
—¿Es ese tu gorro? —me lo extendió.
Y no era, de hecho me quedaba chico, pero lo tomé en lugar de los lentes que, por todo lo que puedo inteligir, se desintegraron en el accidente. Y así llegué a casa de mis padres, con un sombrero imposible, sin anteojos, y confundido.
La idea de qué hacía un sombrero ruso entre los matorrales sobre Insurgentes me abismó tanto como salir ileso de un enfrentamiento entre mi cadera y un automóvil que salía de un estacionamiento a reventar de un centro comercial. Después de tantos años, yo creo que en ese gorro está el sentido de toda Navidad: recibes algo que no querías a cambio de perder lo que el año se lleva consigo. Lo de seguir vivo y respirando, bueno, eso es sólo un milagrito.
Mejía Madrid. Su más reciente libro es Salida de emergencia (Grijalbo Mondadori, 2007).
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